XXV aniversario del incendio que arraso Mercairuña
Las caras detrás del incendio
"Se reaccionó rápido. Esa misma noche hubo una reunión para ver cómo se podía abastecer el lunes sin problemas”, recuerda Imanol Huarte Hernández, de 55 años y administrativo de Mercairuña


Publicado el 25/01/2026 a las 05:00
Jesús Zudaire Olmo, ahora de 66 años y al frente de Iruña de Frutas y Verduras, aquel 20 de enero de 2001, cuando comenzó el incendio estaba en el bar de la nave luego calcinada. Cristina Erro García, de 58 años y de Pescados Caridad, acaba de llegar a su casa de Burgui cuando le llamó un amigo para decirle que salía humo de Mercairuña. Imanol Huarte Hernández, de 55 años y administrativo de Mercairuña, también recibió de noche otra llamada de teléfono de un conocido. Luis Goñi Zulaica, de 50 años y de Pescados G.J.A. , vio desde la ventana de su casa de Echavacoiz norte la columna de humo y pensó que era la gasolinera junto al mercado. Cuatro historias para esa fatídica fecha en la que todos coinciden en señalar que sintieron desazón e incertidumbre. “Lo primero que me pregunte fue, ¿y el lunes qué? ¿vengo a trabajar?”, dice Cristina mientras los otros tres asienten. “Se reaccionó rápido. Esa misma noche hubo una reunión para ver cómo se podía abastecer el lunes sin problemas”, recuerda Imanol. Y se consiguió, añaden Jesús y Luis.
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Jesús, entonces empleado de Frutas Sheyla, como otras muchas veces tras una jornada de trabajo se quedó en el bar tomando algo para después echar una partida de cartas. “Estaba en la planta baja (ahora en el primer piso), junto a la zona de abastos. El primer aviso fue cuando fuimos por la puerta de atrás y vimos una caja con papeles de albaranes quemada. No le dimos importancia, pensamos que alguien habría tirado una colilla y por eso habían ardido”. Pero de pronto, la luz eléctrica del bar se vio envuelta en una nube negra que venía del pasillo. “Nos quedamos totalmente a oscuras. Uno de los compañeros quiso abrir la puerta a ver qué pasaba. No le dejamos. ¡Y menos mal! Hubiera entrado el fuego cogiéndonos de lleno”. Por las cristaleras vieron algunos puestos ardiendo. “Salimos corriendo por la puerta de atrás y Fran, el del bar, tiró las bombonas de butano al jardín. Pasó más rápido de lo que te estoy contando, en cinco minutos estaba todo arrasado”, recuerda Jesús. “Nuestra suerte fue que la frutería tenía una nave en Huarte por lo que no se nos quemó todo. Y también que la vieja caja fuerte aguantó el fuego, salvando dinero y albaranes”. “En cambio la nuestra no. Las llamas entraron por el agujero de la llave”, dice Cristina. “Mi amigo por teléfono me decía que veía una nube muy negra donde Eroski. ¿No será Mercairuña?, me preguntó. No creo, acabo de salir de allí, le contesté. Pero después llamó mi hermano y ya nos dio la noticia. Volvimos a bajar y todo era humo y un amasijo de hierros. Y allí mismo acordamos juntarnos el lunes para ver qué se podía hacer”.
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Y mientras los mayoristas de Frutas y Verduras se trasladaban a una nave de la Ciudad del Transporte, los de la lonja se quedaron en otra desocupada dentro de las instalaciones de Mercairuña. “Y de congeladores usábamos los camiones refrigerados. Eso nos permitió que el martes (los puestos de pescado no abastecen los lunes) también pudiéramos dar servicio como hicieron los de las frutas y verduras las víspera”, cuenta Luis. “Ese martes mi coche fue la oficina, lleno de albaranes, papeles, bolígrafos... hubo que comprar de todo”, añade Cristina. “El domingo fue un día de locos, con todos llamando a los proveedores que, junto a los transportistas, se portaron de maravilla”, dice Jesús. “Y los clientes, porque hasta organizar bien los sitios, se les servía como se podía, llevando las cajas de aquí para allá” “A mí me precisamente me avisó por teléfono del fuego un cliente. Y me aferré a la idea de que era la gasolinera. Cómo va a quemarse si la base es de hormigón y las columnas de acero, pensé. Llegué sobre las diez de la noche y me quedé impactado. Nos ardió una furgoneta y el isotérmico estaba fundido, como un caramelo. En cambio los palos de madera que lo sostenían aguantaron”. A esa hora también se acercó hasta el incendio Imanol. “Recientemente habíamos aprobado los trabajadores una jornada laboral de 37 horas. Al momento, decidimos que serían 40. Había que arrimar el hombro. Recuerdo pensar lo rápido que puede cambiar todo, de tener trabajo a no saber qué iba a ser de nosotros”. “La mayoría perdieron no ya el género, sino las fichas de los clientes o las cuentas pendientes de pagar. Hay que decir que fueron casos muy excepcionales los que se aprovecharon de esta circunstancia para no saldar la compra. Casi todos respondieron”, dice Jesús.