"Echavacoiz, el petróleo y el tren"
"Ni salió petróleo en 1974, ni llega el TAV hoy, ni arreglan la vieja estación"

Publicado el 02/02/2024 a las 05:00
Entre el DN de hoy, que es un poco el de mañana, y el Diario del Recuerdo, de un siglo de recuerdos, la actualidad baila de asombro. Con el barrio de Echavacoiz hemos vivido un enero apasionante, desde el petróleo que definitivamente no llegó a salir de las entrañas de Cizur en 1974, a la estación y el tren de alta velocidad que no llega definitivamente, todavía en 2024. Mientras tanto, el tiempo se amodorra en esa zona pamplonesa abrazada por el cauce del Elorz y la vía.
De las prospecciones del otro siglo nos quedan las fotos de la torre metálica, que hoy parece un montaje cinematográfico de la Paramount porque resulta inimaginable un campo de Oklahoma a tres kilómetros de la Plaza del Castillo, con parada de la villavesa número 1. Nadie se lo tomó en serio entonces, después de lo de Marcilla. Y tampoco eran tiempos para coordinadoras con pancartas de “Salvemos la Cuenca”. De la futura estación y el nuevo barrio no disponemos de fotos, a ver cómo, pero contemplamos cada dos por tres la realidad virtual del planeamiento, que sube y baja, se estira y se ensancha, siempre con la tranquilidad que da trabajar sin fecha fija. Y como aquí nadie señala cuándo, nadie puede cuantificar retrasos. Otra cosa es que, por comparación, resulte notorio, además de público, que vamos ya con un retraso de años. De muchos años. Demasiados.
Esto de andar a vueltas con el tiempo es una forma de hablar a la vez que una manera de perderlo. En una de sus prosas apátridas, el peruano Ribeyro, apunta que podemos concebir un espacio sin tiempo, claro, pero no un tiempo sin espacio. Y que es imposible ahorrarlo para utilizarlo luego, porque desaparece conforme se usa. El tiempo del petróleo desapareció con la torre levantada al otro lado de la vía, por donde la 1 sube a Cizur. Lo del tren del futuro, por su parte, es un derroche de tiempo, más que una pérdida. Y una decepción de las de cita médica. Y un coste tremendo, en términos de progreso. Y una broma, de tanto en tanto, cuando aterrizan por la Rochapea los enviados ministeriales. A falta de novedades sobre la alta velocidad, el otro día vinieron a presentar la bajísima carta de un tren de recambio que va a Zaragoza con la misma lentitud del anterior y, eso sí, ofrece más espacio para poder viajar dos horas largas cómodamente de pie, si así lo desean los señores viajeros o están ocupados todos los asientos. Álvaro Miranda resumió magistralmente en seis palabras la visita y la situación ferroviaria: “Nuevo TAV: a Zaragoza en tranvía”.
Zaragoza seguirá siendo la estación (navarra) de la alta velocidad. Pamplona continuará cortada, desde Echavacoiz a Artica, por la barrera ferroviaria. La mayor calle de Berriozar, atravesada por un paso a nivel, permanecerá igual que en la prehistoria del tren. Y lo mismo pasa con la estación de la Rochapea, que presenta una superficie inferior a una pista de tenis para las ventanillas de billetes, la sala de espera (mayormente de pie) y la cafetería, con entrada y salida por una puerta convencional. En el andén, a 4 grados o a 40, los viajeros guardan cola. El panorama es muy parecido al de mediados del otro siglo, cuando las locomotoras de vapor hacían temblar la estación entera al efectuar su entrada (“efectuar”, decía mi padre, que era ferroviario). Sólo faltan Eliseo vendiendo a gritos las pastillas de café con leche marca Dos Cafeteras, y el cercano bar España, donde servían carajillos para calentar la espera. No cabe mayor olvido. Ni desprecio mayor.