En primera persona

La historia detrás del hombre de la sudadera verde: "Lo que más duele no es solo la falta de un techo, sino sentir que las personas pueden juzgarme"

El 30 de junio, esta ilustración acompañó en Diario de Navarra una carta en la que Aissa, de 36 años, contaba qué siente una persona que vive en la calle. Entrenador de fútbol en su país, cruzó el Mediterráneo en patera y hoy duerme a la intemperie en las calles de Pamplona

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Ilustración publicada el 30 de junio en este periódico y que acompañaba la carta escrita por el hombre de la sudadera verdeALBERTO ERRO
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Iván Benítez

Publicado el 04/10/2026 a las 05:00

Un hombre con sudadera verde está sentado, con las manos cerradas sobre las piernas, como si tratara de conservar el calor del cuerpo. No se distingue su rostro. Mantiene la cabeza ligeramente inclinada.

Frente a él pasan un hombre y un niño que caminan de la mano. Ambos vuelven la mirada hacia la figura solitaria y el niño parece preguntar algo antes de que los dos sigan su camino. Poco después, otro hombre pasa por allí con su perro y también parece fijarse en él, aunque de soslayo.

La escena forma parte de la ilustración con la que Alberto Erro, periodista e ilustrador de Diario de Navarra, acompañó en este periódico una carta publicada el pasado 30 de junio bajo el título ‘Carta de un joven en situación irregular en Pamplona’.

El escrito recogía reflexiones como estas: “Le escribo con el corazón lleno de esperanza”; “Siento que quizás usted sea la última persona que pueda escuchar mi historia”; “Soy una persona con estudios universitarios”; “Vine a España buscando una oportunidad”; “Hoy me encuentro durmiendo en la calle, enfrentándome cada noche al frío, al miedo y a la incertidumbre”; “Nunca imaginé que terminaría sin un lugar donde dormir”.

También hablaba del peso de las miradas: “Lo que más me duele no es solo la falta de un techo, sino sentir que las personas pueden juzgarme sin conocer mi historia”.

Y de sus fuerzas y sus temores: “Solo soy una persona que ha perdido todo y que sigue luchando”; “Temo que la dureza de la vida en la calle termine venciendo mis fuerzas”; “Mi deseo es volver a sentirme útil y recuperar mi dignidad”.

Salida de una patera desde la playa de Tarache
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Salida de una patera desde la playa de LaracheIVÁN BENÍTEZ
Salida de una patera desde la playa de Tarache

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Hoy se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, una fecha dedicada a poner en el centro la realidad de las personas obligadas a abandonar sus hogares. También busca promover la acogida, la solidaridad y el respeto a su dignidad.

La fecha oficial de esta jornada fue el domingo 27 de septiembre y el lema elegido por el papa León XIV fue “Incluso uno solo de estos pequeños”, centrado especialmente en los niños, las niñas y los adolescentes afectados por los procesos migratorios y los desplazamientos.

La jornada invita a reflexionar sobre la acogida y a combatir la indiferencia, los discursos de odio y los prejuicios. A recordar, en definitiva, que detrás de las cifras sobre migración hay historias personales.

Aissa
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Aissa Hamidate ejerció de entrenador de fútbol en Argeliacedida
Aissa

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EL HOMBRE DE LA CARTA

Pues bien, el hombre de la sudadera verde se llama Aissa Hamidate. Es el mismo que hizo público aquel mensaje de emergencia.

Tres meses después, a finales de septiembre, Aissa espera su turno en una de las colas del hambre de Pamplona. En concreto, en el pequeño banco de alimentos de la asociación Apoyo Mutuo. Allí recibe una bolsa de plástico con media docena de yogures, un envase de leche, bollería, galletas y una lata de atún.

“Comida para un par de días”, lamentan las voluntarias, impotentes ante la escasez.

Bolsas con comida organizadas para repartir en la sede de Apoyo Mutuo.
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Bolsas con comida organizadas para repartir en la sede de Apoyo Mutuo.iván benítez
Bolsas con comida organizadas para repartir en la sede de Apoyo Mutuo.

