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"Nacionalismo y fundamentalismo"

"Nada de graduaciones o compartimientos: para un fundamentalista nacionalista es imposible ser leal a dos naciones que resultan incompatibles"

Anthony D. Smith, en su libro Nacionalismo: Teoría, identidad, historia (2001), incluye entre las proposiciones cabales de todo nacionalismo estas dos: la nación es la única fuente de poder político, y la lealtad a la nación está por encima de cualquier otra lealtad. Parcialmente, al menos, podemos aplicarlo a cualquier otro fenómeno parecido al nacionalismo; al partidismo, v g., donde el partido sustituye a la nación.
En el nacionalismo más estudiado, el vasco, los autores más expertos distinguen entre la “doctrina básica común” y las variadas ideologías que acompañan, en cada momento y en cada lugar, a esa doctrina básica. El Pacto de Estella o Declaración de Lizarra-Garazi, septiembre de 1998, reveló la doctrina básica de toda clase de nacionalistas vascos, desde el PNV y EA hasta ETA, dejando a un lado diferencias de medios, plazos y grados: a) la lengua como principal elemento identitario (Sabino Arana priorizaba la fe católica y “la sangre de una raza inconfundible”); b) los seis territorios históricos que componen Euskal Herria o la Nación vasca (la “propia historia -según Sabino- como manifestación y prueba de su existencia”), y c) el derecho de autodeterminación, se llame como se llame (“independencia” en ETA y sus partidos, o “ser para decidir”, “ámbito vasco de decisión”, etc., en el PNV). La bandera nacionalista de los hermanos Arana, hoy de todo Euskadi, significaba y proclamaba esa raza vasca, esa lengua, esa historia, esa fe.
Hoy por hoy, sustituida parcialmente la raza por la lengua, y abandonada por muchos la fe, esos son los tres grandes principios irrenunciables del movimiento nacionalista vasco. Arzallus llegó a decir que el PNV no era un partido de derecha o de centro: “En cierto modo, ni siquiera es un partido, es un movimiento social”, por la libertad de Euskadi. Algo parecido podría decir cualquier otro partido descendiente de ETA.
El movimiento social nacionalista vasco ha sido y es mucho más potente y eficaz que cualquier partido. ¿Por parecerse a un movimiento religioso? Dejémoslo para otro día. ¿Por fundamentalista? No es segura para todos los autores esta afirmación, ya que el fundamentalismo, tiene origen religioso y hace de Dios el único soberano de todas las cosas. Pero para los que sostienen la tesis fundamentalista -Bruce, Elorza, Fusi, López Pavillard, a quien sigo-, ambos buscan en el pasado las esencias sobre las cuales desarrollar proyectos políticos o religiosos, intentando que, ante los problemas planteados por la modernización, se imponga y se revitalice en la sociedad la auténtica tradición. Lo que no quiere decir que fundamentalismo y nacionalismo sean únicamente conservadores y luchen contra el progreso, sino que pretenden aunar tradición y modernidad, sin perder identidad por el camino. “Su conservadurismo -escribe Bruce- no tiende a la conservación, sino a una reformulación creativa del pasado para propósitos actuales”: la lengua que hay que hablar, la política que llevar a cabo, la cultura que definir, los deportes que practicar… Lo que hay que hacer y lo que no.
Otro rasgo común de ambos fenómenos es la defensa de una única fe o lealtad: o se es nacionalista vasco o nacionalista español. Nada de graduaciones o compartimientos: para un fundamentalista nacionalista es imposible ser leal a dos naciones que resultan incompatibles.
Me parece que la doctrina básica de que los vascos de los seis territorios constituyan “un mismo pueblo unido por su origen y por su voluntad, dueño de sí mismo, sin que reconozcamos y acatemos otra soberanía”, cosa que se da de bruces con la historia real y comprobable desde la misma protohistoria, es la raíz de toda construcción fundamentalista. Más que de un texto sagrado, habitual en el fundamentalismo religioso, se trata aquí de una “historia sagrada”, que fundamenta y sacraliza todo; que hace deseable el retorno al pasado paradisíaco (antes de 1839, de 1512, de 1200…). Si ese pasado feliz existió, es natural que aparezca como aborrecible buena parte del Reino de Navarra, el Estado español, el Régimen liberal, las Constituciones de 1812 y 1978…
Claro que, frente a los que piensen en los hermanos Arana como prototipos del nacionalismo fundamentalista, hay que decir que son muchos los fundamentalistas en todos los nacionalismos, y que ETA y todos los partidos de su cepa han sido y son mil veces más fundamentalistas que todos ellos, con una incomparable y absoluta gravedad.
El maniqueísmo, desde sus arcaicos orígenes, no es más que una parte de ese fundamentalismo, reciente solo en el nombre: “ellos” son los buenos y los “demás” los malos. ¿Cómo es posible que alguien piense que “los buenos” van a condenar las antiguas obras malas de “los buenos”?
Víctor Manuel Arbeloa Escritor

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