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"No poder caminar por tu ciudad, se puede admitir; lo intolerable es no poder entrar en tu bar"

Avatar del Chapu ApaolazaChapu Apaolaza23/08/2022
Lllevo un rato delante del folio en blanco intentando encontrar el término que defina lo que está experimentando San Sebastián y no doy con él. Me sale “invasión de turistas”, “manadas de veraneantes” y otras expresiones lindan, si no entran de lleno, en el menosprecio del visitante que es el agujero donde anidan la turismofobia y otras miserias aún peores. Mis ojos preferidos para ver Donosti siempre fueron los de fuera de Donosti. San Sebastián es una ciudad enferma de belleza y produce en el donostiarra una desgana, un amodorramiento emocional y una quietud de corazón que necesita del de fuera para salir de ella. Aún paseo por la ciudad con “el alma disponible” que escribió Celaya y recuerdo los días en los que de camino de la casa del Bulevar a Marianistas, recorría Alderdi Eder cuatro veces al día y, en aquellos paseos, asistí al primer encuentro de cientos de turistas con la Bahía de la Concha. Algunos veían el mar por primera vez y yo me paraba discretamente cerca de ellos a robarles el asombro. “Así que esto es el mar”, dijo uno, y otros acertaban solamente a decir vaguedades: “Cuánta agua”, o “Qué grande”. La grandeza del Océano estaba supeditada a aquella sorpresa superlativa y a sus corazones bombeándoles el pecho de aquel momento suyo -nuestro, ya- íntimamente histórico. La gasolina de Donosti son los ojos de los turistas y si hay mucha gente o el zurito ha doblado el precio, los donostiarras nos fastidiamos, y ya está. Ojalá vinieran más franceses; visten tan bien. Pero habría que pensar en si las barras de Lo Viejo se han convertido en museos de ellas mismas, en si manteniendo el continente, los bares se hubieran vaciado de su contenido como si los hubieran disecado. En algunos locales ya no se puede entrar y buscarse la vida entre el gentío para encontrar un palmo de barra y pedir un vino, o alargar el brazo y trincar una banderilla. Hoy en la ciudad raptada a sí misma, todo son colas, turnos, sillas en la barra, vitrinas, comandas y unos llamadores como si estuviera uno en una pizzería y no en un bar de la 31 de agosto. No poder caminar por tu ciudad, se puede admitir; lo intolerable es no poder entrar en tu bar.
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