Emigración a América
Javier Bizkarrondo Zubiri: "Mi padre no pudo despedirse al irse a California; no lo volví a ver”
Javier Bizkarrondo Zubiri evoca la partida de su padre en los años 50 en la fiesta del sábado en Beruete de los pastores que emigraron a América


Publicado el 13/10/2024 a las 05:00
La última vez que Javier Bizkarrondo Zubiri vio a su padre fue en su entierro en Burlada. Su corazón se había parado en Los Ángeles (Estados Unidos) mientras estaba, con 60 años de edad, tramitando las gestiones de la jubilación. Siete décadas antes, cuando Javier contaba con 5 años y su hermana, Maite, 3, partió de la casa familiar de Zilbeti, en el valle de Erro, donde dejó mujer y siete hijos para labrarse un porvenir de pastor en América que la tierra donde había nacido le negaba. “Contaba mi madre que, cuando se fue a California, no pudo entrar en la habitación para despedirse de sus dos hijos pequeños”. El inmenso dolor le paralizaba. Un silencio, embargado por la emoción y las lágrimas contenidas que por un instante están a punto de desbordarse en cascada por el rostro, interrumpe el relato en la plaza de Beruete, que se extiende a los pies de su posada.
Melchor Bizkarrondo Olasagarre, natural de Etuláin (Valle de Anué), se había casado con Catalina Zubiri. Fue uno de los quince varones que dejaron despoblada la estadística masculina de Zilbeti. Sin el cabeza de familia, la mujer, con siete hijos a su cargo, debió acogerse al apoyo de parientes asentados en Ostiz (Valle de Odieta). Los lazos estrechados en una época de apreturas ayudaron a sobrellevar las penas y las dificultades.
En un momento dado, el padre emigrante “reclamó” –como se decía entonces y recuerda ahora Javier- a un hijo (Pedro) y a dos sobrinos de Ostiz para sumarse a la experiencia americana en un pueblo cercano a Los Ángeles, en la costa del Pacífico.
Cuando Pedro llegó a destino, pensó que le estaría esperando su padre. La realidad disipó la esperanza del recién aterrizado, como cualquier emigrante que, desorientado, aguarda un abrazo de la seguridad en lugar desconocido. “Hasta pasados dos meses no se llegaron a ver”, rememora su hermano Javier.
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EL REENCUENTRO
Con los años, Melchor buscó la manera de resarcirse consigo mismo y compensar la distancia de su primera partida en los años 50 y del reencuentro con uno de sus hijos a los dos meses de haber recalado en Estados Unidos. “Le gustaba pasear con sus nietos y le había comentado a mi hermano, Pedro, que quería estar más cerca con la familia”, cuando habían desaparecido las obligaciones de pastor y otros quehaceres que le condujeron a emigrar de Navarra a Los Ángeles.
A punto de alcanzar el merecido descanso de la jubilación, su corazón dejó de latir. Hace dos años, con 80 de edad, murió también su hijo Pedro, el joven que siguió sus pasos en la esperanza de mirar el futuro con mayor optimismo.
La primera vez que anunciaron la proyección de la película 'Tasio', su hermano, Javier, casado con Maite Ajuria Blanco, ambos antiguos empleados de Diario de Navarra, se decidió a verla “sí o sí”. El recuerdo que, de niño, se le quedó grabado de su padre fue la de un hombre con el rostro ennegrecido de tanto bregar en el monte. Fue carbonero antes de decir adiós en Zilbeti a Catalina y a cinco de sus siete hijos. De los pequeños –Javier y Maite- no pudo despedirse cuando dormían. El dolor de la separación le embargaba.
