Sin hogar

El campeón del mundo de 24 años que vive en la calle en Pamplona

El argelino de 24 años Ishak Ben Smaili, campeón en su categoría de kempo combat en 2022 y actualmente medallista internacional de jiu-jitsu, duerme en un edificio abandonado. A pesar de vivir en condiciones extremas, sigue entrenando y compitiendo gracias al respaldo de una escuela de artes marciales que le ha tendido la mano

Son las diez de la noche. La habitación  donde sobrevive, como todas en el edificio abandonado, está cerrada con cadenas para evitar ocupaciones. Dentro, un colchón sobre el suelo, un espejo roto y un cubo con agua de pozo para asearse. Ishak se sienta y devora en silencio un bocadillo de tortilla con bonito que le ha proporcionado una voluntaria de Apoyo Mutuo. “Es lo primero que como en un día y medio”, dice sin mostrar aflicción.
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La habitación donde sobrevive. Dentro, un colchón, un espejo roto y un cubo con agua
Son las diez de la noche. La habitación  donde sobrevive, como todas en el edificio abandonado, está cerrada con cadenas para evitar ocupaciones. Dentro, un colchón sobre el suelo, un espejo roto y un cubo con agua de pozo para asearse. Ishak se sienta y devora en silencio un bocadillo de tortilla con bonito que le ha proporcionado una voluntaria de Apoyo Mutuo. “Es lo primero que como en un día y medio”, dice sin mostrar aflicción.

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Iván Benítez

Actualizado el 25/06/2025 a las 07:57

"Por favor, guárdalas”. Ishak sostiene entre las manos una gorra con visera cuidadosamente doblada. La abre con delicadeza, como si protegiera un tesoro, y extrae dos medallas: una de oro y otra de bronce. Las ha ganado el primer fin de semana de junio en el Open Internacional de Jiu-Jitsu, celebrado en Bilbao. Las entrega con un gesto que mezcla orgullo y pudor, como si confiara algo más que un objeto. “Por favor, guárdalas”, repite.

Frente a la oficina de atención al ciudadano del Ayuntamiento de Pamplona, Ishak —un joven argelino de 24 años— se prepara para solicitar el empadronamiento. No tiene domicilio fijo, pero necesita que el sistema reconozca su existencia. El periodista guarda las medallas en su bolsa de cámaras y se despide con un “nos vemos esta noche”, sabiendo que volverán a encontrarse horas más tarde, en la habitación de un edificio abandonado donde sobrevive desde hace más de tres meses, en el barrio pamplonés de Echavacoiz. 

El joven de 24 años Ishak Ben Smaili, medallista argelino de kempo combat en 2022 y ahora de jiu-jitsu, sobrevive en un edificio abandonado mientras entrena y compite gracias al apoyo de un gimnasio local
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El joven de 24 años Ishak Ben Smaili, medallista argelino de kempo combat en 2022 y ahora de jiu-jitsu, sobrevive en un edificio abandonado mientras entrena y compite gracias al apoyo de un gimnasio localIVÁN BENÍTEZ
El joven de 24 años Ishak Ben Smaili, medallista argelino de kempo combat en 2022 y ahora de jiu-jitsu, sobrevive en un edificio abandonado mientras entrena y compite gracias al apoyo de un gimnasio local

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Allí vive sin electricidad, sin agua potable y con apenas algo para comer. Donde duerme, comparte techo con otros ochenta jóvenes sin hogar, según el último censo de la Policía Municipal. El interior del inmueble huele a orines. Ya no hay basura —los actuales ocupantes retiraron hasta 30 toneladas, llenando nueve contenedores—, pero el ambiente sigue infestado de moscas y mosquitos. Las paredes están desconchadas, cubiertas de grafitis; las ventanas, reventadas. El escenario lo completan colchones recogidos en la calle y cubos llenos de agua estancada. 

En medio de esa precariedad, los jóvenes libran otra batalla: reconstruir sus vidas. Muchos llegaron tras viajes en los que se jugaron la vida, expuestos a violaciones de derechos humanos que dejaron secuelas, tanto físicas como psicológicas. Y sin embargo, conservan como si fueran oro sus diplomas, sus medallas y sus sueños.

Ishak, en el Campeonato del Mundo en 2022 en Argelia.
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Ishak, en el Campeonato del Mundo celebrado en Túnez en 2022cedida
Ishak, en el Campeonato del Mundo en 2022 en Argelia.

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GRACIE BARRA PAMPLONA 

En Pamplona Ben Smaili Ishak —este es su nombre completo— es uno más entre los jóvenes migrantes sin hogar. Pero en Argelia fue un deportista de élite. Entrenaba sin descanso, vivía con sus padres y hermanos —nueve en total— en un piso pequeño, sin camas ni comida suficiente para todos. Compaginaba el trabajo agotador en fábricas, de sol a sol, con el entrenamiento diario de su disciplina: kempo combat —también kenpo, del japonés ‘ken’ (puño) y ‘po’ (método)—. Aun así, logró un doblete en el campeonato del mundo celebrado en Túnez en 2022, en el que hubo varios campeones en diferentes categorías.

