"Algunos políticos, sin rubor alguno, declaran hoy una cosa para afirmar poco después lo contrario. En román paladino: mienten"

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Francisco Errasti

Publicado el 03/04/2022 a las 06:00

William H. Riker (1920-1993) no es conocido entre el público corriente, aunque sea uno de los mejores especialistas que ha contribuido al estudio de la teoría democrática y la ciencia política. Fue Riker quien acuñó el término “herestesis” (del griego herejía), que tiene que ver con “la manipulación de la estructura de las preferencias y las alternativas que en ellas son elaboradas”. Como tal se refiere al abandono por parte de algunos políticos de sus convicciones explícitas por la consecución de objetivos más inmediatos, con el fin de manipular en los procesos electorales las preferencias políticas del electorado.

Cualquier persona con un mínimo de información puede observar la facilidad con la que algunos políticos y, sin rubor alguno, declaran hoy una cosa para afirmar poco después lo contrario. En román paladino: mienten.

Puede uno engañarse a sí mismo -de hecho, sucede con frecuencia- para evitarse problemas de conciencia, no quedar mal ante los demás, obtener alguna ventaja con malas artes o autojustificarse con matices personales que no tienen otro objetivo que blanquear la mentira, simple y llanamente. Es cierto que siempre se ha mentido y muy pocos serían capaces de levantar la mano para afirmar que nunca lo han hecho, pero siendo conscientes del abismo que separa la verdad de la mentira. Sin embargo, en la sociedad en la que vivimos, parece que la mentira ha asentado sus reales de modo descarado, sin inmutarse, como un invitado más, situando en el mismo plano la verdad y la mentira.

¿Se puede vivir en una sociedad en la que los políticos -supuestos garantes del bien común- nos llenan de promesas durante el período electoral para incumplirlas inmediatamente como si nada hubiera pasado? Lo peor es que no parece haber reacción por parte de los votantes que creyeron a pies juntillas lo que prometían. ¿O sí? Lo ha confesado recientemente uno que dejó la política: “Yo ya no soy político, puedo decir la verdad”. ¿De dónde procede este cambio radical en nuestra sociedad en la que parece que “mentir” no tiene demasiada importancia si con ello se logran determinados objetivos aunque se reniegue de “los principios”? En realidad, “los principios” no son tales cuando se convierten en un juego de conveniencia que navega en las olas del relativismo.

Hay algo, desde luego, sorprendente que obliga a una reflexión: la formación de la opinión pública se adhiere más fácilmente a las emociones que a los hechos objetivos. Lo racional queda en un segundo plano para dejar paso al sentimiento y a lo visceral, lo que evidencia la estupidez humana.

Una vez más, el verdadero germen de las circunstancias que vivimos, en las que la mentira reina con todos sus atributos, son los intelectuales universitarios americanos (Derrida, Foucault, Laclau, Deleuze, son algunos de ellos) que afirman que la “verdad es un constructo social” y, por tanto, variable según criterios distintos. (¿No suena como un estribillo de la ideología de género? En realidad, son los mismos). Lo que creemos que es verdad y mentira -afirman- forma parte de la percepción de cada uno, que nada nos dice sobre lo que es verdad y es mentira.

Todos los seres humanos necesitamos “verdades” y, sin embargo, se acude a la retórica enfocada a las pasiones mediante la cual se pretende hacer pasar por verdad lo que es una mentira. ¿No sucede esto con la reescritura de la historia contemporánea ante los mismos que han sido testigos de los hechos, es decir, una destrucción de la verdad histórica? Estamos inmersos en toda una industria de la mentira que, a través de las plataformas de redes sociales, trata de confundir la buena fe de las personas, haciendo pasar por verdades lo que no son más que manipulaciones en torno a una gran mentira. Podemos comprobarlo en nuestro país donde hablando de extremos, solo existe el de la derecha, al que se le niega el pan y la sal y se excluye -se desconoce en base a qué criterio- el de la izquierda radical que es más que extrema y que carga sobre sus espaldas con toda una historia de ignominia y desprecio hacia la vida humana, que pretende -siempre ha actuado así- socavar los fundamentos de la misma democracia que les ha aupado a su posición. Y, aun así, se atribuyen la defensa de los principios de una moral cívica y democrática, retórica carente de principios y de verdad.

Las normas que regulan las ideas y conductas estables y universales admitidas comienzan a escasear, si no a desaparecer. Lo efímero adquiere carácter de estabilidad, lo que Bauman caracteriza de “sociedad líquida”, relativista, descentrada, carente de verdades absolutas, sin límites entre lo correcto y lo incorrecto. Lo que Derrida, uno de los farsantes intelectuales de gran predicamento, habla de los “hechos alternativos”, que consideran la verdad como una simpleza e ingenuidad. Y, sin embargo, en la conciencia de cualquier persona de bien, la verdad sigue siendo el centro de gravedad de su vida.

Francisco Errasti Economista

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