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"La gente que se siente sola podrá hablar con el cajero de las nuevas cajas lentas del supermercado"

Avatar del Chapu Apaolaza Chapu Apaolaza17/01/2023
La gente que se siente sola podrá hablar con el cajero de las nuevas cajas lentas del supermercado. Puede terminar uno preguntándose cómo pasó de las canciones lentas a las cajas lentas, pero eso es la vida. Yo quiero saber cosas de los cajeros. ¿Serán de derechas como los taxistas o votarán al sanchismo? Voy corriendo a la caja de charlar a preguntarle al cajero ese tan serio si ha leído a Marcuse, si en el fondo no le gustaría pegarse una fiesta como aquella de Sorrentino en ‘La grande bellezza’ o si, el día de Navidad por la mañana, mientras recordaba a su padre, se sintió terriblemente solo. Si los rostros de la gente que de noche, viajando, mira a través del cristal del autobús le inspiran eso que inspiranl os perrillos de los escaparates de las tiendas de animales, si ayer cenó pescado, si su nombre le gusta o en cambio sueña con llamarse de otra manera. Así visto, el ejercicio de pelar la pava con el cajero destinado a tal labor me resulta artificial como hacer el sexo pagando, una suerte de prostitución de la charleta en la que uno no sabe si el que habla lo hace porque quiere o porque lo dice su contrato. Y si un día uno abandona la cola de charlar y pasa por la otra, ¿acaso no sospechará el cajero haber sido inoportuno en aquel comentario? Habrá que tener cuidado, no sea que el cajero tenga más necesidad que uno de darle a la hebra y yendo uno a hablar al final salga hablado. En Siberia me advirtieron de que si me dirigía a la gente por la calle, parecería un loco. Cuando llegué a vivir a Cádiz, me sorprendía hablando con los demás como si fuera su hermano o su primo. Aquella mujer del autobús me contaba riendo que su hijo había muerto por el jaco y yo reí con ella la muerte de su hijo. Un día, paseando junto al mercado, un hombre mayor, desdentado, flaco y malvestido de traje, me agarró de las solapas, puso su cara delante de la mía y me gritó muy alto con los ojos muy abiertos: “¡Están vivos!”. Cuando le pregunté que quién estaba vivo pensando si sería Elvis o quién, me señaló la cajita que tenía al lado y me respondió: “¡Están vivos, los camarones!”
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