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"Entre Ezkio y Vitoria, la esperada alta velocidad permanece estacionada en vía muerta"

Avatar del Jose Miguel Iriberri Jose Miguel Iriberri22/10/2022
Vaya por delante, como aviso para lectores, que esto no va de Ezkio sí, Vitoria no, o viceversa, la tremenda duda que divide a los técnicos sobre la alta velocidad ferroviaria. A mí me pasa como quizás le pase a usted, que leo las apuestas por Vitoria y me convencen tanto como las de Ezkio. De manera que ninguna de las dos opciones ha de helarte el corazón, pero se te congela el ánimo al comprobar que, entre una y otra, el tren del siglo XXI no va a ninguna parte. Está parado en vía muerta, que es como llaman los ferroviarios a esos ramales de las estaciones donde espera turno un tren. ¿Hasta cuándo? Quizás en el pasado el tren del futuro tuvo una fecha inaugural, si no probable al menos posible. A estas alturas de la historia, documentada ya la lentitud con la que avanza la alta velocidad, nadie en sus cabales daría crédito a nuevos plazos. Y ahora mismo, menos que nunca.
También la esperanza está aparcada en vía muerta. En varias vías muertas. Entre Ezkio y Vitoria, desde luego, pero además entre los grupos parlamentarios en los que se apoya el Gobierno foral, uno de los cuales, Bildu, aborrece hoy el proyecto ferroviario tanto como HB aborreció ayer el proyecto de Itoiz y, en general, toda obra de progreso. Afortunadamente, sobra Bildu para tirar del tren, pero es que incluso entre los grupos a favor anida la duda de la conexión, con Navarra Suma y Geroa Bai por un lado y PSN por otro. La situación quedó retratada el martes en el Parlamento. Otra carretada de abono para el escepticismo. Mientras tanto, ¿qué pasa con Pamplona? Porque del tren depende el urbanismo de un pedazo no menor del mapa pamplonés. El barrio de Echavacoiz, que en los 70 y 80 pedía solo una acera “ya”, mientras el ayuntamiento le prometía felicidad a largo plazo, ha permanecido en una segunda fase contemplativa con la promesa del nuevo tren, que dejaría al paso un urbanismo espectacular. Y ahí aguanta el barrio, espera que te espera. Miren la Rochapea y San Jorge, separados de Buztintxuri por una doble barrera metálica levantada a los dos lados de la vía. A varias generaciones les ha pasado como a la Penélope de Serrat, no la otra, sentada en el andén esperando un tren que no llega.
Tren a ninguna parte, de momento. Penurias en el año 2022. Sin embargo, los caminos de hierro de Navarra conocieron tiempos mejores. El tren del Plazaola, por ejemplo, que hace ahora un siglo unió Pamplona y San Sebastián entre 1914 y 1945. Era un tren de vía estrecha, pequeño, poderoso, de apenas 90 kilómetros. Sin Ezkio, sin Vitoria, sin grúas gigantes, sin ordenador, hecho a mano, El Plazaola subía rumboso hasta Conde Oliveto. No es por comparar, qué va, es por abrir el delicioso libro de Juan José Martinena y apuntar curiosidades de la construcción. Ahí van algunas. Las obras de explanación se iniciaron en octubre de 1910 por Pamplona, Ainzoáin, Irurtzun, Lekunberri y Leitza, entre otras estaciones que el Plazaola estrenó en el arranque del año 1914. Aquel tren, que también abría un futuro en su geografía, era el tren de los prodigios: 37 puentes, 48 pasos inferiores, más de 12 estaciones y, para mayor prodigio de obra, 67 túneles, uno de ellos, el de Uitzi, de 2.630 metros de longitud, “en su día de los más largos de España”. Manos a la obra: tres años y viajeros al tren. Aquel espíritu del Plazaola de 1914 estaría muy bien hoy, en el AVE de 2022. Toca esperar. El tren duerme en vía muerta y los viajeros en la sala de espera. La esperanza es lo último que se pierde, efectivamente, pero también es “lo último que se perdió”, según una memorable pintada callejera recogida por Galeano.
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