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"Monterroso, Tito, pasó por el mundo como de puntillas, sin darse pábulo"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro03/01/2022
Vuelve a aparecer en su centenario Monterroso, el escritor que lo hacía todo breve, hasta él mismo lo era, pues era un tipo pequeño, menudo, simpático. “Desde pequeño fui pequeño”, le escuché en una entrevista. En realidad había sido aplastado hace tiempo por su relato sobre el dinosaurio, tan repetido, y que esta mañana, por cierto, no supe si estaba allí, pero de su obra añoro sus cuentos milimétricos, su humor prodigioso, cervantino y su afición a las fábulas, algo que viene de Esopo y de los clásicos latinos que leyó en la lejana Guatemala cuando era joven, en una modesta biblioteca pública que, según dijo “era tan pobre que solo había allí libros buenos”. Monterroso es una guía de hacia donde debe ir la literatura, cómo lograr la revelación y la belleza que puede darnos. Su propuesta consta de tres cosas: humor, levedad y ligereza (al menos aparente), pues el deber del arte está en hacer de algo complejo un producto sobrio y sintético que llegue al mayor número de gente. Dedicarse solo a contar historias ya no es posible, porque la tv y las series lo hacen mejor, no requieren esfuerzo, son una competencia imbatible, pero la fotografía del mundo ya la sabemos de memoria y lo literario, si quiere subsistir, debe ser más poético, más sugerente, más rico, y jugar en otra liga. Debe ser una cura para el alma. Ante la devastación de las palabras, le corresponde volver a darles vida. Yo he trabajado con las fábulas de Monterroso con gente sencilla y he visto lo bien que funcionan, como sugieren enseguida consecuencias y enseñanzas, porque la fábula es algo universal, presente en los cuentos infantiles que, hasta hace poco, transmitían a los niños la visión del mundo, los valores: la astucia ganaba siempre a la fuerza bruta, el pequeño al grande y la cigarra pagaba haberse reído de la hormiga. Entre las fábulas de Monterroso recuerdo la del gorrión que quería ser águila, y no era capaz de gozar de lo que tenía, o la de la oveja negra que es un auténtico relato negro. Monterroso, Tito, pasó por el mundo como de puntillas, sin darse pábulo, fuera de la primera línea del boom y tuvo la delicadeza de decir solo lo que consideró imprescindible.
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