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“Si los gatos dieran consejos, escribe Gray, sería para su propia diversión”

Avatar del Pedro CharroPedro Charro08/11/2021
A veces, por la mañana, mientras escribo, se cuela desde el tejado por la ventana entreabierta un gato blanco de angora con un andar pausado y elegante, como si me hiciera el honor de su visita. Suele dar la vuelta por la sala mientras me mira de reojo, sin duda defraudado al verme darle al teclado mientras allí fuera luce el sol. Se ve que todas mis preocupación y tareas deben parecerle vanas. “Todos envidiamos el aristocrático desapego con el que los gatos contemplan el mundo”, escribe el filósofo John Gray, en su libro sobre filosofía felina. A diferencia nuestra, los gatos parecen encontrarse siempre cómodos consigo mismos, no necesitan proyectos ni van ansiosos tras algo, para ellos no existe el futuro ni el miedo a la muerte. Son, por contraste, lo que mejor nos refleja. Para Gray son un modelo que debiéramos seguir y de hecho expone 10 enseñanzas -nunca tratar de persuadir a los humanos de que sean razonables, no buscar sentido a todo, por ejemplo- que deberíamos aprovechar. Si observamos un gato, insiste, veremos que sencillamente viven para sentir la vida. No parecen nunca aburridos ni se les ocurre luchar por ser felices, seguramente porque ya los son. Somos nosotros los que lo complicamos todo al enredarnos en palabras y deseos. Cuando no están cazando, apareándose, comiendo o jugando, se dedican a dormir. No hay angustia interior que les obligue a una actividad constante. Si los gatos dieran consejos, escribe Gray, sería para su propia diversión. Puede que Gray, me he dicho mientras el gato volvía indiferente al tejado, sea demasiado entusiasta, pues en mi breve experiencia sé que el gato tiene también algo de fiera que da el golpe y se esconde. Su felicidad es malvada. Al lado suyo, el perro parece un tontorrón. Con un gato uno nunca sabe qué carta quedarse. Montaigne, en sus Ensayos, se pregunta: “cuando juego con mi gato ¿cómo sé que no está jugando conmigo?”. Borges, que prefería el tigre y el laberinto, desconfiaba, pero le dedicó un bello poema que comienza: “No son más silenciosos los espejos/ ni más furtiva el alba aventurera/ eres, bajo la luna esa pantera/ que nos es dado divisar de lejos”.
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