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"Putin simboliza la grandeza de Rusia"

"El Estado soviético recibe la caída del muro y la independencia de los países satélites -entre ellos Ucrania- como un duro golpe que no son capaces de asimilar"

Avatar del Francisco ErrastiFrancisco Errasti07/08/2022
En épocas de guerra Rusia procura conquistar a sus vecinos; en épocas de paz procura mantener, no solo a sus vecinos sino a todos los países del mundo, en un confuso estado de desconfianza, agitación y discordia (…). Se conoce perfectamente todo lo que esta potencia ha usurpado en Europa y Asia. Rusia procura destruir el Imperio otomano, procura destruir el Imperio alemán. Y no avanzará directamente sobre su objetivo (…) sino que de una manera clandestina socavará la base del Imperio otomano, fomentando intrigas, promoviendo las rebeliones en las provincias (…). Al hacerlo, no dejará de expresar sus más benévolos sentimientos por la Sublime Puerta, afirmando constantemente ser la amiga y protectora del Imperio otomano”. Estas palabras fueron escritas hace más de dos siglos por Alexandre d´Hauterive, figura del Ministerio de Exteriores de Napoleón Bonaparte (citado por O. Figes en Crimea. La primera gran guerra).
En una visión retrospectiva de la historia podemos entrever la clarividencia de estas afirmaciones que se nos hacen familiares en la actualidad. Y no es necesario remontarse a los trescientos años de gobierno autocrático de los Romanov, de naturaleza netamente imperialista, sino que después de la Revolución rusa de 1917, nada de esa mentalidad ha cambiado: la Unión Soviética, con su desnortada misión de extender el comunismo a todo el mundo, solo consiguió sumir en la miseria y la muerte a millones de personas hasta su caída definitiva. El paneslavismo ruso sigue vigente y nunca, sobre todo desde la guerra de Crimea (1853-56), se ha abandonado. Pero no son pocos los que han añorado aquellos tiempos en los que la “grandeza” de la Unión Soviética se comparaba con la de Estados Unidos con pretensiones manifiestas de superar la riqueza de este último. Todo el aparato del Estado soviético, la KGB entre ellos, recibe la caída del muro y la independencia de los países satélites -entre ellos Ucrania en 1991- como un duro golpe que no son capaces de asimilar. Putin se encuentra entre ellos y la herida de aquella humillación todavía supura (un paralelo con Hitler después de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial).
Para comprender la injusta agresión que ha sufrido Ucrania por parte de Putin -un autócrata que no se diferencia de sus antecesores los zares- hay que profundizar en la idiosincrasia de un país sometido durante siglos a una obediencia ciega compatible con un amor y apego a su tierra y una creencia y fervor no menor en la grandeza de la Madre Patria, llena de tradiciones centenarias que llenan de emoción el corazón de cualquier ruso. Basta recordar a músicos -Rostropóvich, Prokófiev, Stravinski-, poetas, pintores y escritores -Gorki, Chagall, Nabokov, Tsvietáieva- que siempre conservaron una sentida y nostálgica emoción por su país al que algunos volvieron incluso sabiendo que iban a sucumbir ante Stalin. Putin desea y hará todo lo que esté en su mano para lograr que Rusia recupere su grandeza perdida. Y Ucrania que, durante años perteneció a la Unión Soviética (con su capital Kiev, que tiene en el imaginario ruso la sublimación de su propia identidad), es la primera de las conquistas a las que Putin no quiere renunciar, lo mismo que sucedió en el año 2014 con Crimea.
Algunos se han preguntado si esta guerra era inevitable y la respuesta no resulta obvia. Sin embargo, lo es que Europa no ha sabido comprender la obtusa mentalidad de Putin -acostumbrado por su formación a mentir y no manifestar sus intenciones- para negociar una solución distinta a la actual. No es la única circunstancia en la que Europa se muestra débil, adormecida, con unas defensas artificiales que no son tales, sin los agarraderos morales que los perdió hace tiempo, por más que ahora subrayan una unidad en circunstancias irrepetibles. Putin lo sabe y se aprovecha de ello. Lo que está sucediendo en la región del Donbás es la viva imagen de lo que ocurrió en 1938 con la invasión de los sudetes (1938) y después de Checoslovaquia por parte de Hitler, que también engañó a Gran Bretaña y Francia. O, más bien, no tuvieron la fortaleza de enfrentarse a quien sería el causante de tanta barbarie. Todo comenzó con cesiones que no debieron haberse dado.
Se viene repitiendo, hasta la saciedad, que Ucrania ganará esta guerra que, como un buen deseo, para tratar de elevar los ánimos, aporta muy poco. Pero llevamos más de cuatro meses a bombazo limpio e innumerables muertes y nadie se atreve a ir más allá en sus predicciones. Solo Kissinger se ha atrevido a formular una propuesta concreta: que Ucrania ceda el Donbás a Rusia y llegue a un acuerdo con Putin. Y aunque más de un gobernante piense que puede ser una posible solución, ha sido acogido con un manto de silencio.
A los bolcheviques, salvo para hacerse las víctimas frente a occidente y sacar tajada de ello, nunca les ha importado el número de muertes que han cosechado en las numerosas guerras que han librado. Putin participa de esa misma mentalidad y se reafirmará en sus planes imperiales -pura genética heredada- para no perder su esfera de influencia. Su actitud es de revancha y no puede soportar la humillación de ceder sin lograr sus objetivos. Si los países occidentales no son más creativos puede suceder lo que nadie desea, como sucedió en la Primera Guerra Mundial (la segunda no fue más que la continuación treinta años después).
Francisco Errasti Economista
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