“Tuvo que salir por piernas, primero fuera de España. Luego, una segunda vez, hacia Almería”

Artículo de opinión de Pedro Charro

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Pedro Charro

Publicado el 16/08/2021 a las 06:00

Falleció, a los 78 años, literalmente con las botas puestas, trabajando en su huerto, en los brazos de su esposa e hijo”, decía la esquela de Mikel Azurmendi publicada en la prensa, y lo cierto es que este hombre siempre vivió con las botas puestas, también en sentido figurado, dando siempre la cara, bregando, nunca se había callado, era una de las, como llamarlas, figuras de la resistencia al nacionalismo obligatorio, hoy casi discurso único en el País Vasco, él, un vasco por los cuatro costados, un rojo, un progre de libro, de los de mayo del 68, profesor de la Sorbona, antropólogo eminente, escritor muy fino, miembro de ETA de la primera hora que un día abominó de todo eso y cargó el resto de su vida con esa culpa y trató de repararla y por eso se enfrentó al monstruo, y a quienes buscaban razones para disculparlo, y lo hizo desde el Foro de Ermua, o Basta Ya, desde el principio, y por eso tuvo que salir por piernas, primero fuera de España, luego, una segunda vez, hacia Almería, y con el tiempo ha venido a morir “literalmente con las botas puestas rodeado por sus perrillos y el paisaje que tanto amaba”, según dice la esquela, que no es una esquela habitual con su fríos formulismos -¡a quien se le ocurre hacer literatura en ese trance!- en la que proclama además que muere con la “firme creencia en la vida eterna, dispuesto y en paz para recibir el Abrazo del Padre”, precisa, porque Azurmendi hace unos años que se cayó del caballo. Había descubierto en las personas un testimonio de amor que le tocó muy hondo y convirtió al hombre fiado solo de palabras, de ideologías, de argumentos, al negador nihilista, en un hombre nuevo; es una historia muchas veces repetida, un largo periplo en su caso desde el marxismo de los 60 a la fe cristiana, como si esta fuera la creencia que queda cuando caen todas las creencias, que ilustra muy bien el desconcierto de una generación rebelde que vivió el final de la dictadura y compró el material que había a mano, y que luego ha tenido que revisarlo todo. Ahí está pues este hombre de una pieza que fue claro y valiente, y que ha muerto calzado y en paz.

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