25 años del asesinato de José Javier Múgica
Reyes Zubeldia: "Cogí las cenizas y fui andando, para que todo el pueblo viera que llevaba a mi marido a casa"
La viuda del concejal de UPN en Leitza asesinado por ETA asegura que coger las cenizas de su marido le cambió, le dio una fuerza que nunca había tenido, algo que corrobora su hija


Publicado el 12/07/2026 a las 05:00
La víspera de aquel 14 de julio de 2001, José Javier Múgica y su esposa Reyes Zubeldia habían regresado a Leitza en la furgoneta familiar tras pasar tres días en el balneario de Fitero. Ese sábado, estaban en casa con dos de sus hijos, Francisco y Raquel. El tercero, Daniel, estaba trabajando en Pamplona. El concejal de UPN salió poco antes de las 10 de la mañana para coger la furgoneta e ir a su estudio, ya que tenía que fotografiar a unos novios.
¿Cómo empezó ese día?
Reyes. Normal, nos levantamos, desayunamos y él bajó... y... pasó lo que pasó (guarda silencio, se emociona, mira hacia arriba). Salimos los tres al balcón de la cocina y vimos al padre que estaba tirado… Enseguida nos sacaron de casa a todos los vecinos, porque la furgoneta se estaba quemando (junto al portal de su vivienda). Él estaba tirado en el suelo, como de aquí a esa pared (señala). Pasamos por el balcón a la casa del vecino del otro portal para poder salir. Estábamos allí, empezó a juntarse gente… Había de todo. Hasta hubo quien se alegró de lo que había pasado.
¿Con lo que acababa de suceder?
Raquel. Una frase muy típica en esa época era “algo habrá hecho”.
Recuerdo a usted, Reyes, con sus hijos, agachados en la calle, abrazados.
¿Cómo no íbamos a abrazarnos? Mi hijo Daniel no estaba en ese momento y lo pasó fatal. Empezó a venir gente, vino el presidente de UPN, Miguel Sanz (que era también presidente del Gobierno). Yo quería ir a ver a mi marido. Yo les decía: “Ya he visto desde arriba que se estaba quemando, pero quiero verlo ahora”. Y me contestaban que no. No me dejaban. Yo, como sea tengo que ir, insistía. Entonces el presidente les dijo: “¿Y si le acompaño yo?”. “Usted se hará cargo de ello”, le contestaron. Los dos, abrazados, fuimos. Lo vimos... “Fíjate lo que han hecho, Miguel. Yo de arriba ya veía cómo estaba quemándose y mira cómo se ha quedado...”. Al rato se llevaron el cuerpo. Nosotros fuimos al Basa-Kabi.
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No podían volver a su casa.
Raquel. No, por eso fuimos al Basa-Kabi (hotel). Allí nació mi padre, cuando era un caserío. Benito, su hermano, estuvo trabajando en el hotel Londres (San Sebastián), donde se formó, y luego decidió hacer un hotel en la casa. Teníamos por eso muchísima relación y ese día dormimos allá.
Reyes. Sí, un día, porque yo quería volver a casa.
Raquel. Queríamos volver a la normalidad.
Reyes. Nuestra vida era la que teníamos y nada más.
Raquel. Al Basa-Kabi vinieron a vernos, estuvieron políticos de UPN, del PP... Estuvimos muy arropados.
Reyes. Me preguntaron dónde quería enterrarle. Yo dije que en el cementerio, no. Nunca me ha gustado eso de dejar a alguien allí. Eso ya lo habíamos hablado antes entre nosotros. Yo quería llevarlo a casa.
Quería llevarse las cenizas.
Sí, pero me decían que no podía hacer eso. ¿Cómo que no? “Es mi marido y yo le quiero tener conmigo. Va a venir a mi casa, a ningún otro sitio”, dije. Era algo que, por lo que se ve, la Iglesia Católica no admitía esos años. Entonces Miguel Sanz llamó al obispo y se lo contó. Este le contestó que si era mi deseo, debían aceptarlo después de lo que había pasado.
Raquel. Fue cuando mi madre cambió.
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¿A qué se refiere?
Raquel. Mi madre ha sufrido depresión desde que yo era pequeña, siempre estaba al amparo de mi padre.... Y a partir del momento en el que ella cogió las cenizas, eso le dio una fuerza... Fue la noche y el día. Radical. (Muestra emocionada la foto de una concentración en Leitza tras el funeral por su padre, en la que Zubeldia está tras una pancarta contra ETA con la urna en sus brazos).
Reyes. Así pasó, al coger esas cenizas sentí algo dentro, me dio una fuerza que no tenía. Cogí las cenizas y me dicen: “Te llevamos a tu casa”. ¿Llevarme a mí a casa? No, vamos a ir andando, que vea todo el pueblo que yo llevo a mi marido a mi casa. Y así hicimos. De la Iglesia fuimos a la plaza y de la plaza a mi casa, con mis cenizas. Mi marido, cuando era jovencito, le hizo traer a su madre de Lourdes una virgen. Tenía a la virgen encima de un mueble, en frente de la cama. “Aquí vas a estar, con la virgen”. Y así le tuve.
¿Le dijeron algo en ese recorrido que hizo usted por el pueblo con las cenizas de su marido hasta su casa? ¿Cómo lo recuerda?
Reyes. No se atrevían a decir nada. Se quedó la gente impactada, como diciendo qué es lo que ha pasado. Luego ese día empezó a venir gente a mi casa, porque no se lo podían creer. Antes las cenizas se tiraban por ahí o se ponían en otros sitios... Yo, con mis cenizas, a casa. ¿No voy a tener a mi marido conmigo? Es mi marido.
Tras el atentado, usted quiso quedarse a vivir en Leitza.
Reyes. Por supuesto, ¿por qué nos íbamos a ir? ¡Si nosotros no hemos hecho nada! En la calle, había gente que quería hablar conmigo, pero discretamente, para que no les vieran.
¿Por el miedo?
Sí. Eso me pasó muchísimo.

Miles de navarros se manifestaron para condenar el atentado y mostrarles su apoyo. ¿Eso les ayudó en esos momentos?
Raquel. Esos días íbamos como en volandas, pero recuerdo en la Plaza del Castillo, sobre el escenario que montaron, ver a toda esa gente... Dices, servirá para algo, que sea el último... No lo fue.
Reyes. Con el padre teníamos esa mentalidad, que lo que hagamos sea para bien.
Raquel. ¡Y la cantidad de cartas que pudimos recibir de todos los rincones! Las guardamos y hace poco las estuvimos ordenando. A todo el que tenía remite intentamos contestarle dando las gracias.
Cuando pasan los días, llega el silencio, cuando vuelve la “rutina”, ¿cómo lo llevaron?
Raquel. Nada especial. Seguimos con nuestra vida. Daniel siguió con el autobús, Francisco en la gasolinera...La tienda de fotografías la cerramos. Sin fotógrafo, no tenía sentido.