“Cuando ves todo lo que ha pasado, te vienes abajo”
Una semana después de que Navarra, de norte a sur, sufriera unas de las inundaciones más importantes de las últimas décadas, Diario de Navarra da un repaso a lo ocurrido


Publicado el 19/12/2021 a las 06:00
Unas de las palabras que más repitió la Confederación Hidrográfica del Ebro cuando estaba comenzando la crecida era “gran incertidumbre”. Las abundantes precipitaciones en el norte y el consiguiente deshielo de la nieve acumulada, aseguraba la entidad, hacía complicado dar una previsión muy concreta. Tanto que, de hecho, ofreció una horquilla muy amplia que iba de 2.500 a 3.200 metros cúbicos a la altura de Castejón.
Afortunadamente, los peores presagios no se cumplieron, pero, aún así, se marcaron niveles históricos que arrasaron campos y también causaron graves daños en cascos urbanos, como el de Tudela. Y todo con cifras récords. El medidor de Tudela marcó sus máximos desde que la CHE lo instaló en el año 2006. Fueron 6,18 metros y un caudal de 2.709 metros cúbicos por segundo, frente a los 5,85 y 2.582 m3/s que se marcaron en 2015.
Lo que también se está demostrando en las últimas riadas es que el Ebro cada vez alcanza más altura, algo que parece dejar claro que algo ha cambiado en el cauce del río.
La noche del domingo 12 al lunes 13 fue la clave. La crecida llegó de madrugada y la capital ribera se levantó bajo las aguas. Eso sí, en las zonas habituales del Casco Antiguo, donde el nivel es inferior al Ebro y el agua emana del suelo, y en las más cercanas al río. Los avisos previos ayudaron a que vecinos y comerciantes tomaran medidas con antelación, pero, aún así, los daños fueron muy importantes con calles con más de un metro y medio de agua.
Te puede interesar

BALANCE DE DAÑOS
De hecho, el Ayuntamiento, en una primera estimación, ha cifrado estos daños en más de 2 millones de euros y solo en calles, caminos, diques rotos, edificios municipales..., aunque también dejó claro que lo más probable es que esta cifra se duplique cuando se pueda acceder a zonas a las que todavía no ha sido posible por el mal estado de los caminos o por encontrarse inundadas. Una cantidad a la que habrá que sumar, además, los daños provocados en propiedades privadas.
Pero, lejos de la frialdad de los datos, el hartazgo se reflejaba en la cara de los afectados, muchos ya habituados a una situación que se repite cada vez con más asiduidad, pero al mismo tiempo cansados de que no se haga nada para intentar paliar las consecuencias de las crecidas. Y, más, teniendo en cuenta que todos coincidieron en que esta ha generado las mayores inundaciones desde hace años.
Familias enteras primero achicando agua, luego quitando lodo, sacando muebles inservibles de sus casas, sin calefacción por problemas eléctricos o viendo impotentes cómo han perdido buena parte de su negocio.
Luego llegan las visitas institucionales, las declaraciones como zona catastrófica, las promesas de ayudas millonarias, los mensajes de ánimo y solidaridad... Pero los afectados siguen aceptando con resignación que, en la próxima ocasión, y si no se hace nada, los problemas se volverán a repetir.
Aparte del casco urbano de Tudela, el otro que también se vio afectado fue el de Buñuel, en un grupo de casas de las calles Remírez Figueras, La Fuente y Vicente Oliver, que también tuvieron que vivir de nuevo esa situación de tener que salir de sus viviendas y ver impotentes cómo entraba el agua dejando un reguero de daños.
DESASTRE EN EL CAMPO
Y a todo lo anterior se suman los daños en miles de hectáreas de cultivos, muchas ocultas bajo el agua tras la rotura de los diques. Productos de invierno como el brócoli, la coliflor, habas o cardo se han perdido por completo, a pesar de que muchos agricultores trabajaron sin descanso los días previos a la riada para intentar recoger lo máximo posible.
Unas pérdidas que, además, tienen su repercusión en la industria agroalimentaria, destino de muchos de estos productos.
Te puede interesar

Pero, ahora, la preocupación mira al futuro y a la posibilidad de que pueda llegar otra riada este invierno. Con buena parte de los diques rotos, los daños se podrían multiplicar y muchas voces se alzan para que se reparen lo antes posible para intentar evitarlos.
“No puede ser que cada tres años suframos riadas como esta”
El pasado sábado 11 de diciembre, Yoana Viela Pérez celebró el 11º aniversario de la apertura de su sala de catas y tienda de vinos Dieciocho Grados, ubicada en la calle Verjas de la parte vieja de Tudela. Esa misma noche, el agua del Ebro anegó el local. Cuando al día siguiente pudo entrar en él, se encontró con botellas, copas y barricas flotando. Los problemas todavía fueron mayores en el almacén con el que cuenta en la cercana calle San Julián, donde la riada dañó decenas de cajas y lotes de vino. La foto de ese día, con el agua hasta el pecho abriendo la puerta de su local, refleja a la perfección la situación que sufrió.
“Antes de que llegara la crecida me dio tiempo a poner a salvo algunas cosas, pero es imposible rescatar todo. En la sala tengo muebles anclados a la pared o neveras de gran peso que no se pueden levantar”, explica la tudelana, quien ha dedicado esta semana a volver a acondicionar su local para seguir dando servicio. “Estamos en unas fechas en las que todos queremos tener una buena botella de vino en la mesa para celebrar la Navidad y es una época buena para el negocio. Por eso ahora toca estar en dos frentes: por un lado limpiando y, por otro, atendiendo a los clientes”, afirma Viela, quien se emociona cuando apunta “todo lo mal que lo hemos pasado en la pandemia para que ahora nos llegue esto”.
EMPEZAR DE NUEVO
Y es que, como señala, “ya no es tanto el dinero que se haya perdido en los daños, sino todo el trastorno que supone tener que poner todo en marcha de nuevo”.
Fiel a su espíritu emprendedor, Viela prefiere ver el lado positivo de este episodio y seguir adelante. “Colgué una foto en mi Facebook (la misma imagen que acompaña a este texto) en la que aparezco en la puerta de la sala con el agua por encima de la cintura. De inmediato empezaron a llegar mensajes de ánimo e, incluso, de personas dispuestas a ayudarme en las tareas de limpieza del local o en lo que hiciera falta. Eso ha sido increíble”, destaca.
Así, una semana después de la riada, Viela se reafirma en su apuesta por continuar con su negocio con la misma ilusión. “Esta es la casa familiar y no me voy a rendir. Cuando abrí la sala aquí ya sabía a lo que me exponía, pero pensaba que riadas de este tipo iban a llegar cada 15 o 20 años. El problema es que ahora llevamos tres casi seguidas: en 2015, 2018 y 2021. No puede ser que cada tres años suframos este tipo de riadas”, apunta la tudelana, a la vez que pide una solución a este tipo de episodios.
“Nosotros no somos técnicos para decir qué se debe hacer, pero está claro que hay que hacer algo. Y ahora, todavía estando en diciembre, nos quedan por delante meses en los que nos pueden llegar otras riadas y, sobre todo, con la incertidumbre de tener que estar mirando constantemente los sistemas de alerta”, concluye.


