El Rincón
La cólera del campo
Un movimiento que es también un grito de rabia de un mundo que parece cerca de extinguirse


Publicado el 11/02/2024 a las 05:00
Los tractores, esas inmensas máquinas que simbolizan el agro, se han adueñado estos días de Pamplona y de las carreteras navarras generando asombro, simpatía y contrariedad de forma sucesiva. El conflicto se ha saldado con una tregua parcial lograda el viernes fruto de una negociación fiscal con el Gobierno de Navarra. Pero sigue ahí. Los tractores vuelven mañana a las carreteras y quedan muchas incógnitas por resolver.
Conciencia rural. Navarra no vive del campo. Hace más de medio siglo gestó su propia revolución interna: del pueblo a la ciudad y de la agricultura a la industria. Y ahí seguimos. Hoy quedan 10.000 agricultores a tiempo completo en nuestros pueblos (según la EPA), pero constituyen un sector esencial.
La propia sociedad navarra, ahora muy urbana, tiene un origen rural a poco que se rasque en las genealogías familiares. Y además esta misma sociedad urbana vive con fuerza el regreso al pueblo de los fines de semana y vacaciones. No ha perdido, sino todo lo contrario, sus vínculos afectivos con sus pueblos. Así que la sintonía social con los problemas del campo está muy extendida. Convendría que no lo olvidara la clase política y que dejase de encasillar groseramente un movimiento que sale de las entrañas del mundo rural.
Un grito de rabia. En cualquier caso, lo que los agricultores han hecho esta semana es una demostración de fuerza inédita, forjada desde un movimiento asambleario que ha descolocado a instituciones y a sindicatos.
Y es que, para empezar, el nacimiento del estallido ha dejado totalmente al margen de los sindicatos agrarios, pillados fuera de juego. Se ha cocido desde abajo a base de grupos de whatsapp por las diversas comarcas de Navarra. Eso indica la intensidad y la profundidad del malestar existente en el campo. Y forma parte de una ola que recorre el resto de España y media Europa. Es decir, es un fenómeno continental. Recuérdese el fenómeno de los “chalecos amarillos” franceses, con la misma estética.
Las quejas contra la política de la Unión Europea y sus exigencias que “ahogan” sus explotaciones es generalizada a pesar de las subvenciones de la PAC. Súmese un torrente legislativo que agobia a los agricultores y trastorna su manera de vivir, a veces con cambios muy justificados y otros no, con exigencias por decreto ley sin hacer pedagogía de su conveniencia o necesidad.
Y acábese con la humillación que supone para nuestros agricultores que lo que son exigencias para ellos no se les tenga en cuenta para los productos de terceros países o las grandes diferencias de precio entre el agricultor y el supermercado.
Un movimiento que es también el grito de rabia de un mundo que parece cerca de extinguirse y que todos reconocemos, el de la vida rural, autónoma, digna. Los casi mil tractores que han salido a la calle, nos dicen que todavía existe. Llamaba la atención la nutrida presencia de jóvenes también en las marchas, jóvenes que temen no poder heredar un medio de trabajo que ha mantenido la vida en los pueblos durante generaciones.
Imponer su fuerza. Las tractoradas plantean más retos. El de la legitimidad es uno muy claro. Las movilizaciones se han hecho desde la posición de sentirse con la razón y contar con la fuerza para imponerla. Porque eso es lo que han hecho paralizando la ciudad y las carreteras con sus tractores. Imponer su fuerza.
Y las instituciones, en este terreno, han retrocedido de forma muy visible y se lo han permitido. Por ejemplo al cerrar prácticamente un día entero el tráfico por el centro de Pamplona ¿Estrategia para aplacar la tensión? Seguro. Pero manda un mensaje que se antoja peligroso. Si tienes fuerza y determinación puedes alterar la vida de la ciudad. Ojo con ello. No vale todo. Existen límites y no se puede pisotear el derecho del resto de los ciudadanos a una libre movilidad, por ejemplo. La línea entre ser flexible para no tensionar el conflicto y la de ceder la autoridad en la calle es muy fina.
Es verdad que un conflicto sin nadie al mando es muy difícil de encauzar. Y ese el mundo en el que nos adentramos. Donde las bases y las redes sociales se apoderan de la acción y de los mensajes y dejan sin resortes a las instituciones representativas, del Gobierno a los sindicatos, que se afanan, ahora sí, en encarrillar el descontento. Lo que es evidente que todo el sistema falla si necesitas parar una comunidad para que te hagan caso.