25 años del asesinato de José Javier Múgica
Raquel Múgica: "Pusieron el foco en mi padre, al ver que podía dar la vuelta a las cosas"
José Javier Múgica era conductor de autobús y tenía un negocio de fotografía. Era habitual verle por Leitza con una cámara al cuello y le apasionaba cantar. Entró en política, para trabajar por el pueblo, cuentan su viuda y su hija del que era concejal de UPN


Publicado el 12/07/2026 a las 05:00
Un retrato de José Javier Múgica Astibia preside el salón del piso de Sarriguren. Otras fotos muestran cómo ha crecido la familia. En una están Reyes Zubeldia, sus tres hijos, Raquel (45 años), Daniel (52) y Francisco (53) y sus respectivas parejas, y sus cinco nietos (tres hijos son de Raquel y dos, de Francisco). Tras el atentado, Zubeldia siguió viviendo unos años en Leitza. “Mi madre estaba acompañada... Es que hay mucha gente buena allí, si no, no nos hubiésemos quedado”, cuenta Raquel Múgica. En 2008, se trasladó con ella a Sarriguren.
¿Es cierto que su marido era una persona alegre, con una sonrisa muy contagiosa?
Era muy abierto y quería siempre estar rodeado de buen ambiente. A mi marido le gustaba muchísimo cantar.
Esa afición la compartían los dos.
Sí, cantábamos en la coral Jeiki. Éramos unos 50 y todos, además, de Leitza. Viajamos mucho y nos dieron premios y eso que no éramos profesionales.
Te puede interesar

Raquel. Le gustaba mucho cantar en las sobremesas, cuando íbamos a alguna iglesia...
Reyes. Su último canto fue a la Virgen de la Soledad en Fitero, al día siguiente pasó lo que pasó. Él cantaba y yo cogía flores y se las ponía a la Virgen. Es el recuerdo que tengo yo. Ese día había misa y le preguntó al cura si podía cantar. “Si usted quiere…” y cantó.
Y le gustaba la fotografía, ¿no?
Cuando estábamos solteros, íbamos en coche, su madre delante y yo detrás. En una de estas dice la madre: “Oye, ¿ya has cogido la novia?”. Yo pensando, si estoy aquí, qué está diciendo… “Sí, porque ya sabes que sin la novia no puedes ir”. Llegamos a Irún y le pregunté de qué hablaba su madre. “Ah, es que no sabes que le llama así a mi máquina de fotos”.
¿Cuándo empezó su afición?
En la mili, en Ceuta. Un chaval tenía una cámara, pero no sabía muy bien usarla y él se ofrecía a sacar las fotos. Cuando vino al pueblo, al lado de la gasolinera de su hermano Rafael había un sitio precioso, el aska (abrevadero en euskera). Los domingos las chavalas solían ir y un día mi marido les sacó fotos, ellas las querían de recuerdo... Así empezó.
¿Él trabajaba en la gasolinera?
Sí, trabajó allí, pero también en la papelera de Leitza, fue profesor de autoescuela, luego chófer de autobús con viajes y viajes…
Te puede interesar

¿Sobre todo transporte escolar?
Sí, y yo también. En una furgoneta, bajaba a Tolosa, al instituto.
Raquel. Con la fotografía montaron en casa un pequeño estudio.
Reyes. Sí, y llegaron las fotos de bodas, venían a hacerse fotos de comunión, de carné… Bajó bastante el trabajo de la autoescuela y acabamos poniendo la tienda. El fin de semana había mucho trabajo, por las bodas, y entre semana, no, así que el cuñado de Irún le ofreció ir con ellos a trabajar. Yo en la tienda y con los hijos, y él, a Irún, volviendo los fines de semana. Así estuvo años.
¿Por qué dio el paso a la política?
Reyes. En los últimos años estaba trabajando en el autobús y en la tienda de fotografía. Él tenía estudios y una gran capacidad, sabía muchas cosas. Ocuparon la casa antigua del médico, que estaba sin uso e iba allí de todo, y su hermano Rafael le pidió que hiciese algo. Le animó a intentarlo hablando con los políticos. Mi marido pensó que si iba a ser para hacer el bien para el pueblo, se metería. Así empezó, primero con un grupo de independientes y en 1999 fue en la lista de UPN.
¿Eso cambió su vida en Leitza?
Raquel: Sí, pero la vida antes de eso también era complicada.
Reyes. Sí lo era. Yo le dije que pensara que eso le iba a llevar mucho tiempo. “Sí, pero es para hacer el bien al pueblo y yo no quiero otra cosa”, me dijo.
Raquel. Él no pensaba que eso le podía afectar.
Reyes. Hacía muchas cosas por los demás. Me acuerdo que cogió a unos chavales que eran un poco revoltosos y les dijo, vamos a limpiar el río.
Raquel. El auzolan, que se dice ahora, mi padre lo hacía con los marginados del pueblo.
Durante su etapa como concejal le quemaron la furgoneta, sufrió pintadas…
Raquel. Pintadas en la pared de la tienda un día sí y otro también, con una diana... Pero creo que empezó antes incluso de que entrara en las listas de UPN. Pusieron el foco en mi padre.
¿Por qué?
Reyes. Había quien le tenía envidia, porque era un hombre que lo que quería era hacer las cosas bien. Nos robaron cámaras fotográficas un viernes, y el sábado tenía boda… Imagina.
Raquel. Ahí la gente del pueblo se volcó con nosotros, ¿verdad mamá? Había como dos bandos. Uno, el grande de apoyo, el bueno, aunque silenciado. Hay miedo a expresar lo que defiendes.
Reyes. Era con él, era todo con él, porque a los que estaban en su entorno no les decían casi nada. Raquel. Creo que veían que tenía un carisma y podía dar la vuelta a las cosas. La gente le quería.

¿Había quien le tenía miedo al ver que no temía salirse del guión?
Raquel. Sí, el siempre decía que era vasco, navarro y español. Lo decía públicamente. A los nacionalistas les duele que un vasco pueda ser navarro y español. Vasco de tradiciones, de la lengua (en casa de los Múgica se hablaba en euskera, lengua en la que Reyes se comunica con sus hijos). Tendrían miedo, porque veían que por ese camino que estaba siguiendo mi padre de humildad, de sencillez, de hacer las cosas por el pueblo, a lo mejor se podía dar la vuelta a ese miedo que tenía la gente de expresarse, ¿no?
“Queremos estar con la buena gente de Leitza”
Cada 14 de julio en Leitza se recuerda a José Javier Múgica y así lo volverán a hacer este martes, con una ofrenda floral donde tuvo lugar el atentado (18 h, calle Amazabal, 30) y una misa (19.30 h parroquia de San Miguel).
Ese día los recuerdos vuelven con más fuerza y algunos años ha sido duro para la familia, pero Reyes Zubeldia y su hija Raquel reconocen que este año tienen especial ilusión por que llegue el día, ya que quieren estar con “la buena gente de Leitza”.
“Allí se sigue sufriendo parecido a como nosotros sufrimos”, cuenta Raquel. “Muchísimo”, refuerza su madre.
“En Leitza, el nacionalismo continúa metido en todo, pintadas, carteles, actos... Los que fueron compañeros de mi padre siguen ahí, al pie del cañón, sufriendo. Me parece obligado seguir manteniendo el aniversario en Leitza. Ellos nos acompañan, pero nosotros debemos acompañar a la gente que sigue allí. Es lo menos que podemos hacer, porque en cuanto sales de allá, te olvidas. El mundo cambia”.