“Lo peor de la riada llega cuando el agua ya se ha ido”
“Puede parecer que lo peor de la riada es el día de la inundación, pero lo peor llega cuando el agua ya se ha ido y tienes que dedicar días y días a retirar el barro, adecentar la casa y cuantificar los daños”. Con estas palabras resume el vecino de Tudela José Antonio Hernández Jiménez lo que ha sido para él esta última semana tras la crecida del Ebro.
Las aguas del río anegaron la bajera de su vivienda, ubicada en la calle Patio de la parte vieja tudelana, impidiéndole salir de su casa. “Vivo con mis padres, y para ellos ha sido muy duro no poder ir, al menos, a dar un pequeño paseo hasta la esquina. Lo han pasado fatal estos días”, apunta el tudelano, quien espera poder recuperar el valor de todos los enseres que el agua dañó. “Sé que ahora andan los alcaldes de las localidades afectadas hablando para el tema de los seguros y demás, con lo que debemos estar atentos”, explica, a la vez que se congratula de que, “afortunadamente, todo se ha quedado en daños materiales”.
POR UNA SOLUCIÓN URGENTE
Hernández, de 54 años, lleva desde los 16 residiendo en su actual domicilio de Tudela. “Durante todo este tiempo hemos sufrido otras inundaciones, pero nunca antes el agua había alcanzado el nivel al que ha llegado ahora. Salía por las alcantarillas y anegó toda la calle. Afortunadamente, el suministro de luz no se llegó a interrumpir y pudimos mantener la calefacción en las casas. Gracias a ello nos hemos podido quedar aquí estos días”, señala.
En este sentido, Hernández agradece la labor realizada por Policía Municipal y Protección Civil de Tudela. “Han estado junto a nosotros en todo momento, poniéndose a nuestra disposición para lo que hiciera falta, y eso no tiene precio”, destaca el tudelano.
En cuanto a las posibles soluciones para paliar estos episodios de riadas, Hernández reconoce no tener una respuesta. “Siempre se ha dicho que lo que hay que hacer es limpiar el cauce y las orillas del río. Sinceramente, yo no tengo ni idea..., pero lo que sé es que hay que buscar una solución cuanto antes”, indica.


“Cuando ves todo lo que ha pasado, te vienes abajo”
Una de las cosas que distingue a Carmelo Abadía Villanueva ‘Patao’ y a su hijo Patxi Abadía Casajús es su carácter extrovertido y buen humor. Algo que ni la histórica riada del Ebro del pasado domingo ha podido borrar, aunque ambos reconocen haber pasados estos días muy malos momentos viendo cómo el agua anegaba, una vez más, la oficina de su correduría de seguros en el paseo de Pamplona de Tudela.
“Cuando ves que el agua vuelve a entrar en el local, no puedes hacer otra cosa que ponerte a achicarla y trabajar duro para minimizar los daños. Luego, cuando la crecida ya se ha ido, ves todo lo que ha pasado y te vienes abajo. Pero al final tienes que levantarte y tomarte las cosas con humor”, indican padre e hijo.
FOMENTAR LA AUTOPROTECCIÓN
La ubicación de su oficina, en la parte del paseo de Pamplona más cercana al cauce del río Ebro, hace que su local sea uno de los primeros en sufrir las crecidas.
“No es la primera, y lo peor es que no va a ser la última”, apuntan, a la vez que reconocen la necesidad de actuar para, al menos, minimizar los daños que este tipo de episodios causan. “Somos conscientes de que no se puede limpiar el cauce para dejarlo como un canal, ya que hay que proteger la fauna y flora; pero tampoco dejarlo tal y como está ahora. La virtud está siempre en el término medio, y hay personas capacitadas para encontrarlo”, explican.
Según apuntan, los daños provocados por inundaciones como las que han afectado a Navarra son cubiertas, en gran parte, por el Consorcio de Compensación de Seguros.
En cualquier caso, ambos coinciden en fomentar entre los vecinos afectados por estas crecidas periódicas la filosofía de la autoprotección. “La gente tiene que saber los riesgos que corre y ser consecuente. Sufrir un atraco es algo imprevisible, pero una inundación como esta no lo es, ya que cada vez hay más y mejores sistemas de alerta y modos de prever lo que va a pasar”, afirman.

