La trastienda

Las tres Z. Z. Z.

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Pascal Lizarraga

Publicado el 12/07/2026 a las 05:00

A Isaac Fonseca lo acababa de perseguir un velocirraptor con una estocada hasta los gavilanes desde los medios hasta las tablas. Acababa de salvarse de milagro de un cornalón y en una noria de sensaciones toda la plaza de Pamplona le pedía las orejas. La presidencia le concedió una y el matador de Morelia, Michoacán, daba una vuelta al ruedo recogiendo todas las cosas que se le tiran a un matador triunfante en Pamplona en una corrida de las que mete al público antes por el ¡ay! que por el bieeeen.

Oscar Goñi “Chicote”, situado en una barrera del “4”, le lanzó una bota de vino suprema de litro y medio gritándole que se la bebiera del tirón. Fonsequita, que tiene lo mismo de titán que de torero menudo, la cogió, empezó a beber de la bota con depurado estilo y con la mano izquierda incitó al público a que le siguiera el ritmo en un trago que pareció durar una hora y que fue jaleado por todo un tendido festivo que iba a despedir a continuación al Maestro Egea. Algunos se extrañaban de la familiaridad con la que el mexicano manejó un artilugio tan navarro y tan local.

Resulta que en México, las botas de vino de las tres zetas se llevan a la plaza como parte del ritual festivo. En las puertas de las plazas de toros no dejan meter neveras ni hieleras, pero las botas navarras siguen siendo una institución y son llevadas por todos los aficionados. Uno de los gerentes de la marca, tras cometer la imprudencia de decir que era de Pamplona, se vio rodeado hace unos años en el embudo de Insurgentes por decenas de aficionados que le preguntaban cómo mantener las botas de pez.

Las botas de vino, las alpargatas con cintas y los toreros populares que se enfrentan a las corridas duras, fueron durante años la marca y tendencia de los Sanfermines. Ahora, desterradas al armario junto a las boinas rojas, demuestran que siguen siendo necesarias en muchos momentos. Las botas de vino no dejan residuos, son sostenibles y aumentaría el consumo a las bodegas, que andan muy necesitadas de vender.

Isaac Fonseca, trasunto ayer del torero popular y esforzado, demostró ayer ante veinte mil almas que el toreo es algo duro, que ponerse delante de un toro de José Escolar es jugarse la vida y que ganaderías duras son tan necesarias en esta feria como las más bonancibles. El premio para los toreros que se juegan la vida suele ser un palco rácano en trofeos, que tarda en sacar el primer pañuelo más de un minuto de petición. No vaya ser que se ponga en tela de juicio la “seriedad” de una plaza, que por no gastar ya botas de vino, genera cada tarde siete toneladas de residuos mientras canta a Nino Bravo y aporrea un tambor. Cualquier día me pongo una boina roja, unas alpargatas de cintas, trinco la bota de vino, me voy de juerga con Isaac Fonseca y de paso mando el “prestigio” de la plaza al guano.

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