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"A la derecha no le sienta bien la arrogancia"

Avatar del Iñaki Iriarte Iñaki Iriarte22/12/2022
A muchos, a demasiados votantes les importa poco lo mal que lo hagan los gobiernos de izquierda. No se trata de que sean insensibles a las barrabasadas de Sánchez, ni a las ocurrencias woke de Montero. Esos conciudadanos saben que el empleo que se está creando es esencialmente empleo público, que la inflación no disminuye, porque es acumulativa, que los fondos europeos están siendo pésimamente gestionados, y que los pactos con quienes nos consideran a los españoles unos molestos extranjeros no pueden fundamentar nuestro bien.
Sin embargo, lo que les sucede es que, sencillamente, tienen pánico a las medidas que tome la derecha para arreglar la situación del país. Piensan que probablemente un gobierno diestro consiga que las cifras macroeconómicas mejoren. Pero creen también que tal mejoría se cobrará un costosísimo tributo en términos de bienestar para la gran mayoría de los trabajadores. Menos gasto del Estado, menos déficit, menos impuestos, menos deuda, equivaldrían, de acuerdo con sus temores, a menos empleo público (el único decente que les queda), menos subsidios, peor sanidad, peor educación, salarios más bajos y más desigualdad. En otras palabras, creen que las crisis gobernando las izquierdas son más llevaderas, mientras que los incrementos del PIB con las derechas benefician solo a los muy ricos. En consecuencia, preferirían vivir una larga decadencia con Perón, que una sacrificada recuperación con Thatcher. Respecto a los demás problemas, los que no son de índole económica (el territorial, el migratorio, el generacional), se imaginan algo parecido, es decir, que la derecha intentará solventarlos a cañonazos, empeorándolo todo.
Este planteamiento es tan frecuente porque la izquierda lleva tiempo contando con una sólida ventaja moral sobre la derecha. Para muchos compatriotas -incluyendo a bastante que, con mala conciencia, votan a la derecha-, ser de izquierdas significa en el fondo ser una buena persona. Indignarse ante las injusticias, preocuparse por el planeta, compadecerse de los perdedores, acoger a los extranjeros, apoyar a los discapacitados, enjuagar los pies de los pobres... En definitiva, lo que inconscientemente siguen pensando que consiste en ser un buen samaritano. España acaso haya dejado de ser católica, apostólica y romana, pero no de ser cristiana. Por el contrario, esos mismos votantes creen firmemente que los liberal-conservadores disfrutan con la existencia de la pobreza, desprecian a los extranjeros, detestan a las mujeres, se alegran de los incendios, gozan desahuciando enfermos y hasta torturan regularmente gatitos. Esta matriz política puede ser todo lo parvularia y descabellada que se quiera, pero no por ello es menos efectiva.
Por eso, si se quieren ganar las elecciones con la suficiente fuerza como para poder gobernar y cambiar el rumbo de las cosas, resulta fundamental conseguir cambiar la percepción de un número suficiente de esos compatriotas –recuerdo: España somos los españoles- que han llegado a tales conclusiones no por maldad, sino sencillamente porque sus pasadas experiencias o los argumentos de algunos (llamémosles como Sloterdijk, “banqueros del odio”) los han convencido de ello. En consecuencia, la derecha tiene que persuadirlos de que la pobreza le duele, de que las injusticias se le hacen insoportables, de que la educación y la sanidad públicas son suyas, de que se propone elevar el nivel de vida y la seguridad laboral de todos los españoles (sobre todo de los que más bajos los tienen) y de que, lejos de querer desmontar el Estado del Bienestar, su propósito fundamental pasa por hacerlo viable, sin tener que cargar a la cuenta de las próximas generaciones una factura inasumible -y profundamente insolidaria, porque las arruinará-. Para convencerlos, no bastarán las promesas, se necesitarán también de hechos que demuestren que sabe crear más riqueza y conseguir que circule mejor. La derecha, en otras palabras, debe de romper cómo sea con esa asimetría moral que la enfrenta a la izquierda y que está pervirtiendo la lógica democrática, al convertir el debate acerca de cuáles son las recetas más eficientes para lograr el progreso común en un dilema del tipo: “Escoja entre el bien común que yo, progresista, le ofrezco, o el mal absoluto, el odio y el egoísmo, que le oferta ese fascista”.
Los resultados de las recientes elecciones en Brasil y los Estados Unidos nos indican que para seducir a esos conciudadanos sobran los candidatos que exudan arrogancia. Los líderes siempre enfadados, incluso faltones, poco sutiles, nada empáticos, extremistas, que simplifican los problemas y las soluciones, que parecen no tener otra política económica que ahorrarles a los muy ricos algunos impuestos y que transmiten el mismo desprecio por el adversario que por la inteligencia de sus votantes, solo conseguirán victorias puntuales y efímeras sobre las que no se podrá construir nada duradero. No comprender hasta qué punto vivimos en sociedades rotas y que esa ruptura debe de ser suturada de la mejor manera posible es un error estratégico mayúsculo.
Iñaki Iriarte López. Profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral de Navarra Suma
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