Personas sin hogar
Vivir en una oscuridad permanente en Pamplona
Más de 250 personas sin hogar sobreviven en las calles de Pamplona de forma continuada sin luz, sin agua y casi sin alimentos. Entre ellas, Samba, de 51 años, y Mohamed, de 19, llegados en patera a Canarias hace meses. Sus caminos se han cruzado en un edificio abandonado de Echavacoiz


Publicado el 04/05/2025 a las 05:00
Una sartén oxidada con arroz y atún. Dos mantas, un colchón desvencijado, un hornillo, un par de sillas y dos paraguas colgados como cuadros en una pared grafiteada. Todo recogido de la basura. Estas son las únicas pertenencias de Samba, un senegalés de 44 años que vive en los márgenes de Pamplona. Padre de cuatro hijos —tres chicas y un chico, de entre 13 y 17 años—, dejó a su familia en diciembre de 2023 en una infravivienda en Senegal. Desde entonces, sobrevive en otra: una habitación oscura y húmeda, sin cristales en las ventanas, con una bombilla que titila a merced de una conexión improvisada, en un edificio abandonado de Echavacoiz.
Samba llegó a España a bordo de un cayuco junto a más de 300 personas. Desembarcó en Tenerife tras ocho días en el mar, en una travesía que, solo en 2024, costó la vida a más de 6.600 personas. No pagó una gran cantidad por el viaje, pero sobrevivió, pese a sufrir una obstrucción intestinal durante el trayecto. Días después de desembarcar, pasó brevemente por Tenerife y Madrid antes de recalar en Pamplona, en busca de un amigo al que no encontró. Aquí, el dolor abdominal se agudizó y se volvió insoportable mientras dormía en la calle. Le operaron en el Hospital de Navarra. Una cicatriz de un palmo en su abdomen recuerda lo vivido.


Desde hace cinco meses, sobrevive en la antigua ikastola Jaso, junto a otras cincuenta personas sin hogar, en su mayoría de origen magrebí. Samba es el único subsahariano y el de más edad. En el patio del recinto también malviven en chabolas de tablas un rumano y un navarro. En un contexto de abandono total, algunas entidades sociales han conseguido que los residentes de este inmueble limpien parte de las toneladas de basura acumuladas durante años. Un gesto de dignidad, mientras la administración, una vez más, mira hacia otro lado.
“Gracias a los que sentís por nosotros”, expresó uno de los jóvenes, dirigiéndose a los voluntarios. Palabras que bien podrían haber salido del papa Francisco horas antes de fallecer: “¡Cuánto desprecio hacia los débiles, los marginados, los migrantes!”, proclamó. Un mensaje que parece impregnar las paredes agrietadas de este edificio. “Las condiciones de abandono en las que viven estas personas, a quienes se niega una atención temprana, afectan seriamente a su dignidad, a su seguridad, a su salud, a los derechos humanos”, subraya Mari Jose Gastearena, profesora de castellano de una de estas entidades que acompaña a los más vulnerables en los márgenes. “Ninguno de ellos ha elegido vivir así. Si viven en la calle varios meses seguidos y son tantos, se debe a que la cartera de servicios sociales no se ajusta a las nuevas realidades de la migración y cronifican bolsas de pobreza y alta exclusión social en los barrios pobres, porque no se atiende”, deja claro Gastearena. “Estas personas sí que viven condenadas a una oscuridad permanente. Lo que no se invierte en políticas de inclusión, lo abonaremos en programas de salud para superar deterioros graves en salud mental o en plazas de penitenciaría, porque comer, mal que les pese, es una necesidad vital”. En este sentido, el rostro de Samba se suma al de los más de 250 casos de jóvenes que existen en Pamplona sin hogar. En la oscuridad. “No podemos permitir que haya gente descartada en nuestras calles mientras nos llamamos sociedad avanzada”, denunció recientemente Patxi Vera, Defensor del Pueblo de Navarra.
Entretanto, a nivel europeo, el sinhogarismo sigue creciendo pese a los compromisos de erradicarlo en 2030. Según datos recientes de la Unión Europea, más de 895.000 personas no tienen hogar en el continente, un aumento del 30 % respecto a la última década. Bruselas exige a los Estados miembros reforzar las redes de acogida.
Samba, en su oscura y fría habitación, representa el rostro invisible que cruza fronteras sin papeles y sin derechos. Podría haber muerto en el mar. Podría haber sido deportado. Podría estar con su familia. Pero está aquí. Atrapado. “¿Y ahora qué?”, pregunta la profesora de castellano.


