Iglesia Diocesana
Rosa Martínez-Polo Bermejo: "Mi vocación misionera surgió en Ruanda"
Tras 17 años en Ruanda y 24 en México y pasar por Roma, desde la parroquia de San Francisco Javier sigue con la animación misionera


Publicado el 19/10/2024 a las 08:31
Cuesta poco imaginarse en Ruanda a Rosa Martínez-Polo Bermejo, madre Rosa como le llaman sus hermanas en la congregación de Esclavas Misioneras de Jesús. Preparando vacunas, atendiendo a parturientas o dando nociones de nutrición a los más pequeños y a sus madres. Haciendo de carpintera, electricista, dirigiendo obras. Conduciendo en el país de las colinas y acompañada con los cánticos de los lugareños cuando se afanaba en arreglar el coche sin conocimientos de mecánica. La conversación con ella llega pronto al “corazón” de África, donde nació su vocación misionera y vivió 17 años interrumpidos sólo por la guerra entre etnias que destrozó el país en los años 90 del siglo pasado.
Rememora su paso por la primera misión de esta congregación fundada en Navarra (una de las cinco que surgieron el siglo pasado, destaca orgullosa) por el padre Quintín Huarte Mugueta, de Villaveta, y por María Teresa Azpíroz Castelinou, de Milagro. Después pasó en México 24 años, donde llegó a suceder a Azpíroz como segunda superiora general; volvió a Milagro, cofundó la casa de Roma y ahora vive en la parroquia de San Franscisco Javier de Pamplona. A sus 83 años y con los huesos debilitados por años de trabajo pero la misma energía que le llevó a su padre a llamarle “tormento” sigue en labores de animación misionera. Estos días encara una nueva conmiseración del Domund consciente de lo necesarias que son las aportaciones en este jornada en la que la iglesia recuerda la labor de los misioneros. 459 activos en la Diócesis. “Donde hay miseria, no sólo pobreza, todo es bienvenido y se aprovecha. Vaya si cunde”.
Al abrigo del despacho parroquial desgrana su vida religiosa y misionera. Retazos que podrían repetirse en tantos cientos de religiosos y religiosas navarros, de sacerdotes y de laicos que han trabajado y trabajan en misiones y fundaciones por todo el mundo. “Realmente no sabía si quería ser misionera. El Señor me lleva y lo ve. Yo lo descubrí estando en Ruanda, donde acudí con la cofundadora y otra hermana en 1977. Por mi temperamento no me veía casada y con varios hijos. Tampoco en el pueblo. Me ahogaba. Tengo un espíritu abierto y allí vi que Dios me había hecho tres regalos: ser bautizada, ser religiosa (a los 19 años ingresó en la congregación) y la vocación misionera. Fue el mejor regalo que me había dado. Cambiaron mis valores y el sentido de mi vida. Fue venir a lo esencial: el amor, la paz, la justicia, la fraternidad, el trabajo. Aprendí a convivir con iguales, a compartir y que el servicio es reinar, como decía Jesús”, comenta. Su mirada alegre y viva a pesar de lo vivido. La memoria intacta.
“Había estudiado enfermería en Pamplona y aprendí a conducir también. La fundación se ocupaba de nuestra formación profesional y religiosa los primeros años. También pude hacer un curso de medicina tropical en Madrid. Surgió la oportunidad y el padre nos mandó a Ruanda. No podíamos decir que no, era ofender a Dios”, rememora los inicios.
Huir de la guerra
La llegada fue dura. A un dispensario que había quedado a medio hacer. A una zona sin comunicaciones. El teléfono tardó trece años, hubo que llevar agua desde más de dos kilómetros. Tampoco había luz y las cartas, si llegaban, tardaban semanas. Comenzaron con la ayuda de un empresario vasco al que ETA arruinó en los 80 y ya no pudo aportar el dinero que había prometido. “El señor me inspiró. No sé ni cómo. Sin ser yo médico, tras haber visto el hospital de Pamplona, se me ocurrieron todas las cosas que podíamos necesitar. Hice una lista y llegaron antes que nosotras. Casi de todo. No parábamos de trabajar. Atendíamos igual a cien personas al día. Venían de muchos sitios. Al principio desconfiaban de la blanca, porque no conocía sus hechizos ni sus brebajes. Pero luego sí. Fue la primera conquista. Con ayuda de un medical y una matrona, de allí. Nos entendíamos con el lenguaje de los gestos porque era difícil su lengua”, sigue el relato. A borbotones salen los detalles. Una historia que interrumpió la guerra. “Salimos el 8 de febrero de 1993. Se había convertido el dispensario en una trinchera. Seguíamos atendiendo. Pero aquel día los bombardeos siguieron de noche y nos fuimos. A la frontera, donde estuvimos en un campo de refugiados. Y volvimos y casi sin tiempo de descansar, a México. Allí nos esperaban las vocaciones y hoy la congregación es casi mexicana. 30 o 40 entre postulantas, novicias, las de votos temporales y perpetuos”.
50 años sin vocaciones
La historia de las esclavas misioneras de Jesús, que ha resumido en dos publicaciones disponibles en la parroquia, es parecida a otras. Sin vocaciones “en el primer mundo donde el materialismo ha hecho tanto daño”. En su caso se ha nutrido en México, donde recalaron tras Ruanda. “Allí ya pudimos colaborar con la diócesis, formar, atender las vocaciones. En África era todo trabajo en el centro de salud. Y llegaron las primeras 50 años después de la fundación, cuando algunos nos decían fracasadas. Todo es de Dios y no nos va a pedir cuentas. Nuestra obra es de Dios y yo le digo ¡a ver qué haces! Hay que vivir la vocación. No arreglas el mundo, pero la actitud y la entrega sí que arregla cosas”, reflexiona y deja paso a la Providencia.
CLAVES
Nombre: Rosa Martínez-Polo Bermejo.
Fecha de nacimiento: 11 de febrero de 1943 en Igea (La Rioja).
Hermanos: fue la menor de cuatro hermanos.
Padres: Francisco Martínez Polo Echave y Bonifacia Bermejo Arnedo.
Estudios: Ingresó en las Esclavas Misioneras de Jesús en 1961. En 1975 se diplomó en Enfermería en Pamplona. En 1977 participó en la primera misión en Ruanda.