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Ese lunes de septiembre, unas 170 personas han acudido a esta nueva cola del hambre en el barrio pamplonés de la Rochapea. La mayoría son hombres que duermen bajo puentes, en tiendas de campaña o bajo lonas y plásticos entre los árboles. Seres humanos que buscan rincones y grietas de la ciudad donde pasar inadvertidos ante los discursos que deshumanizan.

Aissa tiene 36 años y, desde que llegó a Pamplona en junio, duerme donde puede. Primero fue un albergue. Después pasó un mes en una hamaca de un parque infantil. Más tarde consiguió una tienda de campaña y un saco de dormir.

Pernoctó en las inmediaciones del río hasta que el miedo a las crecidas y a los desalojos le hizo buscar otro lugar. Ahora ha encontrado un terreno más elevado, cerca de una carretera. Allí construye una cabaña contrarreloj ante la llegada de un temporal.El fútbol, su pasión

En esta hamaca de un parque infantil pernoctó durante un mes.
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En esta hamaca de un parque infantil pernoctó durante un mescedida
En esta hamaca de un parque infantil pernoctó durante un mes.

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Uno de los bancos en los que ha pernoctado en Pamplonacedida
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Aissa nació en el suroeste de Argelia, en una región de paisaje semidesértico. Cuenta que terminó el bachillerato en 2008 y continuó estudiando. En 2012 se licenció en Ingeniería Mecánica y cursó el primer año de un máster relacionado con la energía. Recibió su formación universitaria en francés.

Ese mismo año ingresó en la Marina Nacional de Argelia. La dejó en 2019. Durante los dos años siguientes trabajó como supervisor de seguridad en un proyecto argelino-coreano. El fútbol, su gran pasión, nunca desapareció de su vida.

En 2020 puso en marcha en su ciudad un proyecto dirigido a niños y jóvenes. Su intención era utilizar el deporte no solo para enseñarles a jugar al fútbol, sino también como herramienta educativa y de prevención frente a problemas sociales.

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En 2020 puso en marcha en su ciudad un proyecto dirigido a niños y jóvenescedida
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Tiene, además, una titulación como entrenador expedida por la Federación Argelina. La guarda en el teléfono móvil y se la muestra al periodista.

Entre 2023 y 2025, continúa relatando, vivió en Turquía, donde asegura que trabajó como preparador físico. Muestra fotografías de aquella etapa.

Regresó a su país cuando su abuela, de 93 años, enfermó. Murió en diciembre de 2025. Aissa volvió entonces a Argelia, donde viven sus padres, de 72 y 68 años. Según cuenta, ambos padecen enfermedades crónicas. Aissa está divorciado y tiene una hija de tres años.

HISTORIA DE UNA PATERA

Meses después decidió cruzar el Mediterráneo hacia España. Según relata, encontrar una patera no consiste simplemente en llegar a una playa y subir a una embarcación. Antes están las conversaciones que se escuchan en cafeterías y en las calles de los pueblos costeros. Personas que conocen a otras personas. Alguien que ya hizo la travesía. Un contacto lleva a otro hasta llegar a quienes organizan la salida.

Después pueden pasar días sin noticias. Hasta que suena el teléfono.

Aissa recibió instrucciones sobre el lugar y el momento en que debía presentarse. Según su testimonio, los pasajeros podían pagar entre 3.000 y 7.000 euros por la travesía.

Salieron desde una zona de bosque denso que llegaba prácticamente hasta el mar. Junto al agua había rocas. Partieron de noche, en junio. Eran 35 personas. Había cinco mujeres y también menores. Nadie llevaba chaleco salvavidas.

Restos de una patera varada en la costa de Cádiz.
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Restos de una patera varada en la costa de Cádiz.Iván Benítez
Restos de una patera varada en la costa de Cádiz.

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“Durante el viaje prácticamente no se podía hablar. Era de noche, estaba muy oscuro, apenas podíamos vernos y la mayoría no nos conocíamos entre nosotros. Cada persona llevaba dentro el miedo por lo que podía ocurrir en el mar”.

Las olas superaban el metro. La embarcación avanzaba en la oscuridad y Aissa sufría especialmente por sus problemas respiratorios. La humedad, el frío y el cansancio, cuenta, fueron empeorando su estado físico.

