Personas sin hogar

El rostro marcado de Amine, el joven agredido con una botella rota en Pamplona: "Temo por mi vida y la de mis amigos"

Amine, ingeniero industrial argelino de 30 años, entró a nado en Ceuta desde Marruecos. Hace tres meses llegó a Pamplona, donde sobrevive en un edificio abandonado, el de la antigua ikastola de Echavacoiz. Este viernes fue agredido con una botella rota que le abrió la cara. El agresor ha ingresado en prisión

Amin sufrió un corte de ocho centímetros con una profundidad hasta el hueso del pómulo.
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Amin sufrió un corte de ocho centímetros con una profundidad hasta el hueso del pómulo
Amin sufrió un corte de ocho centímetros con una profundidad hasta el hueso del pómulo.

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Iván Benítez

Actualizado el 05/05/2025 a las 14:32

Hace tres meses y medio, Amine, un joven argelino de 30 años graduado en Ingeniería Industrial y técnico de climatización, se despidió en silencio de su vida en Argelia. Se abrazó por última vez a sus padres, a sus dos hermanos y a su hermana, de 29, 27 y 20 años, y pidió a su madre, enferma del corazón, que no sufriera por él. No quiso contarles cómo pensaba cruzar a España; solo les pidió que confiaran. Su único objetivo era cumplir un sueño: seguir formándose y abrir su propio negocio.

Desde Argelia viajó a Túnez y luego a Marruecos. Compró un traje de baño, metió su ropa y el móvil en una mochila, y se lanzó al mar. Eran las diez de la noche. Se mantuvo a flote, oculto entre la oscuridad, con olas de dos metros, durante siete horas, hasta que accedió por una playa. Se cambió de ropa y caminó hasta el Centro de Inmigración. Lo trasladaron primero a Barcelona, después a San Sebastián, y hace tres meses llegó a Pamplona.

Sin empadronamiento, sobrevivió durmiendo en los invernaderos de Aranzadi hasta que tuvo que marcharse. Entonces encontró refugio en el edificio abandonado de la antigua ikastola Jaso en Echavacoiz. Allí, su carácter sereno, su templanza y su actitud lo convirtieron en un referente entre quienes vivían en la calle y también entre los voluntarios de las entidades sociales. Por eso, ahora es quien media en las labores de limpieza que llevan semanas desarrollándose.

Pero todo cambió este viernes al finalizar la jornada. Una voluntaria y su profesora de castellano, Marijose, le pidió que tomara nota de quienes habían participado en el trabajo. Amine dejó fuera de la lista a uno de los jóvenes. Y este lo atacó brutalmente: le rajó la cara con el cristal de una botella rota, provocándole una herida que le abrió el rostro. La raja de ocho centímetros alcanzó el hueso del pómulo.

Acudieron patrullas de la Policía Municipal y la Policía Foral, que detuvieron al agresor, un viejo conocido por su extenso historial delictivo. El juez ordenó ayer su ingreso en prisión por un delito de lesiones.

Esa misma noche de viernes, Amine fue dado de alta y, a pesar de sus heridas y de correr peligro su vida, denuncia una entidad social, en esta situación límite, lo rechazaron en el albergue. En ese momento, lo acogió en su casa Marijose, su profesora de castellano, “como a un hijo”. Y el domingo por la mañana regresaron juntos a Echavacoiz. Esta vez Amine no se puso el buzo blanco: la cicatriz estaba demasiado reciente. Los amigos lo recibieron con una maceta de flores e inquietud. Uno de ellos lo expresó con crudeza: “No queremos que nos rajen la cara como a Amine”.

UN GESTO REVOLUCIONARIO 

Entre abrazos, Marijose explicaba qué le ha llevado a reaccionar así: “No puedo alojarlo permanentemente, pero los primeros días son fundamentales para que coja confianza y empiece a sanar. Somos los de abajo, la sociedad civil, los que tenemos que romper esta injusticia social”.

—Un gesto... revolucionario.

—Me parece profundamente injusto que haya personas aquí que no puedan cubrir sus necesidades más básicas. Pierdes la dignidad.

—¿Qué sucede a nivel social?

—Tenemos una calidad de vida extraordinaria, pero estamos cerrando los ojos. Empatizo con la gente de Pamplona que tiene miedo y comparto su temor. Pero hay gente dentro del edificio que se alimenta cada dos días. Lo más inteligente sería preparar centros de acogida donde puedan desarrollarse. Es lo mejor para una Europa envejecida.

—¿Cómo está Amine?

—Le preocupa que sus padres vean el rostro marcado por videollamada.

Amine la abraza y se sincera:

—Tengo miedo por mi vida y por la de mis amigos. Hay muchas personas en la calle que solo queremos vivir en paz.

Marijose aclara que Amine ha recibido amenazas graves de parte del entorno del agresor. Pese a todo, él sigue firme. Su rostro herido no solo revela el drama de la migración, sino también la necesidad urgente de mirar de frente una realidad que muchos prefieren no ver.

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