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La ventana

"Aquella transición que reunió a los hijos de vencedores y vencidos quiso enterrar para siempre un tiempo inútilmente fratricida"

Publicado el 01/11/2021 a las 06:00
Vivimos el contrasentido de que se quiera echar tierra a la memoria todavía viva y dolorosa de lo que fue la ETA, mientras se intenta revivir las heridas de la guerra civil que ya en los años 70 se quiso clausurar para que fuera un pasado que no nos determinase, como escribió Santos Julia sobre aquella transición que reunió a los hijos de vencedores y vencidos para abrir paso a un nuevo periodo, por fin democrático, y enterró para siempre un tiempo inútilmente fratricida. Nada de esto parece tener valor ya, puesto que estamos dispuestos, con esa soberbia tan española que desprecia sus propios logros, a tirarlo por la borda y así, a raíz del reciente proyecto de Ley de Memoria Democrática, se quiere abrir la puerta a juzgar hechos del pasado, pese a estar impedido por la Ley de Amnistía que habría que derogar. La Amnistía de 1978 fue el punto final a la guerra y las dos Españas, un objetivo que persiguió durante mucho tiempo la izquierda, celebrada cuando abrió las cárceles y defendida con ardor en el Parlamento. Solo se abstuvo Alianza Popular. Libertad, Amnistía, Estatuto de autonomía, era la consigna. En realidad, fue la culminación de la política de reconciliación adoptada por el PCE, principal fuerza de oposición al franquismo, a remolque de una sociedad que lo pedía a gritos, que no quería volver a las andadas. Conviene fijarse en el resultado de aquello para llegar a conclusiones. La amnistía dejó impunes muchos crímenes, pero logró la reconciliación, clausuró la guerra y permitió centrarse en el futuro. Fue un recurso extraordinario para superar el pasado evitando que se convirtiera de nuevo en arma arrojadiza, y excusa para una revancha sin fin, algo que nos ha ocurrido una y otra vez. No borró los hechos, pero estos pasaron a ser competencia de la historia y la conmemoración. No se trata de ocultar el pasado, sino más bien de desactivarlo; no de olvidar lo que ocurrió, sino su sentido. Tódorov habla de un abuso de la memoria en la que a veces quedamos atrapados y que imposibilita que el presente ocurra. Un pasado que se convierte entonces en “el pasado que no quiere pasar”, como si nunca pudiera ser cancelado. 
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