"Nadie desea que muera nadie, menos aún el interesado, pero la presencia real de la parca es la gasolina de los encierros"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 30/08/2022 a las 06:00

Que los toros matan es algo de lo que nos enteramos cada año por estas fechas. En la Comunidad Valenciana han muerto siete personas corneadas, que son una sexta parte de las que murieron ahogadas el año pasado en esa región. En cuando a la mortandad general, en julio fallecieron seis veces más personas que lo habitual con y sin toros y nadie sabe por qué. La muerte hace su tournée. Que los toros matan es como decir que el agua moja o que el hielo enfría. En la muerte en el festejo popular se da la contradicción de que es un accidente y a la vez no lo es. Nadie desea que muera nadie, menos aún el interesado, pero la presencia real de la parca es la gasolina de los encierros. Uno se siente más vivo en la medida en que comprende que en cualquier momento puede dejar de estarlo. Luego está el cuento de la prudencia que predica tanta gente que fallece al resbalar en la ducha. Matan más gente el planning de trabajo del ejecutivo con viaje a Zurich dos días a la semana y las cartas de amor del banco que los toros de Cebada Gago. Alrededor de la decisión de jugarse la vida por elección propia se construyen las arquitecturas más elevadas aunque imagino que si me mata un toro, en el último suspiro me sentiría un imbécil. Muy bien hay que vivir para que al irse uno no crea que ha desperdiciado la vida. En realidad, lejos de suponer una actividad prehistórica, los encierros confirman la cualidad más sofisticada del ser humano, que consiste en sentirse vivo al vencer su propio instinto de supervivencia. El misterio del toro toma forma en cuanto el hombre aprecia tanto la existencia que para abrazarla la pone en juego. Vivir es un misterio; lo demás es estar en el mundo. Sobrevivir. La muerte ha dado vida a los dioses, a los héroes y a la fiesta. Ningún hombre ha alzado jamás su velo. Lo cantó Franco Battiato. Ahora lo dicen los telediarios y hacen las cuentas del enterrador los antitaurinos. La paradoja del animalismo plañidero consiste en que los mismos que salen hoy diciendo que este baño de sangre no puede ser son los que desean íntimamente -a veces no tanto- que nos mate un toro. 

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