Salud
Maribel Saracíbar: “La pandemia ha resaltado la parte más humana de la enfermería con pacientes”
Enfermera en la CUN y profesora de más de 6.000 estudiantes de Enfermería en la UN en los últimos 45 años, ha luchado por el reconocimiento académico de su profesión. Debe primar, insiste, la relación con el paciente


Publicado el 22/08/2021 a las 06:00
Maribel Saracíbar desborda un entusiasmo contagioso al hablar de su profesión. Tanto que, al escucharla, su interlocutor podría plantearse que por qué no se ha hecho enfermero. Que por qué no ha dedicado su vida al cuidado y al servicio de los demás. No solo inyectando un suero sino ofreciendo una sonrisa o poniendo la mano sobre el hombro al otro lado de la cama. Cuando el paciente, ese hombre o esa mujer, ese niño, joven, adulto o anciano, atraviesa su momento más vulnerable. Porque le acaban de operar, ha tenido a su primer hijo, atraviesa una depresión o ve próximo su final. Algunas de estas situaciones son las que debió imaginar esa niña de Olazagutía, hija de un obrero del aserradero de Echávarri; o esa joven vecina de Huarte que estudió en las Dominicas de Villava. “Siempre tuve vocación de enfermera, alentada por mi padre. Me gusta ayudar y servir a los demás. Y he sido muy feliz en mi profesión. ¡Me entusiasma y podría estar horas hablando de mi trabajo!”, confiesa mientras apura un vaso de agua, una de las mañanas más calurosas del verano, en una terraza del Segundo Ensanche de Pamplona, donde vive.
Maribel Saracíbar Razquin acaba de cumplir 65 años y abraza la jubilación, aunque no del todo. Enfermera y doctora en Enfermería por la Universidad de Navarra, ha ejercido su profesión en la especialidad de Medicina interna en la CUN, ha dirigido la escuela (posteriormente, facultad) de Enfermería del campus navarro y ha enseñado a generaciones de profesionales: más de 6.000 alumnos en los últimos 45 años. Nombrada profesora emérita de la universidad, no se desvinculará del centro y continuará dirigiendo tesis doctorales y desarrollando otros proyectos. “No me voy a aburrir. Nunca lo he hecho”, se ríe. Casada con el empresario pamplonés José Alberto Lasa, que se ha dedicado a la construcción y promoción de viviendas; son padres de cuatro hijos (Alberto, 40 años y que trabaja en el mundo de la comunicación audiovisual; Beatriz, 39, farmacéutica; Laura, 37, periodista) y Alejandra, 34, licenciada en ADE); abuelos de cuatro nietos (Sofía, 3 años; Matteo, 2; Luis, 1, y Telma, 1) y un quinto en camino.
En las últimas semanas, Maribel ha seguido poniendo en práctica esa vocación que brotó siendo niña. Y lo ha hecho cuidando en la recta de la final de la vida a uno de sus familiares cercanos, que acaba de fallecer.
Habrá sido muy duro...
Sí porque esa persona a la que querías tanto tenía mucho valor para ti. Había que meterse en su intimidad pero solo desde el respeto y ofreciéndole la posibilidad de hablar de lo que le preocupaba. No había que ocultar la realidad pero sí dar esperanza: le íbamos a acompañar y no dejar solo.
En eso consiste exactamente la enfermería, ¿no?
Yo la definiría como una profesión cuya esencia está en la relación personal que se establece con la persona y su familia; y que lo que busca con su cuidado es el bienestar de esa persona y su desarrollo. Es decir, que el enfermo, la embarazada, quién sea, encuentre un significado a lo que le está ocurriendo. Es cierto que la enfermería tiene una parte práctica, procedimental, pero cuidamos a la persona en todas sus dimensiones y a la luz de lo que esa persona es (desde un punto de vista físico, psicológico, espiritual...) Yo puedo entrar a poner un suero y lo puedo hacer perfectamente centrándome en la técnica o mirando a la persona al mismo tiempo. La gente que he entrevistado para mi tesis y otras investigaciones asegura que nota la diferencia: que hay una presencia intencional. Si yo te llamo por tu nombre, te miro, te toco... Es porque me importas.
Los profesionales de enfermería, igual que los médicos, atienden a las personas en momentos vulnerables, en los que, muchas veces, conviven con el dolor.
