"Nadie es facha por decir lo que decía el presidente del gobierno hace unos meses"

Actualizado el 21/06/2021 a las 06:00
Eestuve en el Parador de Gredos el día de la manifestación de Colón contra los indultos, y al fondo de un pasillo encontré la salita donde, según pone en una placa, se reunieron los padres de la Constitución del 78 para decidir sobre las más de mil enmiendas que se habían presentado al primer borrador y fue allí cuando leí en el móvil que el escritor Trapiello, quizás un Galdós de nuestros días, alguien poco amigo de los actos de masas, se había dirigido a los manifestantes para decir que aquel era un acto de utilidad pública, un acto civil que le recordaba a los tiempos de Basta Ya -no en vano lo que está en juego es el estado de derecho- y luego advirtió que nadie es facha por decir lo que decía el presidente del gobierno hace unos meses -es difícil no marearse si uno quiere seguirle-, y citó a Machado desde la tribuna, a su Juan de Mairena, lo que fue algo extraordinario, pues nadie cita con conocimiento a un poeta en un acto político, siempre lleno de eslóganes y bravatas, nadie se pone a hacer literatura en un mitin, va en contra de todos los principios de comunicación política que siempre desconfían de cualquier referencia culta, de cualquier complejidad, y nos quiere como un rebaño que sigue obediente su camino, y de pronto, en aquella salita de Gredos, casi una capilla laica, sentí que un hilo muy fino unía las tres cosas: las palabras sencillas pero rotundas de Trapiello y los siete hombres sin piedad -¡ay, ninguna mujer todavía!- que se habían encerrado en este lugar aislado, frente al panorama mineral de Gredos, a jugar un larga partida de póker con las 1.100 enmiendas presentadas desde todos los flancos hasta completar, nadie sabe cómo, un puzle que se ha mantenido hasta la fecha como un excepción en nuestra historia; un hilo dorado que aun retrocedía más, hasta las palabras que Machado puso en boca de Juan de Mairena que hablaban sin temor de España, como lo hacían las izquierdas de entonces, o a las de Castillejo, exiliado en Londres tras la guerra, que dijo allí que los hombres necesitan vivir reunidos, incluso aunque no se amen ni simpaticen, algo que en otras partes han comprendido siempre mejor.