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Día Mundial del Ictus

Aurora Ruiz, afectada por un ictus: "¡Quiero ser autosuficiente! Hay que pelear"

Aurora Ruiz Alegre, de Estella, tuvo un ictus en 2020, a los 55 años. Acude a rehabilitación a Adacen y destaca la importancia de los pequeños logros diarios. “No hay que tirar la toalla”, afirma

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Aurora Ruiz Alegre, afectada por un ictus, junto a las fisioterapeutas Amaia Aguas y Gema Sánchez en la sede de Adacen, en MutilvaJosé Antonio Goñi
Publicado el 29/10/2022 a las 06:00
Está emocionada. La semana ha tenido novedades importantes. El miércoles comenzó de nuevo a leer . Ha elegido una novela que le regalaron, ‘La fuerza de un sueño’, de Teresa Perales, que se centra en el afán de superación. El caso es que la lectura era una de sus aficiones favoritas antes de que el ictus apareciese en su vida, en agosto de 2020. Le indicaron que volvería a leer cuando mejorase su comprensión lectora y el momento ha llegado.
Aurora Ruiz Alegre, de 57 años, vecina de Estella y madre de un hijo, Aaron, de 32, vive ahora a otro ritmo. Paso a paso, día a día. Es consciente de los pequeños avances que se pueden conseguir con trabajo y tesón. Quiere que las personas que debutan de golpe con este problema sepan que “se puede”. “No hay que tirar la toalla”. Y en ese camino es importante tener objetivos.
Esta semana ha vuelto la lectura, poner la lavadora... “No lo hacía sola desde hace dos años”, asegura. Y el fin de semana fue a Zarautz con otros pacientes de la Asociación de Daño Cerebral de Navarra, Adacen, donde acude todos los días desde Estella para realizar la rehabilitación. “Aquí me han ayudado muchísimo”, reconoce agradecida. Ymira de reojo a su neuropsicóloga, Leyre Tirado. “Fuimos andando por el paseo de Zarautz”, recuerda. “Nos reímos mucho. Se trata de disfrutar de los pequeños momentos y buscar la vuelta a esta situación”.
COMO UNA MARIONETA
La vida de Aurora Ruiz dio un giro total en agosto de 2020, en plena primera fase de la pandemia. Antes, explica, trabajaba en un supermercado. Le gustaba andar por el monte, la lectura y el punto de cruz. “He hecho muchísimos baberos”. También quedar con sus amigos para ir a tomar algo por la ciudad.
“Un día me levanté con el cuerpo raro”, recuerda. Era sábado y tenía que ir a trabajar. “Tenía vértigos, mareo y mucho dolor de cabeza”. Pero no pensó en un ictus. “No tenía ni idea de cuáles eran los síntomas. Ni sabía nada del ictus”. Es más, creyó que se trataba de un problema en las cervicales y se fue a trabajar. “Un compañero me vio que tenía la cara desencajada y me llevó a casa”. Y lejos de pensar en algo serio siguió con sus planes. Se fue a Santander, donde había quedado, y acabó en el hospital, donde le llevaron al empeorar su estado. “El médico me hizo un escáner y me dijo que había tenido un ictus...”. Rompe a llorar. Todavía está muy reciente. “Hay que sacar las cosas. No se pueden quedar dentro”.
La neuropsicóloga Leyre Tirado explica que tras un impacto así se pasa por un proceso de duelo. “Hay que reconstruir todo de nuevo. Toda la vida, en muchos casos desde cero”.
Aurora camina lentamente, apoyada en un bastón. Y la movilidad de sus brazos está comprometida. Sin embargo, cuando le dio el ictus no podía ni andar. “Cuando me levantaron era como una marioneta”, dice. Aurora pasó tres meses ingresada en la Clínica Ubarmin con una rehabilitación intensiva. “Al principio lo peor era la comida. Me daban con sonda. Cuando eso acabó, respiré. No he tenido problemas de atragantamiento”.
A partir de ahí, su día a día se ha convertido en la búsqueda de pequeños logros. “A fin de cuentas no me he quedado tan mal. Puedo hablar bien y es muy importante la conversación para tener relaciones”, asegura.
Los médicos le dijeron que no se pusiera fechas. “Esto es muy lento”. Sin embargo, cada día mejora un poquito. “Me falta estabilidad”, dice pensativa. Y parece que por su mente pasa la lista de las metas que tiene que cumplir. “Lo que quiero es ser autosuficiente”, apunta con rotundidad. Y aunque vive con su hijo, que le hace la comida, y una mujer le acompaña los fines de semana ya se desenvuelve bastante sola. “Hay que pelear sí o sí. Tengo gente que me quiere mucho y me ha ayudado. En estas situaciones ves quién es amigo de verdad”.
Ahora se emociona con cualquier cosa, dice. Hasta por poner la lavadora... “He vuelto al monte, a Urbasa, pero no puedo ir por los senderos. Y mi hijo me va a llevar a Aralar”, relata. Mira al frente y piensa en la labor que tiene por delante. Lo más importante, recuperarse lo suficiente como para poder ir a vivir con su madre, que tiene 84 años y reside en Burgos. “Así estaremos las dos junticas”. Solo por eso “hay que intentarlo. Al final, depende de nosotros mismos”.
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