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"¿Tiene futuro el capitalismo?"

Avatar del Francisco Errasti Francisco Errasti08/12/2022
Son muchas las voces, también de especialistas que saben de lo que hablan, -Thomas Pikkety, Joseph E. Stiglitz, Paul Krugman, entre otros- que reclaman reformas del sistema económico más exitoso que existe, motor indudable de prosperidad. El capitalismo moderno ha demostrado tener el gran potencial de elevar el nivel de prosperidad como ningún otro, pero necesita una regeneración. Y, además, urgente. La primera de ellas es dejar de llamar “capitalismo” a lo que estrictu sensu y, dada su evolución, es de hecho una “economía social de mercado”, con un nivel de intervencionismo por parte del Estado como nunca se ha dado.
En realidad, lo que algunos llaman “capitalismo” no sería reconocido como tal por Adam Smith debido a las transformaciones que ha venido sufriendo en su larga historia y, en concreto, a partir de la segunda mitad del siglo XIX cuando fue tomando cuerpo el Estado de Bienestar en los países en proceso de industrialización, con leyes de lucha contra la pobreza que tuvo su origen en la ética de raíz cristiana. A partir de la Segunda Guerra Mundial, como afirmó John M. Keynes (1881-1946) -quizá el economista más importante del siglo XX- el capitalismo clásico había muerto.
John M. Keynes fue una figura central en el cambio del pensamiento económico clásico y tuvo una influencia decisiva en las políticas tendentes a una mayor intervención del Estado. El New Deal de F.D. Roosevelt -que duró desde 1933 a 1938, tras la demoledora crisis que comenzó en el año 1929- estaba basado en gran parte en la teoría keynesiana y orientó las respuestas de los gobiernos occidentales en la reconstrucción de las economías después de la Segunda Guerra Mundial.
No obstante, Keynes se consideraba un liberal y no se sentía identificado ni con el partido conservador ni con el laborismo. Fue un liberal que conjugaba los ideales de bienestar y justicia social como una clara responsabilidad del gobierno, combinando la eficiencia económica, el bienestar general y la libertad individual. En su inteligente ironía llegó a afirmar que el “socialismo de Estado es poco más que una reliquia cubierta de polvo de un plan para afrontar los problemas de hace cincuenta años, basado en una comprensión equivocada de lo que alguien dijo hace cien años”. La solución para alcanzar los objetivos económicos de la sociedad -afirmó- era “el capitalismo inteligentemente gestionado”.
Keynes tuvo una educación privilegiada: estudió en el exclusivo colegio privado de Eton y después en Cambridge, universidad de la que fue profesor de Economía. Su extraordinaria capacidad intelectual fue premiada con su participación en los círculos donde se adoptan decisiones de trascendencia: director del banco de Inglaterra, asesor de gobiernos, colaboró activamente en la constitución del Fondo Monetario Internacional y el banco Mundial. En los ámbitos en los que se movía -sobre todo en el grupo de Boomsbury del que se formaban parte intelectuales destacados- no era desconocida su tendencia homosexual, aunque finalmente se casó, para sorpresa incluso de sus amigos más íntimos, con una bailarina rusa.
En su libro más programático, Teoría general del empleo, el interés y el dinero explica las medidas enfocadas a la regulación de la demanda global a través de instrumentos de la política presupuestaria, política fiscal y monetaria. Hoy nadie duda que el gobierno debe intervenir para evitar la explotación laboral, poner freno al poder de los monopolios y garantizar la competencia y ningún país que se sustenta en la economía de mercado hace dejación de esos deberes. Es cierto que, al amparo de la libertad, el sistema económico que prevalece en el mundo occidental mantiene derivas que son difícilmente aceptables, como la desigualdad desbocada que amenaza el tejido social y lleva asociados problemas éticos y sociales corrosivos. Basta pensar en la retribución de los CEO de algunas empresas en las que sus incentivos están más alineados con el valor de la acción -del que depende su bonus anual-, que del bien general. Las empresas constituyen el núcleo del sistema económico y sus males proceden del deterioro del comportamiento de las propias empresas, cuyos objetivos deben ir más allá del beneficio exclusivamente. Y muchas otras manifestaciones que nublan una visión favorable como se ha puesto de manifiesto en las graves crisis como la financiera del año 2008 o la más reciente de la pandemia en el año 2020. Pero los actores son siempre personas concretas que toman decisiones buscando el lucro personal, sin olvidar determinadas decisiones políticas que tratan de intervenir en la economía buscando también su propio lucro en forma de votos. Cuando se piensa solo en sí mismo, los demás salen malparados.
Solo una sociedad civil fuerte y sobre todo bien formada puede evitar los males de unos y otros. Pero cercenar la libertad en aras de una supuesta y falsa igualdad es el mayor de los males. Es más peligrosa la falta de estabilidad que la desigualdad.
Francisco Errasti. Economista
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