Conflicto

Ansiedad y miedo entre los ucranianos de Navarra: “Mamá, si hay guerra voy a buscarte”

La Comunidad foral tiene como vecinos a más de 1.500 oriundos de Ucrania que asisten preocupados a la escalada de tensión con Rusia. Se mantienen en contacto con sus familiares, a la espera de que la guerra se consiga evitar

La ucraniana Maria Shcherbatiuk lleva 11 años viviendo en Pamplona
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La ucraniana Maria Shcherbatiuk lleva 11 años viviendo en Pamplona
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Marialuz Vicondoa

Publicado el 01/02/2022 a las 06:00

En la última llamada por teléfono dijo a su madre la misma frase que viene repitiendo desde hace un tiempo. “Mamá, si empieza la guerra, voy a buscarte”. María Shceherbatiuk (7 de abril de 1987) se lo dice desde Pamplona estremecida por el miedo y segura de que si ocurre lo que muchos temen y nadie quiere, ella se meterá en su coche, arrancará y no parará hasta llegar al pueblo de la región Ivano Frankiusk donde tiene su casa, su familia, su vida. Mientras, sin saber si llegará ese momento, comparten, separadas por 3.000 kilómetros, el miedo y el pánico, que no saben de distancias.

María Shceherbatiuk es uno de los 1.549 ucranianos que viven en Navarra. La pequeña de tres hermanos, llegó en 2010 a Pamplona, donde ya residía su madre que había emigrado cuando la granja donde trabajaba en contabilidad, cerró y con el sueldo de su padre no llegaba para muchas cosas y menos para los estudios universitarios de sus hijos. Por eso su madre hizo la maleta y llegó a Pamplona en 2004, donde ya residía un familiar. A partir de ahí, empezó a mandar dinero para que sus hijos tuvieran una vida mejor. María estudió dos carreras universitarias durante cinco años: Económicas y Agroquímicas. Al terminar en 2009 trabajó dos años en una empresa agroquímica. “La nómina era tan baja, 20 euros al mes, que, aunque la vida fuera más barata no llegaba para vivir”, explica. Por eso decidió seguir los pasos de su madre y los de tanta gente en su país y emigró en busca de un mundo mejor. Lo hizo a Pamplona y comenzó a trabajar en una familia con niños pequeños. “Sin saber el idioma era más fácil aprenderlo con niños”, explica. No le resultó difícil, quizá por saber inglés y latín, que había estudiado en el colegio y en la universidad. Aunque el servicio doméstico no sea un trabajo que le guste, nunca le ha faltado, sabe que no puede optar a otro por no tener sus estudios convalidados y es el que le permite mandar dinero a su familia. “Antes lo enviaba mi madre, ahora lo hago yo, porque ella volvió a Ucrania hace cuatro años”, añade. Además, cada dos meses sale un paquete con un poco de todo: aceite, queso, tomate frito, pastas... “Allí hay patatas, cebollas, zanahorias, remolachas... porque los cultivamos. Nos autoabastecemos, comemos lo que cultivamos. Los demás productos se pueden comprar, pero son muy caros”, explica. Lamenta que su país se vacíe de personas formadas y que haya quedado habitada por mayores y niños.

Obtuvo los papeles a los tres años de residencia y lo que sí pudo convalidar fue el carné de conducir. Como ella, sus hermanos, también con estudios universitarios, viven fuera: en Bélgica y Lituania.

María Shcherbatiuk habla ruso, ucraniano, inglés, español, entiende polaco... Pero hablar, habla solo o en español o en ucraniano, nunca en ruso. Una forma más de decir que lo que quiere es que Rusia deje en paz a Ucrania. “Putin no nos deja en paz porque considera que Rusia es nuestro hermano mayor”, se lamenta. Este es el sentimiento general de los ucranianos que residen en Navarra. Y es el que siempre la ha acompañado, desde sus tiempos universitarios hasta cuando se ha concentrado en Pamplona en apoyo a los ucranianos que defendían su identidad. María Shceherbatiuk defiende una Ucrania independiente de la influencia rusa y formar parte de Europa y de la OTAN: “Tenemos mucha vida en Europa, donde nos hemos ido a trabajar”, añade.

Recuerda la impresión que le produjo llegar a Pamplona. “Me parecía un paraíso... Pero echo de menos a mi familia”, dice. Sus padres viven preocupados, asustados porque no saben qué va a ocurrir cada día y temen que se produzca una guerra. Al mismo tiempo entiende que no pueden estar con ella. Ante la situación actual de riesgo, la pregunta sale sola “¿Por qué no se van sus padres? Solo hay una respuesta “¿Y dónde van a ir? Mi padre siempre ha vivido ahí. Ha trabajado 33 años como mecánico en el sector ferroviario. Si la situación se complica, los traería, pero ahí tienen su vida”, responde entre la aceptación y la resignación.

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En 1991 Ucrania consiguió independizarse de Rusia. 30 años después el país, la Unión Europea y Estados Unidos no quitan ojo a Moscú ante las amenazas de Vladimir Putin de invadir este Estado que perteneció a la URSS y que se ha ido aproximando a la UE y a la OTAN, un acercamiento que no gusta a Rusia. Pendientes de las noticias que se suceden a más de 3.000 kilómetros y del teléfono, con ansiedad, miedo y dolor, viven en Navarra 1.549 ucranianos, de los 112.000 que se calcula que residen en España. Es el caso de las personas que aparecen en este reportaje y que aportan sus testimonios.

Todos ellos ellos han dejado en Ucrania familiares, amigos y conocidos y temen por sus vidas. Una llamada nocturna les deja temblando e incapacitados para volver a coger el sueño porque saben que todos los días hay muertos en el país que dejaron para buscar una vida mejor. Confían en que Putin dé marcha atrás en sus amenazas y en que la diplomacia consiga frenar las armas. Quieren que Europa y la OTAN se impliquen para parar la posible guerra. Mariya T., que lleva en Pamplona 22 años, resume qué ha provocado esta situación: “Putin ha unido Ucrania contra él”. Junto a la frontera con Rusia, en la región oriental del país, los ciudadanos aguantan desde hace casi ocho años una tensión que ha obligado a miles de ellos a dejar atrás sus casas. Las provincias de Donetsk y Lugansk se autoerigieron como repúblicas y, desde entonces no se han dejado de escuchar disparos y explosiones entre los separatistas prorrusos y las fuerzas ucranianas. Atento a su familia desde Pamplona, Mykola L. acusa la escalada de violencia y confía en que el apoyo internacional de ahora evite más sufrimiento a la población: “Los países han abierto los ojos”.

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