"San Sebastián a la atardecida sobre la Bahía de La Concha, los tamarindos, la barandilla, las farolas sostenidas por dragones y toda esa belleza"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 16/08/2022 a las 06:00

San Sebastián a la atardecida sobre la Bahía de La Concha, los tamarindos de hojas levísimas, la barandilla, las farolas sostenidas por dragones y toda esa belleza. Al fondo, Igeldo coronado por un fanal de nubes que encienden los últimos rayos de la tarde, naranjas y amarillos. Huele a arena y a Nivea. Acá, las sombras van cubriendo con su frescura el muelle, la Batería de las Damas y el bosque casi amazónico de Urgull bajo el Sagrado Corazón, corcovado donostiarra. Por la acera, legiones de turistas encuadran el plano en las pantallas de teléfonos de última generación. Antes, la gente miraba al mar -“¿Qué hay detrás del mar y de mi mirarla?”, se preguntó Eduardo Chillida-, y ahora al mar le hacen fotos, que no es lo mismo. La calma de los últimos días ha dejado un mar quieto casi de mercurio que lame las orillas en olitas de cristal de Murano. En la piscina inerte antes llamada Mar Cantábrico, hacen el muerto bañistas con barriga, bracean niños con manguitos y las parejas de adolescentes se abrazan en besos de sal y de saliva. Aquellos nadan hasta el gabarrón y se alejan de la playa camino de la isla por entre los yates sin pericia marinera pero envalentonados por una confianza insultante, inapropiada según las leyes del mar del norte. Más allá, sobre la barra frente al cartel del Aquarium en letras blancas sobre fondo azul, un tipo anda sobre las aguas con la única ayuda de una tabla y un remo. A la caída de la tarde, el mar se ha rendido y se ha hecho casi piscina para los turistas que lo profanan y lo ningunean -¿cómo se atreven?- en una escena de rendición que los niños del muelle, adoradores del dios del temporal, consideramos patético insultante. La tarde de verano en la Bahia supone un abuso del que solo nos salva de vez en cuando la galerna que llega con su fragor repentino de zodiacs de la Cruz Roja, borreguillos, sombrillas volando y un látigo de arena sobre los tobillos. En unos meses, el mar se cobrará el precio en olas que saltan por encima de los paseos, lunas rotas y veleros acostados sobre la playa. El Pico del Loro volverá, al fin, a ser arrecife. El mar reclamará lo que es suyo, pero todavía no.

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