Un año de la tragedia

Josu Domínguez, maquinista navarro: "Lo más duro fue ayudar a los buzos a vaciar garajes"

Este joven acudió a la zona cero para ayudar a quitar coches a las 48 horas de que se desbordara el barranco del Poyo

Josu Domínguez sujeta una fotografía suya en Sedaví, en Valencia, sentado sobre las pasarelas del Arga en el Molino de Caparroso /
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Josu Domínguez sujeta una fotografía suya en Sedaví, en Valencia, sentado sobre las pasarelas del Arga en el Molino de Caparroso /EDUARDO BUXENS
Josu Domínguez sujeta una fotografía suya en Sedaví, en Valencia, sentado sobre las pasarelas del Arga en el Molino de Caparroso /

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Lucas Domaica

Publicado el 26/10/2025 a las 05:00

Josu Domínguez estaba en Andorra pasando unos días de desconexión cuando se enteró de que un barranco se había desbordado, inundando gran parte de las localidades de l’Horta Sur, en Valencia. Era el inicio de un infierno de agua. 

La casualidad quiso que la empresa en la que trabajaba por aquel entonces, Erri Berri -reconocida firma navarra de demoliciones-, estuviera ejecutando un proyecto en el antiguo Hospital La Fe de la capital valenciana. De esta manera, la entidad decidió echar una mano desde el primer momento. “Me ofrecí para ir y bajé desde Andorra”, recuerda un año después. “Me pararon varias veces y les explicaba que era maquinista y que iba a ayudar”, relata este joven trabajador sobre aquel viaje de más de 450 kilómetros entre el Principado y Sedaví.

La maquinaria de gran tonelaje aportada por la empresa superó los nueve vehículos en algunos momentos de la ayuda. “Lo primero que hicimos fue limpiar las carreteras de coches para que pudieran acceder los bomberos y las plazas para habilitar campamentos militares”, comenta, explicando que sobre todo trabajaron con los de Asturias. “Al principio trataba de levantar los coches con cuidado, pero luego los policías y los bomberos me dijeron que estaban destrozados”, añade, detallando que introducía las palas de la máquina por las ventanillas y desplazaba los vehículos.

 “Hubo un hombre que, cuando estaba cerca de levantar su coche, me dijo que lo había probado y arrancaba, pero le ayudé a sacarlo y estaba muy afectado en alguna parte”, recuerda sobre una de tantas historias que guarda en su mente. 

“Lo que se me viene a la cabeza de esos primeros días en Valencia es la impresión de ver los pueblos tan destrozados”, señala. “La verdad es que estos días lo estoy pensando y ya ha pasado un año. Me cuesta creerlo, es como si hubiera ocurrido ayer”, dice a orillas del Arga, a su paso por el Molino de Caparroso. Después, Domínguez habla de la “unidad del pueblo”. “También me acuerdo de cómo, en medio de este caos, la gente se mantenía unida y se apoyaban unos a otros”, resalta, reconociendo que de esta experiencia aprendió “mucho”. 

“Aprendí a valorar la ayuda inmediata y la fuerza que tenemos cuando nos apoyamos entre todos. Y eso lo consiguió el pueblo”, reivindica, reconociendo que esa forma de vida la ha ido aplicando a su día a día.

LA CRUDA REALIDAD DE UNA CATÁSTROFE

Domínguez recuerda cómo fue el segundo día el que le sirvió para darse cuenta de la magnitud de lo ocurrido. “Ese día supe para qué iba”, indica, explicando que pasó de mover vehículos a acudir a la llamada de los buzos para extraer coches de los garajes con posibles víctimas. 

“Más allá de lo que veía, lo que de verdad me marcó fue esa sensación de que, por mucho que intentáramos ayudar, a veces no llegamos a tiempo”, lamenta, describiendo los detalles de esos rescates en los que colocaban una cuerda en los vehículos para sacarlos. “Esa sensación de no poder salvar a alguien creo que fue lo que más me marcó”, apunta. 

A pesar de ese desasosiego, Domínguez reconoce que, si volviera un año atrás, “no cambiaría gran cosa” a la hora de prestar ayuda. “Creo que hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos y dimos lo mejor de nosotros en ese momento”, reflexiona. “Cada pequeña acción contaba un montón y, la verdad, me siento tranquilo con lo que hicimos. Lo importante fue estar ahí cuando se nos necesitaba”, añade. 

Tras varios días de trabajo en la zona, este joven tuvo que regresar a su puesto. “Lo hice a regañadientes y sin ganas. Estuve toda la semana pendiente de lo que pasaba en Valencia y, en cuanto pude, volví a ir”, señala. 

Antes de concluir la conversación, Josu Domínguez relata cómo el domingo vivió una experiencia curiosa, fruto del miedo que aún persistía en la población durante el día D, el 29 de noviembre. “Ese día volvió a sonar una alerta en los móviles”, cuenta. “Estábamos trabajando junto a unos bomberos y vimos a cientos de personas correr por la calle principal. La gente creía que había reventado una presa y que venía una ola gigante”, recuerda sobre un escenario en el que la desinformación campaba a sus anchas. 

“Eso fue un caos, eran cientos de personas corriendo hacia el puente para cruzar a Valencia capital. Al final resultó que solo llovió un poco”, comenta. 

La naturalidad y el ímpetu por ayudar son cualidades que definen a este joven maquinista, que todavía mantiene relación con muchos de los voluntarios que colaboraron de una forma u otra en la zona. Sobre todo habla con agricultores a través de un grupo de WhatsApp. “Hace poco organizaron una comida, pero yo no pude ir”, concluye.

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