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"¿Inflación?, con el dinero no se juega"

Avatar del Francisco Errasti Francisco Errasti12/01/2023
La inflación, como fenómeno que acapara la inquietud de toda la sociedad y causa de una tribulación cuyo origen se le escapa a la mayoría, era una gran desconocida en las últimas décadas, hasta que ha hecho su aparición de modo repentino como un fantasma que surge de las tinieblas. Y, naturalmente, ha provocado algo parecido a una estampida. Es una turbulencia cuyos efectos devastadores muy pocos son capaces de prever, aunque existen muchos y sesudos estudios sobre el mismo. Muchos países han sufrido sus efectos letales, pero algo tan generalizado como la inflación actual no la hemos conocido las generaciones más recientes.
¿Cómo ha nacido y cuál es la causa de este monstruo que pulveriza ahorros, inquieta a los gobiernos y merma la capacidad de compra de todos? Es el peor de los impuestos para quien guarda su dinero líquido en su hogar o en el banco. El dinero es asustadizo y no tiene empacho alguno en huir de donde asoma el peligro hasta cambiar de nacionalidad si entiende que en el nuevo país le van a tratar mejor. Sin embargo, he aquí que no hay país donde resguardarse de este vendaval.
Pero, ¿en qué consiste la inflación? Consiste en la subida relevante y continua de los precios de los productos de consumo, que se mide por el índice de precios al consumo (IPC). Todos los meses el Instituto Nacional de Estadística (INE) analiza los precios de más de 400 artículos que forman parte del consumo familiar, clasificados en 12 grupos, cada uno de los cuales recibe una ponderación según el porcentaje del presupuesto familiar que se destina a su compra. Con los datos de todos los productos se elabora una media ponderada y se define el crecimiento de los precios de consumo. El origen de la inflación actual está en las medidas que muchos gobiernos aplicaron en los comienzos del año 2020 debido a la inesperada aparición del COVID-19: un gasto social desorbitado que causó grandes déficits presupuestarios, financiados por emisiones de deuda pública y lanzando al mercado una enorme masa de liquidez. Es decir, la inflación debido a que la demanda agregada (por la gran liquidez) excede por mucho la oferta disponible. Tan sencillo como esto. Si añadimos que ya desde la crisis del 2008 el déficit público y la deuda era considerable, la nueva liquidez caía sobre una tierra propicia para la cosecha de la inflación.
Se ha demostrado que para los gobiernos resulta más fácil estimular la demanda agregada que adoptar las decisiones adecuadas para reactivar la producción de bienes y servicios, como la escasez que se ha producido de productos energéticos, materias primas, bienes intermedios, etc. Además, la incomprensible guerra de Putin -con esta personalización pasará a la historia- ha agravado los problemas ya existentes y dificultará más la lucha contra esta lacra especialmente en sectores tan decisivos como el de la energía.
La inflación, en su crecimiento, posee el germen de un dinamismo que puede culminar en un proceso espiral de autoalimentación con consecuencias gravísimas para la economía que se traduce en “mejor comprar hoy que dejarlo para más tarde, que resultará más caro”. Aumenta la demanda y con ella nuevamente los precios. Muchas empresas comenzarán a negociar los convenios salariales con sus comités de empresa y sindicatos que, lógicamente, defenderán unas subidas acordes con la inflación para que sus salarios reales no pierdan capacidad adquisitiva. Pero los sindicatos no logran fácilmente unas alzas salariales tan elevadas como el incremento del IPC -muchas empresas no se lo pueden permitir porque perderían competitividad- y, como es previsible, esta situación crea un amplio malestar social.
La inflación es un fenómeno generador de pobreza que tiene como consecuencia una fuente de desigualdades sociales que solo pueden reducirse en un ámbito de estabilidad de precios. Las medidas que ha aprobado el Ejecutivo de nuestro país con el ánimo de ayudar a las rentas más desfavorecidas, y a algunos sectores de la economía que están sufriendo los efectos de la inflación, son coyunturales y por sí mismas no mitigan los efectos perversos de aquello para lo que, aparentemente, han sido diseñadas. No nos engañemos. Son medidas que mitigan temporalmente el malestar social que provoca la inflación, pero no la atajan. Lo que de verdad ayuda a controlar la inflación y someterla al yugo de la buena senda son el control del gasto público -nuestra deuda es enorme- y aplicar medidas monetarias (las subidas del tipo de interés del Banco Central Europeo obedecen a esto) y fiscales que contraigan la demanda. Por otro lado, se han de adoptar políticas de oferta que aumenten la productividad de las empresas y sirvan como estímulo del empleo. En este sentido la aplicación de las nuevas tecnologías y una decidida apuesta por las inversiones en I+D+i pueden ser el verdadero revulsivo de este azote que es capaz de echar por tierra todas las medidas que no son más que parches de mala calidad y algunas de ellas -todo hay que decirlo- impulsoras de una mayor inflación. Se requiere el bisturí que empuña una mano firme, aunque cause heridas dolorosas. Pero no hacerlo traerá consecuencias más graves.
Francisco Errasti. Economista
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