¡Claro! Y si ese acompañamiento no se da no hay enfermería. Solo serían procedimientos. Tú puedes enseñar y adiestrar a alguien pero si no existe esa parte humana, esa relación... El bienestar es que no haya dolor, que esa persona se sienta bien, aunque no tenga un diagnóstico. Y para cada uno el bienestar es diferente.
¿Y qué papel desempeña la familia en estas situaciones?
Es crucial. Antes se decía que la familia se tenía que implicar en los cuidados. Pero ahora se va más allá. Se tiene en cuenta que la persona enferma no se puede desvincular de su familia y su entorno, del tipo que sea. Y en los hospitales se está trabajando mucho este aspecto, el de la implicación de la familia. Porque una enfermedad cambia los papeles que desempañan los miembros, el estado de ánimo, hay un gasto económico importante... La familia rompe su ciclo. Ya no pueden salir juntos o directamente no pueden salir. En ocasiones hay un sufrimiento espiritual y psicológico importante. Por los pensamientos que se tienen o porque, a veces, los enfermos responden violentamente. Nos solemos centrar en el paciente y nos olvidamos de la familia. Y hay que integrarla siempre.
¿Por qué cree que la enfermería tiene ‘todo el poder del mundo’, como usted la define?
Porque en el momento en que cierras la puerta de una habitación, el paciente que está ahí se pone en tus manos en sentido literal y figurado. Todas tus decisiones son trascendentes en su vida. Otros profesionales tienen que pedir permiso para entrar en la intimidad de la persona. Los de enfermería, no. Incluso, a los estudiantes más inexpertos, los pacientes se les abren y les cuentan qué les preocupa. ¿Quién tiene más información sobre el paciente? Los enfermeros. Y esa información hay que manejarla según su criterio. Por eso, el poder de la enfermería es tremendo.
¿Así fue su trabajo en la CUN?
Al terminar mis estudios, muy jovencita, trabajé doce años con Don Eduardo Ortiz de Landázuri, que fue jefe de Medicina interna, director de la CUN y que, además, ahora está en proceso de beatificación. Un día me llevó a su despacho y me dijo: ‘Quiero hablar con usted, Maribel. Aquí hay enfermeras buenísimas pero que no van a dar el paso de formar a otras. Y creo que usted podría hacerlo’. Yo entendí muy bien lo que me quería decir. Él y otros médicos me fueron retando: ‘Más enfermería, Maribel’, me decían. Y yo empecé a formarme. ¿Cómo es mi acercamiento a la persona enferma? ¿Qué me diferencia del médico? ¿Cuál es mi esencia?
¿Y así empezó a dar clases?
El segundo año de mi especialidad, me nombraron instructora (una figura que ya no existe). Aunque estaba en el ámbito clínico, lideraba la formación de las estudiantes. Con algunos médicos que daban clases a las enfermeras, como Martínez Artola o Martín Masó, empecé a ver en qué consistía la docencia. Entonces no había profesores propios para Enfermería sino que eran médicos que daban clases allí. Un día, Marín Masó me dijo que me preparara una clase de Farmacología sobre los alcoholes porque él no podía ir. Y cuando estaba en medio de la clase, él llegó y se sentó para escucharme. Me hizo una jugarreta pero aprendí (se ríe).
De ahí, a la docencia y a hacer la tesis doctoral. Casi nada...
Es que a mí me ha tocado una época en la que me he desarrollado profesionalmente, al mismo tiempo que he ido impulsando la profesión en la universidad. Una vez, conversando con el decano de Medicina, él me dijo que estábamos hablando de tú a tú. Claro, eso era verdad. Pero, aunque yo me sentía reconocida, quería que se reconociera la profesión. Para eso, me he movido bastante en el ámbito internacional, a pesar de no tener muy buen inglés, porque yo estudié francés en el colegio. He enseñado asignaturas médico quirúrgicas (el cuidado del enfermo en nefrología, digestivo, oncología...) Y he tenido trato con las líderes de universidades de Estados Unidos y del Reino Unido. Y conseguí que la directora de un centro de investigación en enfermería de Boston, Dorothy Jones, codirigiera mi tesis doctoral titulada Acerca del significado de la relación que se establece entre la enfermera y la persona enferma. Ella se encargó de la parte de enfermería y Alfredo Rodríguez, profesor de Filosofía, del soporte más humanista y filosófico. Hice el doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras, en Humanidades. Y desde entonces, me apasiona el arte contemporáneo. ¡Podría pasarme horas visitando museos cuando viajo!