Por eso huyó en el “barco de la muerte”. No se lo dijo a sus padres hasta que desembarcó en Ibiza. Huyó con el firme propósito de sacarlos de la pobreza y demostrar en Europa que aún puede cosechar triunfos deportivos. Gracias a su tesón, y a su fortaleza psicológica y física, ha encontrado un nuevo refugio: la escuela de artes marciales Gracie Barra Pamplona, situada en la calle R, entre Mutilva y el polígono Galaria, donde ha empezado a tejer una red de apoyo.

De Ibiza se trasladó a Barcelona, donde durmió un mes en la calle. Después, viajó a Pamplona. Había escuchado hablar de la calidad de vida de esta ciudad a través de vídeos en internet. Al llegar, buscó en Google una academia donde poder entrenar. Fue el consejo de su padre al enterarse de que su hijo había partido rumbo a otro mundo: “Sigue entrenando”, le dijo. Así descubrió Gracie Barra Pamplona, dirigida por Oian García (42 años) y Manuela Alcain (37). Entró en el antiguo local —que se encontraba en plena mudanza—, sacó el móvil del bolsillo y les mostró vídeos de sus combates en Argelia y Túnez, así como el diploma de uno de los campeonatos en los que había participado. “Nos dijo que había sido deportista de élite y que quería entrenar”, recuerdan Oian y Manuela.

Como hacen con todo el mundo, decidieron darle una oportunidad: “Ven y prueba”, le animaron. Al día siguiente regresó para entrenar. Por entonces, no sabían si venía a estudiar o si era uno de los muchos jóvenes que duermen en la calle. Tampoco se lo preguntaron. Lo trataron como a uno más. Fue Jaouad Karbal, “maestro” jefe de la escuela, quien, tras hablar con Ishak, supo que era un deportista de élite, sin techo ni comida, y que el ejercicio físico era su único aliento. Conmovido, Jaouad lo tuvo claro desde el primer momento: “Vamos a ayudarle en todo lo que necesite. Luego veremos si es verdad lo que cuenta. Así que, puertas abiertas”, pidió a sus socios, Oian y Manuela. “Le ofrecimos todo el material necesario: kimono, licra, equipamiento, comida, medicamentos...”. Ishak respondió con gratitud y compromiso.

Imad, un joven marroquí que llegó en circunstancias similares —en su caso, a nado y siendo aún menor de edad—, y que hoy colabora como entrenador en el gimnasio tras haber rehecho su vida, fue un nexo clave entre Ishak y el equipo. No dudó en visitarlo en el edificio abandonado donde duerme, y confirmó la dureza de su realidad: suciedad, un colchón en el suelo, ratas, agua estancada recogida de un pozo... “Durante un mes no supimos que vivía en la calle. No fuimos conscientes hasta que nos lo contó Imad”, explican.

Poco a poco, la confianza fue creciendo. Ishak les enseñó imágenes de su travesía en barco hasta Ibiza. “Siempre ha estado muy agradecido y dispuesto a ayudar. Incluso ahora, en plena mudanza de la escuela, se ha volcado con nosotros: ha pintado, ha cargado materiales… siempre con una sonrisa”, destacan. 

Ishak en el gimnasio, entre Manuela Alcain y Oian García, sus entrenadores.
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Ishak en la escuela de artes marciales, entre Manuela Alcain y Oian García, sus entrenadoresIván Benítez
Ishak en el gimnasio, entre Manuela Alcain y Oian García, sus entrenadores.

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OPEN INTERNACIONAL EN BILBAO

Este mes de junio, Ishak brilló en el Open Internacional en Bilbao. Lo hizo sin un descanso adecuado ni una alimentación mínima. “Tiene muchas carencias, pero si tuviera acceso a una dieta equilibrada y pudiera dormir bien, estaría compitiendo por medallas a nivel nacional”, aseguran sus entrenadores. Aunque ahora entrena jiu-jitsu, Ishak proviene del kempo-combat.

Según las listas de la federación de este arte marcial, el joven argelino aparece como vencedor en dos categorías, de entre 18 a 21 años y peso de 90 kilos. En el Campeonato del Mundo del año 2022, en la especialidad de Submission Kempo, Ishak compartió podio con Andrei Chirita (Rumanía), Med Amin Guassmi (Túnez) y Mihai Iulian (Rumanía). En el segundo combate, especialidad Knockdown, superó a Iskandar Jlassi (Túnez) y nuevamente a Med Amin Guassmi.

El jiu-jitsu, en definitiva, se ha convertido en metáfora de vida. Este arte marcial enseña a inmovilizar, a resistir y, sobre todo, a liberarse. Como Ishak, atrapado por el olvido, que lucha cada día por romper las ataduras de una realidad que aprieta y asfixia hasta perder el sentido.

