4 años del estado de alarma
Virginia Mateo: "Hay personas que van a tener secuelas de covid de por vida"
La presidenta de la plataforma de pacientes de covid persistente, Virginia Mateo Solana, que estuvo a punto de ingresar en tres ocasiones en la UCI, insiste en la reivindicación de diagnosticar la patología como enfermedad


Publicado el 16/03/2024 a las 05:00
Antes de que las calles quedasen silenciadas bajo el rumor de un mal callado e invisible, de eso hace justo cuatro años, Virginia Mateo Solana ya sintió que “no respiraba bien”, con un dolor en tórax y garganta intensos, que en su momento -a finales de 2019- sonó a gripe en la voz de su médico. Lo acontecido con posterioridad, a los pocos días del decreto de confinamiento generalizado con un primer contagio de covid, al que sucedió un segundo en abril de 2021, debilitó su cuerpo. La covid persistente, revelada en distintas formas, es tozuda, como indica su adjetivo, en un ejercicio de reminiscencia que recuerda al mundo que está latente. Este lunes, Virginia Mateo, presidenta, a sus 52 años de edad, de la Plataforma de Covid Persistente de Navarra, con 46 asociados, fue derivada por su médico de cabecera al neurólogo. “Se me queda este lado de la cabeza como atontado”, explica con un gesto en su parte izquierda. “En ciertos momentos veo doble”.
En un recorrido del historial clínico de estos últimos cuatro años, reconoce que han mejorado “los problemas de vejiga” al igual que las cefaleas que martillearon su cabeza. Ahora bien, su capacidad pulmonar “se ha reducido muchísimo”. Ha recuperado su dinámica de salir a correr, pero no como antes: “Me cuesta mucho”. Eso y que su cuerpo genera colesterol “hasta dispararse” amén de sufrir taquicardias, que condujo a la prescripción de un fármaco para atemperar el ritmo acelerado de su corazón.
“Me encuentro bien -afirma- pero no me he recuperado del todo”. En la memoria retenida por su cuerpo quedan los peores momentos, los del segundo contagio que derivó en una neumonía bilateral y una advertencia médica de ingresar en la UCI a poco que los indicadores rebasen el umbral crítico. Recibió “en tres ocasiones” el mismo mensaje: “Te dejamos en casa, a condición de que no empeores. Si empeoras, el hijo se tiene que quedar en casa y tú debes ingresar en la UCI”. Una idea, más allá de la angustia, enredaba sus pensamientos. “Por favor, por favor, que no puedo ir a la UCI”, era su súplica. “No puedo dejar solo a mi hijo”. Adrián, que así se llama, era su única compañía en el hogar. Virginia descartaba por completo enviarle con sus padres, consciente de su edad y, por tanto, de pertenecer a la franja de “población de riesgo”.
ENFERMEDAD
Sólo cabía esperar a la mañana siguiente y a que los parámetros médicos no se disparasen para evitar a toda costa la UCI, que impone respeto y, de paso, asegurar el cuidado de su hijo. Como si su súplica dirigida al personal sanitario fuese escuchada, la gráfica con el resultado de los indicadores clínicos se mantuvo equilibrada. No sumó un nuevo diente sierra. Tuvo suerte, como reconoce, también porque la sensación de ahogo que sintió de manera puntual -recuerda- no fue tan grave. Y eso, que en ese tiempo oscuro, el termómetro rozó en su cuerpo los 40 grados.
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Su relato se entretejió de incertidumbre y esperanza. “Estuve muy mal”, confiesa. “La covid me produjo una bacteria en el pulmón. Me hacían analíticas todos los días. Estuve monitorizada las 24 horas desde el hospital mediante un brazalete, de una empresa. Tuve la suerte de estar muy vigilada”, añade.
Insiste en la reivindicación de diagnosticar la covid persistente como enfermedad, entre otras cosas, porque despejaría el camino para “solicitar una incapacidad”. “Hay gente -señala- que aún está muy mal, que no puede ir a trabajar”. Está convencida de que la mayoría de los pacientes van “a arrastrar secuelas de por vida. Va a haber gente que mal que bien va a poder hacer vida normal, pero va a haber otra que no”.
“La pandemia -dice- se ha quedado marcada. La mayoría nos hemos quedado con cansancio, no tan extremo como el que sufrimos al principio, es verdad. Pero está ahí. Hoy cuesta más esfuerzo la vida”.
