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Incendio de Ezkaba

Noche en vilo, mañana triste, tras el incendio de Ezkaba

A la intranquilidad de una vigilia en duermevela de los más aprensivos se unió este miércoles, 21 de septiembre, la desolación que se apoderó de paseantes al contemplar a la luz del día el daño provocado por el fuego

Ampliar Con una prenda roja de vestir, de espalda, José Luis Pereda Zatón conversa con conocido
Con una prenda roja de vestir, de espalda, José Luis Pereda Zatón conversa con conocidoJ.A. GOÑI
Publicado el 22/09/2022 a las 06:00
La perra de César Pardo Gutiérrez pasó este miércoles 21 de septiembre una noche “intranquila”. “Estaba -a juzgar de su dueño- nerviosa”. La explicación a su estado alterado se encontraba en el ambiente, que el ejemplar intuía enrarecido. Andrés Arrizurieta Rodríguez conminó, a su vez, a su familia a dormir con ropa de invierno preparada junto a la cama por si el fuego se avivase al otro lado de la Ronda Norte, frente a su casa. Pasó en duermevela hasta bien entrada la madrugada. A cada hora, “hasta las cinco”, se despertó para comprobar si todo seguía en su sitio y no había motivos por los que preocuparse.
A la luz del nuevo día, la intranquilidad se tornó en desolación. El paseo que discurre paralelo a la Ronda Norte fue, a la altura de Orvina, se convirtió en un mentidero con un tema único de conversación. En su rutina de caminar, Raúl Miranda Echagüe hizo un alto para lamentar la franja negra que tiznaba el monte. “Parecía que se iba a librar ahora que está terminando el verano, pero...”. En ese pero reparaba en las condiciones propicias - “el monte está tan seco y el martes había mucho aire”-, de las que se sirvió el fuego para propagarse con celeridad y ocultarse en una cortina de humo, blanca y negra.
Acompañado de su perro Red, Iñigo Ávila García se acercó hasta la pasarela peatonal de Orvina que conecta con el monte Ezkaba. Unas cintas a sus extremos señalaban la prohibición de paso. En la víspera, este estudiante de un máster de Profesorado en la UPNA no pudo reprimir un leve llanto por el drama que se extendía ante sus ojos. Su primera impresión es que el incendio había sido intencionado. “Había tres focos a la vez”, señalaba como argumento de su hipótesis. Cerca, Jesús Ilundáin Martínez, vecino de Ansoáin, ofrecía, dentro del lamento compartido con la mayoría, una lectura optimista. Con la luz, “no ha sido tan extenso como creía”. La densa bruma de la víspera sobredimensionó la perspectiva de un hecho preocupante por la proximidad del núcleo urbano.
“El ser humano se ha cargado todo esto. Antes tiraron doce robles centenarios para hacer el centro de biomasa”, insistió en su reflexión el joven acompañante de tertulia.
El cierre de uno de los accesos a San Cristóbal rompió la rutina de José Luis Pereda Zatón, quien a sus 80 años de edad habitúa a caminar ladera arriba y abajo por las estribaciones de Ezkaba. “¿Una clave para la salud? Ejercicio, ejercicio y ejercicio”, proporcionaba como consejo repetido a un recién llegado.
EN BICICLETA
Enfundado en un mallot de Berriozar, la explicación del octogenario encontraba eco en el hábito de Miguel Sánchez de hacer kilómetros en bicicleta. Tampoco pudo rebasar la pasarela en su periplo de ayer.
“Han destrozado la vista”. La sentencia de una improvisada tertulia resumía el sentir de una mayoría por la herida abierta en el monte Ezkaba, lugar de asueto y pertenencia sentimental para no pocos.
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