UNA HISTORIA DE SOLEDAD
Martes, 9:30 h. Cuarta planta. Samba abre la puerta. La cadena y el candado ceden. Su rostro, somnoliento, refleja agotamiento. Invita a pasar. Aunque amaneció hace horas, dentro reina la oscuridad. Una bombilla débil apenas dibuja su silueta. Se sienta junto al colchón, los brazos caídos sobre las rodillas. Tiene una mano vendada: se quemó hace poco. Frente a él, un hornillo, su única fuente de calor.
—Es difícil dormir aquí por el frío —habla en un castellano aún incipiente que aprende con esfuerzo en el centro Jesús María Iribarren.
Lleva un año y cuatro meses en Pamplona. Hace siete meses logró empadronarse gracias a unas mujeres con las que compartió piso hasta quedarse sin dinero.
—No pude seguir pagando...
Recibió ayuda durante un mes. Después, la calle. Durmió tres noches en el albergue.
—Desde entonces, vivo aquí. En este rincón. Solo voy a la escuela y vuelvo. Siempre estoy solo.
Cada día se comunica con su familia gracias a la señal wifi que algunos chicos le comparten. Siempre les repite lo mismo: “No puedo mandar dinero. No tengo papeles. No tengo trabajo. Nada. Nunca he tenido nada”.
—En mi país apenas ganaba tres euros al día como carnicero. Trabajaba en un matadero. No entiendo por qué nadie me da una oportunidad. También he trabajado como carpintero y electricista. Solo necesito aprender, hacer un curso y ponerme a trabajar. Tengo muchas ganas.
Samba fue uno de los primeros en dar un paso al frente al pedir voluntarios para la limpieza de la basura.
—Mi viaje empezó en Senegal y desembarqué en Tenerife. Me enviaron a Madrid y luego vine a Pamplona. Aquí buscaba a un amigo, pero ya no estaba. Se había ido a Francia. Solo quería verlo. Pensé que todo sería más fácil a su lado. Desapareció.
Habla de su mujer y de sus hijos con los ojos empañados. De hecho, en la pantalla del móvil una fotografía de su esposa es lo único que lo mantiene en pie. Y el recuerdo de sus cuatro hijos.
—En Senegal, la educación no es como aquí. Allí cuesta dinero.
La vida suspendida
Los días de Semana Santa se hacen especialmente duros. No hay escuela. No hay gente. Solo silencio.
—Me siento muy solo. Paso el día en la habitación. Y llevo días sin ducharme.
Él y los demás se lavan con agua estancada de un pozo.
Saca un monedero con unas pocas monedas. No suman dos euros. Está suspendido entre la invisibilidad y el desarraigo. Si su amigo no lo hubiera abandonado. Si tuviera papeles. Si alguien le diera trabajo. Se lo repite una y otra vez.


Como tantos migrantes en España, Samba se levanta cada mañana atrapado en un limbo administrativo. Aunque lleva más de un año en el país, no puede acceder a un empleo legal ni a una vivienda digna. Intenta reunir los requisitos para regularizar su situación. Está en tierra de nadie. No es una excepción. Es la norma. En los tres primeros meses de 2024 llegaron más de 15.000 personas en patera. En 2025, ya son más de 18.000. La ruta canaria, la más transitada y la más mortal: el 80 % fueron principalmente de Senegal y Mauritania. Según estimaciones como las de la activista Helena Maleno, más de 1.500 personas han desaparecido en lo que va de año intentando alcanzar Canarias. Aumentan los jóvenes senegaleses. También las mujeres y los menores.
La situación no es fácil en Navarra. Unas 600 personas viven sin hogar, de acuerdo con datos del Observatorio de la Realidad Social de 2024. En España, más de 37.000 duermen en la calle o en alojamientos temporales, según el INE.


Por suerte, al otro lado del tabique de la habitación sin ventanas donde sobrevive Samba se aloja Mohamed, de 19 años. Y la soledad que experimenta la sobrelleva en cierta manera gracias a este chico al que cuida como a un hijo.
—Samba es como mi padre —observa Mohamed, sentándose a su lado, sobre el doble colchón de un frío suelo.
Hace mucho frío y la humedad de las últimas borrascas se filtra como cuchillas. Mohamed llegó a este edificio abandonado de Echavacoiz casi a la vez que Samba, y ambos buscaron refugio y apoyo.
—Soy bereber y mi padre era agricultor, apenas entraba en casa diez euros al día, insuficiente para vivir una familia de seis personas —explica el chico.
Por este motivo, con la intención de que sus tres hermanos pequeños pudieran alimentarse, Mohamed trabajó durante meses en el campo, consiguió los mil quinientos euros que le exigía la mafia para embarcar en una patera hace ocho meses y zarpó. Sin saber muy bien su destino, en una barca con otras 51 personas, y terminó en Fuerteventura. De allí a Almería y Pamplona.
—Vine a esta ciudad acompañando a un amigo, pero él continuó a Francia.
Al final, acabó a la intemperie.
—Es muy difícil la calle. Pasas frío y hambre y te roban constantemente.
En la actualidad, estudia por las mañanas castellano en una asociación.
—Sueño con estudiar y poder ayudar a mi familia. Quiero aprender cualquier curso, pero me gusta el diseño de ropa.
Respecto a su familia, trata de hablar con su madre a diario.
—Pero no hacemos videollamada para que mi madre no vea dónde estoy. Yo le cuento que me encuentro en un piso de una asociación, que como bien, que no paso frío y que estudio.


Lo que no quiere Mohamed que su madre vea es que, en realidad, sobrevive en una ratonera con un colchón que encontró en la basura y unas persianas que hacen de ventanas. Si su madre pudiera ver dónde duerme su hijo, comprobaría que hay peluches, uno gigante de Piolín (ver fotografía), y un libro junto a la almohada que lee todas las noches para intensificar el aprendizaje del castellano. El título es El valor de la autoestima, escrito por Cherry Hartman.
—Lo encontré en el sótano, lo limpié y lo uso para aprender castellano. En realidad, no sé lo que significa autoestima.
Lo busca en el traductor. Sonríe al descubrir el significado. Un bigotillo le ayuda a encubrir un cuerpo de adolescente.
Si la madre de Mohamed siguiera escrutando la gélida habitación donde sobrevive y llegara a abrir ese libro, leería en la página 3: Cuando el mundo te parezca frío, hostil y poco acogedor, refúgiate en un lugar apacible dentro de ti mismo.
—Mi refugio ahora mismo son mi madre… y Samba.


Hace unos días, un apagón afectó a todo el país, dejando a millones de hogares a oscuras durante horas. Pues bien, para Samba y el resto de personas sin hogar que están en la calle o hacinadas en habitaciones, el lunes pasado no fue un día diferente al apagón. Puesto que la oscuridad que viven no se mide en kilovatios, sino en exclusión. La oscuridad no se va nunca.