"Una sociedad en la que los jóvenes se emancipan de media a los 29 años, echa a la calle a los chicos inmigrantes en cuanto cumplen 18"

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User Admin

Actualizado el 14/02/2021 a las 23:25

La denuncia llegaba el miércoles al Parlamento de la mano de la Red de Lucha contra la Pobreza: desde mediados del año pasado, 72 menores migrantes han salido del sistema de protección al alcanzar la mayoría de edad legal, con un preaviso de solo días, y el Gobierno de Navarra no tiene la suficiente coordinación interna como para darles una solución.

El despectivo acrónimo de mena (menores extranjeros no acompañados) o incluso el término de jóvenes vulnerables que se utiliza en ocasiones ocultan una descripción mucho más cruda. Son chicos sin familia, normalmente norteafricanos, en tierra extraña, con un conocimiento defectuoso o mínimo del idioma, sin formación ni medios de vida. Una sociedad en la que los jóvenes siguen en su casa cerca de la treintena en un alto porcentaje (la media de edad en la que los jóvenes españoles salen del domicilio familiar es de 29 años) lanza a la calle a estos jóvenes en el momento en que cumplen 18 años.

Habrá quien diga que nadie les ha obligado a salir de sus países para venir a España. Pero basta con intentar imaginarnos, si es que es posible, cuál es el grado de desesperación que nos hubiera movido a cada uno, con 14 o 16 años, a afrontar un viaje incierto, peligroso y del que puede depender no solo nuestro bienestar, sino también el de nuestras familias.

El cine puede ayudarnos a conocer algo de ese viaje. Adú, la película de Salvador Calvo que se encamina hacia un triunfo en los Goya, para los que ya cuenta con 13 nominaciones, narra cómo un niño de 6 años llega a España desde Camerún. El protagonista no es un emigrante habitual, pero su recorrido hasta llegar a Melilla sí refleja las etapas de ese camino: el tráfico de personas, la miseria, el miedo, la decisión, a veces inconsciente jugarse la vida…

Fuimos un país de emigrantes, y existe el mito de que la emigración española de la segunda del siglo pasado fue legal. En realidad, se calcula (por ejemplo, en el libro La patria en la maleta, un estudio publicado en 2009 de José Babiano y Ana Fernández Asperilla) que entre un tercio y la mitad de los trabajadores que salieron hacia Alemania, Suiza, Bélgica o el Reino Unido lo hicieron de una forma irregular. En ocasiones, porque tenían prohibida la salida del país; en otras, porque no podían trabajar en la nación de destino.

Un síntoma de que esa emigración ilegal era frecuente está en una película de Alfredo Landa: Vente a Alemania, Pepe, que dirigió Pedro Lazaga en 1971. Landa interpretaba a un españolito que emigraba a Munich sin permiso de trabajo: “He traído el pasaporte y la cartilla de ahorros para ir metiendo el dinero”, dice el ingenuo Pepe cuando su amigo le pregunta por sus papeles. Aunque la censura franquista se había suavizado, me imagino que no habría sido fácil sacar adelante una película que hablase de algo excepcional. En 2006, y con un tono muy distinto, Carlos Iglesias dirigió Un franco 14 pesetas, en la que recreaba la historia de sus padres, también inmigrantes ilegales, en ese caso a Suiza.

En el Deuteronomio, Moisés se dirige a los israelitas: “Así, vosotros, amad al extranjero, pues extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”. Sí, fuimos un país de emigrantes y en nuestros recuerdos colectivos está el trauma de la salida. Pero si cambiamos el punto de vista, lo cierto es que fuimos un país de inmigrantes, extranjeros fuimos en tierra ajena.

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