Historias encadenadas
Vuelo directo de Cádiz a Sangüesa
Pedro Casajús imaginaba una jubilación entre las palomas y la huerta, pero no que llenaría la casa de trofeos. Sus mensajeras coparon el podio de la carrera más larga en España


Actualizado el 20/03/2022 a las 09:07
Era uno de los últimos días de junio. 2021. No recuerda con precisión cuál, pero Pedro Casajús ilustra con su mirada que fue como tocar el cielo. Tres de sus palomas mensajeras llenaron el podio de la carrera más larga el suelo español, casi 800 kilómetros desde el Puerto de Santa María, en Cádiz. Llegó la hora de los trofeos y le preguntaron los nombres de las aves. “Y yo ni les había puesto. El de la organización miró en el móvil parajes de Sangüesa: Ribes, Linás y Viloria. Y así fueron”, cuenta que esta última fue la campeona. Posa con ella para la fotografía, una paloma de 2016 que acumula más de 5.000 kilómetros de vuelos. Ya no competirá. “Hay que cuidarlas”, es la premisa de este criador, entusiasta de la colombofilia.
Pedro Casajús Apestegui, 65 años, es un criador veterano, pero joven en la competición. Comenzó hace apenas cinco años y ya casi no le caben los trofeos en la repisa del armario. Recibió trece en solo dos años. No sabe bien por qué, pero entiende que, como en tantos deportes, debe haber algo innato, en la habilidad con las palomas, “en llegar a entenderse con ellas...”. Empezó a volar con Aragón, y aunque ahora pertenece a la Asociación de Colombofilia de Navarra, mantiene el vínculo con ellos, sobre todo con Javier Córdoba, de Undués. Y no olvida a Pedro Gómez y Miguel Labay, con quienes emprendió la amistad con las aves.
Casajús ganó una carrera, “sería de las primeras”, y aquello le picó. “Sí, fue como un gusanillo que ahora llevo conmigo y que soy un poco chulico, eso también. Pero una carrera la puede ganar cualquiera, un campeonato no”, se detiene en la preparación de las palomas “atletas”, que convierte a un colombófilo en criador, manager y nutricionista. “Tienes que controlar la glucosa, la grasa, su músculo y sobre todo observar lo que te pide...” . Es una dedicación de 365 días, por eso agradece tanto la ayuda de Rafael Gil, de Aibar, que cuida el palomar cuando él no está: “Y eso es una suerte”.
El calendario tiene competiciones dispares, la de los 800 kilómetros desde Cádiz se centraliza en Santillana del Mar, donde se colocan los microchip y los relojes a todas las palomas para controlar su recorrido. “Si la has preparado bien y sabe volver, es buena”, revela que en las pruebas un 25% de los ejemplares no regresa al palomar. “Puede que haya parado a repostar, a comer o beber quiero decir, y se haya quedado, puede ser presa de un halcón...”, se encoge de hombros ante la incógnita y celebra que el 60% de las suyas, volvieran. “Normalmente solo descansan para beber y pueden hacer todo el trayecto en el día”, apunta que fue el caso de Viloria. Emprendió vuelo en el sur sobre las 8 de la mañana y a las 9 de la noche ya estaba en Sangüesa. Sacó una hora de diferencia a las demás. Y Pedro, con los ojos como platos, “casi con dolor de cuello de tanto mirar al cielo”. Voló rápida. Pese a las tormentas, superó los 1.300 metros por minuto.
Estas palomas son deportistas, pero aún perdura el halo algo romántico de los mensajes y no hace mucho Pedro recibió uno desde Guadalajara, con un teléfono y un nombre. Le hizo tanta ilusión que le escribió para ofrecerle dos pichones. Pero se perdió la comunicación. A veces la tecnología es más enrevesada que el camino natural de las aves.
Porque Pedro Casajús no vende pichones, prefiere regalarlos. Aspira a disfrutar, a exprimir esas sensaciones que le conceden las mensajeras, aunque abunden las trabas, como nubarrones en días azules. Él se queda con el compañerismo de una afición que no sabe de edades, lo mismo el chaval de 18 que el de 80, ni de nacionalidades. Empleado del Ayuntamiento de Sangüesa, en su plan de ocio de jubilación entraban las palomas, pero empezó antes y se encontró ganando. No hay grandes secretos, ni tiene afán de cincelarlos. “Lo más importante es saber lo que no tienes que hacer y no conoces si una paloma va a ganar, pero sí la que no va a volver, hay que estar atento, cuidarlas, tengo 90 y la que no está bien no la mando a una prueba”, insiste. Le gustaría participar en el vuelo a Bruselas, es el reto que le ronda ahora mismo en su paraje entre olivos. Y le atrae el derbi Mediterráneo, en el que ya ha probado. “Se juntan más de mil palomas y acuden profesionales de este deporte, esto es algo así como cuando se organiza una gran competición de motos”, calibra.
Recomienda Pedro el documental “La guerra de los pájaros”, donde recrean historias de palomas mensajeras. Es su historia encadenada, a pequeña escala, con las películas que hace décadas proyectaba en el cine de Sangüesa, que regentaba su familia.