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OPINIÓN

El año en que nos contagiamos

Avatar del undefinedIgnacio Lloret18/03/2020
Estos días de encierro hay algo de aquellas remotas mañanas de colegio en que no podíamos entrar o salir del aula porque alguien había inutilizado la cerradura de la puerta, o de aquellas tardes de la infancia en que, de pronto, se iba la luz y teníamos que seguir viviendo bajo el temblor de las velas. Más allá de las dificultades, hay una especie de emoción generada por la novedad, por lo inaudito de la situación, por la extrañeza del momento. Hay en nosotros una excitación diferente.
Después de una semana de cuarentena, ya es posible enumerar una serie de hechos y reacciones, de fenómenos y comportamientos que quizá no son nuevos a escala individual, pero que, considerados en su conjunto, están dando lugar a una sociedad distinta, a una forma de vida que no conocíamos hasta hoy. También en eso hay algo conmovedor.
Antes de nada, quiero destacar la solidaridad que ha puesto en marcha el estado de alarma, la cadena de ayudas creada en este tiempo de alertas. Es emocionante observar cómo unos abastecen de lo imprescindible a quienes no pueden salir ni apenas moverse, cómo otros prestan sus servicios profesionales sin necesidad de que haya retribución, cómo muchos entretienen a los demás de manera altruista. Es hermoso contemplar todo eso.
No, claro, ahí no se termina el asunto. Resulta que esta crisis nos ha obligado a quedarnos en casa, y en estas largas horas de confinamiento han ido surgiendo modalidades de ocio que habíamos dejado de practicar, o que hemos inventado de repente urgidos por las circunstancias. Son distracciones valiosas, no sólo porque se construyen a partir de pocas piezas, sobre una estructura elemental, sino porque seguramente volverán a servirnos en el futuro cada vez que permanezcamos aislados por el motivo que sea.
Oh, no voy a olvidar el humor. Lo que está pasando estos días podría resumirse con el título de aquella película italiana de los noventa, Cosi ridevano, Así reían. Y es que nunca se había desatado entre nosotros una avalancha tan oportuna e ingeniosa de chistes y gags, de audios y vídeos desternillantes. Es cierto que todo eso ya existía antes y, sin embargo, ahora nos llega en una cantidad y con una calidad mucho mayor. Ahora estamos siendo capaces de ver el lado cómico de cualquier adversidad, de cualquier noticia inquietante, de cualquier medida dudosa del gobierno, de cualquier connotación negativa. Justo cuando el humor parecía en peligro por ciertas actitudes inquisitoriales, el virus nos ha devuelto la virtud que siempre hemos tenido de reírnos de nosotros mismos y de todo lo que nos sucede. Por eso mencionaba más arriba el film de Gianni Amelio, porque dentro de muchos años, cuando pensemos en esta época, recordaremos con nostalgia todas esas risas que echamos juntos o a solas gracias al talento de tantos.
Ah, pero necesito seguir. Me refiero a este compendio de aspectos positivos. Ocurre que mucha gente ha empezado a trabajar a distancia. Desde su casa. Y aunque la tecnología nos ayuda, también es verdad que nosotros hemos puesto lo demás. Hemos desarrollado alternativas para nuestro negocio. Hemos ideado servicios adaptados a la nueva coyuntura. Hemos creado variantes de los productos que ya ofrecíamos. Hemos reemplazado lo superfluo. Hemos modificado lo que no funciona. Pero lo mejor no es eso. Lo bueno es que, por medio de todos esos cambios y más allá de ellos, han aparecido nuevas formas de relación. Entre prestador y cliente. Entre profesor y alumno. Entre empleador y empleado. Entre colaboradores de un proyecto común.
Hay otra cuestión que, igual que algunas de las mencionadas, es triste y bella a la vez. Pienso en el trato con nuestras mascotas. En el que mantenemos estos días. En su hermoso libro Voces de Chernóbil, Svetlana Alexiévich describe cómo, en plena catástrofe nuclear, los animales miraban de otra manera a los seres humanos. En lugar de huir, se acercaban a ellos en busca de ayuda. Hoy, en nuestro cautiverio, también se da un fenómeno curioso a este respecto. Una inversión en la jerarquía de las especies. Ahora son ellos, los animales, quienes nos acompañan y nos pasean. Quienes nos animan y nos entretienen. Ahora son ellos los que sienten compasión por nosotros.
He dejado esto para el final. Me refiero a lo más importante. A la comunicación en la era del coronavirus. Tiene un poco que ver con lo anterior, pero lo trasciende en cierto sentido. Sí, porque nos ha sorprendido más que otras cosas. En los aplausos dedicados al cuerpo de médicos y enfermeros, en los juegos donde participa todo un vecindario, en las conversaciones mantenidas entre balcones, en la música volcada hacia la calle, en los millones de mensajes escritos o grabados, intercambiados a diario entre millones de personas, en todos esos ejemplos se ha manifestado nuestra necesidad de relación, nuestro anhelo de compañía.
Precisamente cuando más agobiados estábamos por la amenaza del cambio climático, por la corrupción de los políticos, por la incertidumbre digital, por las disputas territoriales, por las discusiones ideológicas entre familiares y amigos, aparece la ironía feliz, el hecho paradójico de que, cuanta más distancia física debemos establecer entre nuestros cuerpos por razones de salud, más cercanos de corazón nos sentimos entre nosotros, más conscientes somos de estar compartiendo un mismo destino.
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