Según recuerda, la travesía duró cerca de veinte horas. Finalmente desembarcaron en Cartagena.

Aissa recuerda que, tras desembarcar, se presentó ante la Guardia Civil y recibió asistencia médica de Cruz Roja. Posteriormente fue interrogado por la Policía. Al día siguiente quedó libre junto a otros jóvenes de distintas nacionalidades.

Dice que caminó desde Cartagena hasta Alicante. Allí se cruzó con un hombre español y le contó su situación. El desconocido decidió ayudarlo y le compró un billete de autobús a Pamplona.

Llegó alrededor de las cinco de la madrugada. No conocía a nadie.

Los primeros cuatro días pudo dormir en un albergue. Después empezó a buscar asociaciones y personas que pudieran orientarlo. Primero conoció a las voluntarias y los voluntarios de Apoyo Mutuo. Más tarde entró en contacto con el colectivo Derecho a Techo. Le ayudaron con las gestiones para recibir asistencia médica y con los trámites ante el Ayuntamiento.

Sus pertenencias caben en una mochila. Para comer depende, en buena medida, de la bolsa que recibe. Para ducharse y lavar la ropa ha tenido que recurrir incluso al río.

Recorre en bicicleta los alrededores de Pamplona y pregunta por trabajos de al menos un día en lugares donde no sea imprescindible hablar castellano. Cuando consigue alguno, suele ayudar a cargar mercancías. “Quiero aprender español, trabajar y volver a tener una vida normal”.

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Aissa, en Argeliacedida
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Hay una palabra que aparece una y otra vez cuando habla de su futuro: empadronamiento. Lleva meses tratando de resolver su situación. Para él, empadronarse “no es simplemente un papel”. Lo considera el primer peldaño desde el que empezar a reconstruir una vida.

A pesar de su día a día, habla con agradecimiento. “Pamplona es la primera ciudad donde siento que las personas realmente quieren escuchar mi historia”.

Quizá por eso insiste en explicar quién era antes de convertirse, a ojos de los demás, en un hombre que duerme en la calle y espera su turno para recibir una bolsa de comida. “No quiero quedarme definido solamente por el hecho de estar viviendo en la calle. Solo sé que quiero seguir adelante”. Aissa emplea una imagen para explicar su situación: “Estoy intentando dibujar de nuevo el mapa de mi vida”.

El 30 de septiembre, a las once de la noche, Aissa envía un vídeo. Llueve. Diluvia en Pamplona. Solo se ve oscuridad. Soledad. Todo está empapado.

“Ahora siento que forman parte de mi vida. La lluvia golpea la tienda, el viento la mueve, los truenos rompen el silencio. Esos sonidos se han convertido, de alguna manera, en compañeros que llegan cada noche”.

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Tienda de campaña en la que pernocta en la comarca de Pamponacedida
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CUANDO HABLA CON SU HIJA

“Cuando hablo con mis padres, intento tranquilizarlos. Les digo que estoy bien, que todo está bien y que estoy haciendo todo lo posible para salir adelante. No quiero que sepan cada dificultad que estoy viviendo, porque sé que sufrirían”.

También habla con su hija. “Intento que escuche la voz de su padre tranquilo. Le pregunto cómo está, qué ha hecho y le digo que la quiero mucho. Intento que sienta que sigo estando presente en su vida. A veces, después de hablar con ellos, apago el teléfono y pienso en todo lo que ha pasado”, escribe al periodista vía wasap.

Al preguntarle si volvería a subir a una patera, responde: “Después de haber vivido aquella noche en el mar, sabiendo lo que significa viajar sin seguridad, con miedo y sin saber si vas a llegar vivo, no puedo decir que volvería a hacerlo como si nada hubiera pasado. Pero también sé por qué lo hice. Quería encontrar una posibilidad de reconstruir mi vida”.

Buscan una patera con 28 personas en el mar de Alborán
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Estrecho de Gibraltar, un cementerio de cuerpos de personas migrantesIVÁN BENÍTEZ
Buscan una patera con 28 personas en el mar de Alborán

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