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Obituario

Juan José Antoñanzas, policía, acordeonista y luthier en Barañáin

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Juan José Antoñanzas.CEDIDA
Publicado el 24/07/2022 a las 08:39
A Juan José Antoñanzas Mateo (Gallipienzo, 1948-Barañáin, 2022) le acompañará siempre su imagen pegada a un acordeón. El instrumento que tanto amó al punto de aprender a tocarlo sin tener ninguna formación musical y al que tanto tiempo dedicó como luthier arreglando los que le llevaban tantos músicos y alumnos que descubrieron su vocación de ayuda. “No hay quién trabajase así, como él. Quería arreglarlos para que los músicos disfrutaran de su instrumento. No quería lucrarse y solamente cobraba lo que le había costado. Ya enfermo, el último mes, cuando digamos que claudicó, tenía la pena de no haber terminado un trabajo que iba a hacer en la terraza de casa y de no poder bajar a la bajera a arreglar “un par de acordeones” que tenía pendientes”, cuenta su familia. Falleció la noche del día 13 de julio tras varios meses enfermo.
Pero fue mucho más que el acordeonista y el luthier con título oficial. Esposo, padre de tres hijos y abuelo de cinco nietos. A la última, Nora, la conoció cuando llegó hace unos meses de Vietnam de la mano de una de sus hijas, Cristina. “Y enseguida la quiso y la disfrutó. Estaba muy contento”. También fue policía en Barañáin durante 35 años. Entró en 1974 como agente del cuerpo de alguaciles y terminó su andadura como cabo de la Policía Municipal, con los 60 años ya cumplidos y un largo recorrido que le llevó incluso a ser un tiempo jefe del cuerpo.
Fue también Melchor en la Cabalgata de Barañáin durante trece años y emisario real en el colegio público Eulza. La última visita fue la de 2019, antes de las vacaciones de Navidad. Encargado de la traca en el Pobre de mí de Barañáin y Juanjo, el policía al que casi todos en Barañáin ponían nombre. “Un personaje e historia viva de Barañáin”, apostillan antiguos compañeros en el cuerpo local. En todos dejó huella y tantos en la localidad han sentido su fallecimiento en pleno julio, en el final de los sanfermines. Fueron decenas los comentarios en redes sociales ante las despedidas desde las cuentas de la Policía Municipal de Barañáin (como pionero y referente, decían) o de la Cabalgata de Reyes Magos (buen viaje, Maelchor). “Muchos se sumaron a la despedida en el tanatorio y en la iglesia pero también muchos nos han escrito y llamado lamentando no estar”, confirmaba Cristina Antoñanzas.
Nacido en Gallipienzo, el trabajo de su padre llevó a la familia a vivir en el Señorío de Sarría. Después el progenitor se dedicó a la construcción y se asentaron en Echavacoiz. Desde allí conoció Barañáin por primera vez Juan José Antoñanzas. Un pueblo entonces de diez casas, la iglesia y campos. Parte de la Cendea de Cizur. En 1974 fijaría allí su residencia y encontró su trabajo en un municipio que empezaba a crecer, que ya contaba con más de 2.000 habitantes y que, al final de su vida laboral, sumaría 23.000, convertido entonces en el tercer municipio de Navarra. “Vivió todo el desarrollo, cuando se iban haciendo las infraestructuras y servicios. Y le gustaba recordarlo”. “Al principio eran dos agentes, José Mari Osta y él. Luego ya se fueron sumando más. Por las tardes, con otro de Buñuel, hasta le tocaba pintar pasos de cebra”, añaden el relato de su vida laboral. Daban charlas para enseñar a circular y a respetar los jardines, le tocó ver los estragos de la heroína en tantos jóvenes (recogían las jeringuillas y las llevaban al hospital para que las quemaran), llevar mantas a los campamentos que se formaban en un Barañáin así siempre en obras, ayudar cuando la basura se dejaba en bolsas que se quemaban en Arguiñariz y los encargados de la recogida libraban, cobrar por la recogida de esas basuras y del agua cuando era competencia municipal… Un sin fin de labores que le gustaba comentar con los años.
Disfrutó durante catorce años de la jubilación como policía. Se dedicó entonces a la familia y al acordeón. “Disfrutó de todo”, rememora serena su hija Cristina.
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