Un año de la tragedia
Carlos Yárnoz, de la Policía Foral, sobre la Dana: "Es la experiencia que más me ha marcado en la vida"
El Comisario de Seguridad Ciudadana relata cómo se organizó el cuerpo y la huella que dejaron en Paiporta


Actualizado el 25/10/2025 a las 23:40
El agua y el destino quisieron que, hace un año, la Policía Foral y el pueblo valenciano de Paiporta forjaran una amistad indisoluble para siempre. El sábado 2 de noviembre, a las 8.45 horas, Carlos Yárnoz, comisario de Seguridad Ciudadana del cuerpo autonómico, recibió la llamada de un superior que le comunicó que la Generalitat había solicitado a Navarra apoyo de bomberos y policías, y que debían de ser “independientes”. Es decir, tenían que buscarse la vida para dormir, comer...
“Yo tengo ahí familia —una prima y un sobrino— y amigos. Pensé que seguramente podría buscar la vida a todos los que íbamos”, comenta Yárnoz, en referencia a la veintena de agentes que se desplazaron. La convocatoria se lanzó difundiendo un mensaje de colaboración por los distintos canales internos de la Policía Foral y, posteriormente, se realizó un cribado siguiendo el criterio objetivo de la antigüedad, como explica este comisario con más de treinta años de experiencia.
Gracias a ese nexo familiar, se barajaron distintas opciones de alojamiento. Por un lado, un convento de Dominicas en Torrent que lo ofrecía de forma gratuita; por otro, un centro de 24 horas en Valencia perteneciente a AVAPACE, la Asociación Valenciana de Ayuda a la Parálisis Cerebral, a la que estaba vinculada la prima de Yárnoz por su hijo, que padece esta lesión neurológica. En esta segunda opción encontró la Policía Foral su casa valenciana, a la que se desplazaron el domingo.
“En principio íbamos a ayudar a tres localidades porque era lo que habíamos hablado con el Puesto de Mando Avanzado”, explica, pero durante el viaje hubo varios cambios y el destino fue diferente. Finalmente, el cuerpo encontró su hueco en Paiporta, la localidad más azotada por el agua del barranco del Poyo y la más mediática.
Yárnoz relata con detalle cómo fue el primer contacto con la zona devastada. “En el coche íbamos todos hablando, y conforme llegábamos ya no hablaba nadie. Yo miraba a la gente y todos iban blancos, se les salían los ojos de las órbitas. Era un espectáculo”, asegura. “Veías un parque infantil con un coche encima del tobogán, pasabas por una carnicería y se te quedaba el olor de la carne, el barro...”, describe, antes de explicar la tarea principal que les encomendaron desde el consistorio de Paiporta.
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OBJETIVO: QUE LA MAQUINARIA PESADA TRABAJE TRANQUILA
“El problema que tenemos es que la maquinaria, aquí, en la zona cero, donde el puente de acceso al centro, ha dicho que se planta. No trabaja porque ayer —el domingo 3 de noviembre— esto era un parque de atracciones de la gente que había y no podían trabajar con seguridad”, reproduce Yárnoz las indicaciones que le dieron. La Policía Foral fue a hablar con los operarios de las máquinas para preguntarles qué necesitaban, que ellos se lo daban.
No era otra cosa que un espacio de 10 o 15 metros a la redonda para poder maniobrar sin poner en peligro a nadie. Y se consiguió. De esa forma, las labores de retirada de elementos y fango se pudieron acelerar en ese punto, al que todos los voluntarios querían acceder por ser el más mediático. “Comparando, era como la plaza del Castillo en Pamplona. Todos querían ayudar ahí y nadie en San Jorge”, compara.
Para llegar a ese lugar había que cruzar un puente, que fue custodiado por los agentes navarros durante su estancia, dividida en relevos de seis días por tanda.
La pedagogía y los “corazones grandes” tuvieron mucho peso en ese control de acceso al centro a través del enlace elevado sobre el barranco del Poyo. “Lo que al principio nos preocupaba, que vecinos y voluntarios se pondrían tensos, al final acabó siendo un consultorio”, recuerda. “Todo el mundo que estaba esperando para pasar te venía y te quería contar sus primeras 24 horas, qué hacían durante la riada, su experiencia...”, añade, reconociendo que “todo el mundo quería sacar lo que llevaba dentro”. “El que no lagrimeó, miente”, dice entre risas, analizando con perspectiva una experiencia cargada de anécdotas y vivencias surrealistas, en la que reconoce que la Policía Foral bajó para trabajar. “Supo compaginar una policía enérgica con un corazón de puertas abiertas”, resume.
En un plano más crítico, Yárnoz apunta que hubo fallos que deben servir de aprendizaje. “Primero, los voluntarios no pueden ir como pollos sin cabeza porque dificultan la limpieza y se ponen en riesgo a sí mismos. Hay que establecer puntos de encuentro a las afueras y repartirse por tareas concretas. Hay que ser organizados”, dice. “A esa gente que venía con ganas y fuerza hay que darle contenido”, recomienda, asegurando que considera que toda la realidad vivida en Valencia sacó los colores a la sociedad. “Se fracasó como sociedad porque nadie hace nada por evitar estas cosas. Es culpa de todos, mía también. Sabemos que ha pasado otras veces, pero no nos preocupa hasta que nos toca a nosotros”, sentencia Yárnoz. Reflexiones, mil batallas y conclusiones sobre una catástrofe de la que ya ha pasado un año.