Un año de la tragedia
Voluntarios de Caravana de Vida: "Volveríamos a Valencia a ayudar a ojos cerrados"
Llegaron al estadio Ciutat de Valencia con un tráiler lleno de ayuda y tocaron cada puerta ofreciendo su ayuda


Actualizado el 26/10/2025 a las 11:00
Txema, Ion, Marijose, Adrián, Iván, Guillermo, Nacho, Roberto, José Luis, Estefanía, Carmelo, ‘Mexi’ y Rubén recrean en la sociedad gastronómica La Perdiz de Noáin la misma foto que se hicieron en el garaje del número 31 de la calle Lepanto, en Paiporta. Allí eran todo sofás apilados, un filtro color barro y sudor detrás de las mascarillas. A la cita acuden todos vestidos de calle; cada uno llega desde su trabajo, desde su rutina. El único barro que les queda, un año después, está en las retinas de cada uno de ellos.
“El primer recuerdo que llega son las calles patas arriba, todo embarrado, montañas de mierda y la gente sufriendo mucho”, describe Ion Rodríguez, integrante del convoy que la organización navarra Caravana de Vida organizó para desplazarse a Valencia. El primer impacto es diferente en cada caso particular. Por ejemplo, a Txema Monteserín, aquellos días del mes de noviembre le traen otro recuerdo amargo. “Fue volver de allá y, a los cuatro días, nos comunicaron a mi mujer y a mí que nos quedábamos sin trabajo”, dice. “La noticia fue una putada, pero después de haber visto todo aquello vi que quizá era un mal menor”, señala, calificando de paisaje “apocalíptico”.
También aparece la palabra “desgobierno”. “El primer día que llegamos a Paiporta era una ciudad sin ley. Solo faltaban los tiros por la calle”, apuntan. “Nosotros hacíamos lo que buenamente podíamos y lo que se nos ocurría, con la mejor de las intenciones”, aseguran, explicando que el segundo día se desplazaron hasta Massanassa y allí comprobaron que había algo más de orden.
Este grupo, formado por vecinos de distintas localidades de la Comarca de Pamplona y de Valtierra, recogió material y alimentos en Noáin, Barañáin, Sarriguren y la localidad ribera, y se desplazó hasta el estadio Ciutat de València, casa del Levante. Muchos de ellos ni se conocían antes de partir, pero la solidaridad los unió y, durante la fase de recolecta, hicieron una piña que ya no se ha separado. “Llenando el tráiler hicimos una familia, éramos diez locos”, indican, recordando su llegada.
“Llegamos al estadio, descargamos la mitad y nos querían mandar con la otra mitad del camión a un almacén, de noche, con todo colapsado. Gracias al presidente del Levante pudimos seguir descargando lo demás”, explica José Luis Etchepare entre risas, porque la anécdota parece surrealista. “Fue el primer matchball que salvamos”, asegura Carmelo Valencia sobre una situación que hubiera cambiado mucho el rumbo de su estancia en tierras valencianas. “Nos cayó siempre la moneda de nuestro lado”, dicen agradecidos.
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“No sabíamos dónde íbamos a dormir y nos ofrecieron un sitio para hacerlo; no sabíamos qué íbamos a comer y nos daban de comer. Había magia en la calle”, relatan, describiendo con detalle un momento en el que comieron fabada de un tupper. “Fue increíble”, remarcan.
LA VOLUNTAD DE LA GENTE JOVEN
Entre los aspectos destacados de su periplo en Valencia, el grupo coincide en la actitud de los jóvenes. “Había muchísima gente joven”, aseguran Guillermo Urmeneta y Nacho Laquidáin. “Fue un ejemplo a nivel nacional”, dicen de forma rotunda. “Se ha criticado mucho a la generación Z, pero luego ahí estaban los chavales de 16 a 25 años. Con más o menos medios, pero ahí estaban, ayudando”, señalan. “Tenían voluntad. Con sus escobas, sus trajes... Para mí fue un ejemplo de humanidad. Los chavales dieron una lección de vida a todo el mundo”, repiten.
Entre las historias que van surgiendo a lo largo de la quedada aparece la de un vecino de Paiporta. “Fue nada más llegar. El hombre llevaba chancletas y le dimos unas botas altas. Para él fue como si le hubiera tocado la Bonoloto; eran un bien muy cotizado”, dicen, recordando también las cervezas que repartían los afectados a todos los voluntarios que pasaban por sus casas con la mejor de las intenciones.
No se olvidan tampoco de las empresas navarras que se presentaron en la zona. “Me sorprendieron mucho también las empresas privadas. Veías a Erri Berri con sus medios, Desciegues Navarra, San Fermín, VDR... Todos con sus camiones y sus máquinas, pagándolos de sus bolsillos sin tener ninguna obligación”, reflexionan. “Yo comenté en casa que íbamos para la zona y un tío de mi mujer dijo: ‘Yo pongo un tráiler’”, apunta Ion Rodríguez sobre Transportes Valencia, demostrando lo poco que costó convencer a muchos empresarios navarros para que arrimaran el hombro.
“Volveríamos a Valencia a ayudar con los ojos cerrados”, concluyen. Esta experiencia sirvió para muchos de los integrantes de esta asociación, que ha seguido colaborando en centros de psicopedagogía de la zona afectada, aportando material, para “dejar de mirar su ombligo” o “aprender a valorar cómo trabajan los de alrededor”.
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