Julio Gorricho, entre Lerín y la peña de Izaga


Publicado el 16/09/2024 a las 07:30
Después de un breve período de ingreso en el Hospital de Navarra y de estancia, a petición suya, en el Retiro Sacerdotal del Buen Pastor, el sábado 31 de agosto por la noche falleció don Julio Gorricho Moreno, precisamente en los días en que su querido pueblo de Lerín celebra la novena a la Virgen de la Blanca.
Don Julio había nacido en Lerín, en la calle Marcos, el 21 de diciembre de 1934. Era el tercero de los nueve hijos que vendrían al mundo como fruto del amor de sus padres Marcos y Jovita.
Siguiendo el ejemplo de otros muchachos de su pueblo, a los once años ingresó en el Seminario de Pamplona y formó parte de la promoción que sería conocida con el sobrenombre de Ederrena (“la más bonita”, en euskera). Ordenado sacerdote el 20 de julio de 1958, el día de Santiago celebró su Primera Misa en la parroquia de Lerín.
Su facilidad para el estudio, sobradamente demostrada en el tiempo del Seminario, tuvo una rica prolongación en los ocho años que pasó en Roma, en la Pontificia Universidad Gregoriana para obtener la licenciatura en Teología (1959), la licenciatura en Historia de la Iglesia (1961), que coronó con medalla de oro, y el doctorado en la misma materia (1966). Esta extraordinaria formación, en los mismos años en que se celebraba el Concilio Vaticano II, marcó decisivamente el curso de su posterior servicio en la diócesis.
Así, de vuelta a Navarra en 1966, tras un breve nombramiento como coadjutor de San Jorge el Real de Tudela y como profesor de religión en el Instituto de la misma ciudad (1966-1967), se dedicó en cuerpo y alma a la docencia de la Historia eclesiástica en varias instituciones académicas: la Facultad de Teología del Norte de España, ocasionalmente en la sede de Burgos y durante décadas en la de Vitoria, y especialmente sucediendo al padre Tarsicio de Azcona en el Centro Superior de Estudios Teológicos del Seminario de Pamplona, aquí hasta su jubilación de profesor en 2005.
Le tocó también ser director del CSET en años complicados (1992-1998) y, en virtud de este cargo, fue miembro del Consejo de Presbiterio. Además, el Instituto de Historia de la Iglesia de la Universidad de Navarra requirió muy pronto sus servicios como profesor visitante y miembro del tribunal de varias tesis doctorales.
Compaginando con las clases de Historia y Patrología, en las que se explayaba hablando sin mirar un papel, don Julio recibió un encargo con el que disfrutó sobremanera, tal como nos lo volvió a mencionar en sus últimos días: la dirección de la Biblioteca del Seminario (1982-1999). Cuántas horas ordenando libros y catalogando, cuántos viajes a recoger los volúmenes de un sacerdote que había fallecido, o a adquirir grandes colecciones, como la Patrología de Migne, el Corpus Christianorum, los grandes diccionarios y enciclopedias de Teología, etc. Nunca dejó de interesarse por la marcha de la Biblioteca y más aún, por la marcha del Seminario y de las vocaciones.
Pero no se puede dejar de aludir a un ámbito extra académico, directamente pastoral, que a don Julio Gorricho le oxigenó mucho en aquellos años: entre 1981-1992 sirvió con mimo a las parroquias rurales de Idoate, Lizarraga, Zuazu y Beortegui. Como parte de esta responsabilidad le tocó subir a pie tres veces al año a la ermita de San Miguel de Izaga, en total treinta veces, verdadera hazaña en un hombre poco dado al ejercicio físico, que siempre rememoraba con satisfacción.
Siguiendo la voluntad de don Julio, se han depositado sus restos mortales en el panteón del cabildo en el Cementerio de Pamplona. Su funeral se celebró en la Santa Iglesia Catedral. Él se sentía parte integrante de esta comunidad del principal templo de la diócesis: canónigo de esta casa desde 1992, cuando dejó los pueblos de Izagaondoa y, en algún período, deán (1996-1999) y archivero-bibliotecario (2002-2010) de la misma.
Si todas estas actividades están recogidas en su ficha de servicios del arzobispado, hay otra, precisamente la más prolongada en el tiempo, que Gorricho desempeñó sin tener ningún nombramiento oficial para ello: la de fiel capellán y entrañable acompañante de la comunidad de Villa Teresita, al menos desde 1980 y hasta ahora. Últimamente acudía en taxi dos días por semana a celebrarles la misa. Sin duda, ha llevado esta dedicación en el corazón.
Un singular acontecimiento tuvo lugar en la Catedral hace poco más de cuatro años: don Julio tuvo el gozo de imponer la casulla en el día de su ordenación al más reciente sacerdote lerinés y de concelebrar después en el cantamisa de su joven paisano. Fue un verdadero regalo para él.