Son las diez de la noche. La habitación  donde sobrevive, como todas en el edificio abandonado, está cerrada con cadenas para evitar ocupaciones. Dentro, un colchón sobre el suelo, un espejo roto y un cubo con agua de pozo para asearse. Ishak se sienta y devora en silencio un bocadillo de tortilla con bonito que le ha proporcionado una voluntaria de Apoyo Mutuo. “Es lo primero que como en un día y medio”, dice sin mostrar aflicción.
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La habitación donde sobrevive. Dentro, un colchón, un espejo roto y un cubo con agua Iván Benítez
Son las diez de la noche. La habitación  donde sobrevive, como todas en el edificio abandonado, está cerrada con cadenas para evitar ocupaciones. Dentro, un colchón sobre el suelo, un espejo roto y un cubo con agua de pozo para asearse. Ishak se sienta y devora en silencio un bocadillo de tortilla con bonito que le ha proporcionado una voluntaria de Apoyo Mutuo. “Es lo primero que como en un día y medio”, dice sin mostrar aflicción.

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EL AGUJERO DONDE SOBREVIVE

Son las diez de la noche. La habitación donde sobrevive, como todas en el edificio abandonado, está cerrada con cadenas para evitar ocupaciones. Dentro, un colchón sobre el suelo, un espejo roto y un cubo con agua de pozo para asearse. Ishak se sienta y devora en silencio un bocadillo de tortilla con bonito que le ha proporcionado una voluntaria de Apoyo Mutuo. “Es lo primero que como en un día y medio”, dice sin mostrar aflicción. “Mi día a día es sufrir. Me despierto pensando en comida, dinero, entrenamiento y en mis padres. Solo como una vez al día. Corro, me ducho con agua estancada, me pica todo el cuerpo. Estoy psicológicamente agotado. No tengo ni para una barra de pan. Hablo con mis padres cada día, pero no les cuento la verdad. El otro día gané dos medallas y les envié las fotos. Se emocionaron”, relata con serenidad. Hace una pausa, y sigue: “Mis padres me aman y sufren, pero tengo que hacer esto por ellos y por mi futuro. Quiero volver a ser deportista de élite. Ser campeón en España”, susurra con el traductor en la mano. 

“Salí de mi país en un barco pesquero con cien personas. El viaje duró treinta horas. Solo veías el cielo y mar. Era el barco de la muerte”, recuerda desde el colchón donde duerme. “Mi familia no sabía nada. Llamé a mis padres al llegar y mi padre se puso muy enfermo al enterarse. Ahora solo corro por la mañana y por la tarde voy al gimnasio. También empezaré clases de castellano pronto en la UNED”, esgrime con entusiasmo. Mientras tanto, espera a que la burocracia se mueva, que él y otros jóvenes sin hogar —con talento, con voluntad— puedan salir de la calle y devolver a esta sociedad lo que están recibiendo.

Ya de madrugada, Ishak envía un mensaje al periodista: “Quiero expresar mi sincero agradecimiento a mi equipo, a mis entrenadores, Oian y Manuela, y a las voluntarias y voluntarios de Apoyo Mutuo por cuidarme. Son mi familia. Sin ellos habría perdido la esperanza. Gracias a ellos el presente es mejor”. 

UNA ESCENA SILENCIOSA

Horas después, el 16 de junio, a las diez de la mañana, Ishak no ha dormido: el hambre lo ha mantenido despierto toda la noche. Lleva más de un día sin probar bocado en condiciones y escribe pidiendo un poco de leche y galletas. Algo consistente con lo que poder controlar la ansiedad. Las medallas, símbolo de esfuerzo y dignidad, siguen guardadas en la mochila del periodista. La intención es entregarlas a los entrenadores, para que cuelguen frente al tatami azul recién inaugurado. Allí, donde Ishak reconstruye su vida paso a paso, encontrarán por fin el lugar que merecen.

Desayuna en silencio. Despacio. Sobre el colchón. En una escena silenciosa que condensa una verdad que interpela: mientras él corre, entrena y sobrevive, lo hace también en nombre de otros muchos jóvenes que caminan sobre las concertinas de la exclusión sin que nadie los vea. Porque la historia de Ishak no es un caso aislado. Es el reflejo de una realidad incómoda que atraviesa esta sociedad: la de jóvenes migrantes sin hogar que, pese a su talento y resiliencia, sobreviven en condiciones extremas.

En Navarra, el sinhogarismo juvenil se ha agravado en los últimos años, especialmente entre personas extranjeras sin red familiar. Las estructuras de acogida están desbordadas y muchas de las respuestas dependen del esfuerzo silencioso de asociaciones, gimnasios, redes vecinales y voluntariado. Etiquetar a estos jóvenes como “menas”, “ilegales”, “ocupas” o “peligrosos” no solo es injusto: es inhumano

Es, como advierten desde hace tiempo las entidades sociales, una forma de cerrar los ojos ante el potencial que habita en cada una de sus historias. Urge, más que nunca, poner el foco en las personas: en sus capacidades, sus trayectorias, sus esfuerzos y sus sueños. Porque detrás de cada colchón sobre el suelo puede esconderse un campeón.

En lo alto del podio en el Open Internacional celebrado el primer fin de semana de junio en Bilbao.
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En lo alto del podio en el Open Internacional celebrado el primer fin de semana de junio en BilbaoCedida
En lo alto del podio en el Open Internacional celebrado el primer fin de semana de junio en Bilbao.

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