Usted ha diseñado e impulsado un modelo de Enfermería ‘Universidad de Navarra’ presentado en varios países. ¿En qué consiste exactamente?
Es un modelo que ha explicitado los valores inherentes a la Enfermería de la UN y su foco está en la relación personal que la enfermera establece con la persona / familia cuidada. Se centra en la experiencia de salud de las personas / familias y en comprender el significado que tiene para ellas. Y también propicia un diálogo entre el mundo académico y profesional de la enfermería.
La pandemia nos ha cambiado la vida. ¿También a los profesionales de la enfermería?
Yo no he trabajado directamente en este tiempo pero lo que he visto desde fuera es que se ha resaltado mucho la parte humana de la enfermería. Al principio, durante el confinamiento más duro de la primera ola, se puso de manifiesto cómo las enfermeras acompañaban a las personas que se están muriendo solas... Aunque, evidentemente, el cuidado en la parte técnica y farmacológica ha sido importante, hay que reflexionar más. La enfermería ha gestionado muchas cosas que les ha tocado pero falta voz, echo en falta que lo cuenten. Los médicos, los epidemiólogos... opinan. Pero, ¿dónde está la enfermería en este debate?
Ahora están teniendo mucho trabajo con la vacunación...
¡Claro! Porque las vacunas las deben poner los profesionales de la enfermería. Es cierto que la técnica no es complicada (subcutánea) y que lo podrían hacer otros profesionales. Pero, ¿qué queremos? ¿Que se pongan las vacunas como un trabajo en cadena? ¿O que podamos resolver las dudas de la gente? Las enfermeras son tan antiguas como la humanidad. Porque las personas siempre han necesitado cuidados cuando están enfermeras o heridas. Durante siglos, fueron mujeres sin formación que, sobre todo, ayudaban a traer niños al mundo; o monjas. Órdenes religiosas como los Hospitalarios de San Juan de Dios (fundada en España en 1550) o la de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (1633) desempeñaron un papel clave. Pero fue Florence Nightingale, que destacó por sus servicios en la Guerra de Crimea (1853-1856), quien fue considerada como la madre de la enfermería moderna, al crear la Escuela Florence Nightingale para Enfermeras en Londres.
Hasta hace unas décadas, la enfermería, junto con el magisterio o la costura, eran profesiones típicamente femeninas. ¿Cómo y cuándo se ha evolucionado?
Así es. De mis amigas del colegio, muchas estudiamos Enfermería en los setenta. Pero ya muchos años antes, las escuelas de enfermería, que a veces también tenían internados, eran únicamente femeninas. Así se vivía en la sociedad y el entorno de entonces. Pero se ha ido evolucionando.
En la Facultad de Enfermería de la Universidad de Navarra (antes escuela), de la que usted ha sido directora, ¿desde cuándo se aceptan chicos como alumnos?
Hacia el año 2000. Pero ya antes, en 1996, estuvimos dándole vueltas a este asunto. Había chicos que llamaban por teléfono preguntando si cogíamos varones. Yo me informé sobre qué ocurría en otras universidades y, más o menos, la proporción era de unos 15 chicos y 105 chicas en una clase de unos 120 estudiantes. Una proporción que ahora se mantiene muy similar. En la CUN, también hay ahora enfermeros contratados y lo hacen muy bien. ¿Por qué no iban a hacerlo?
Pero la mujer, ¿ha tenido un ‘plus’ en la profesión de enfermería?
Yo creo que el predominio de las féminas ha representado como las dos caras de una moneda: ha facilitado la parte humana y de servicio, propia entonces de las mujeres, como en el ámbito del hogar; pero también ha supuesto una supeditación de la mujer al hombre porque los médicos, hasta hace unos años, eran, sobre todo, varones. Sin embargo, han sido las mujeres enfermeras las que han liderado la lucha para que su profesión tuviera el estatus social que ahora posee (tanto en la práctica profesional como en el ámbito académico, ya que existen los estudios de posgrado y se pueden hacer tesis y master, como en el resto de los grados).
¿Y los enfermeros? ¿Reúnen alguna peculiaridad que los diferencie de su compañeras?
En los primeros años, en la parte académica, tenían un espíritu más científico y se interesaban más por los ámbitos de las urgencias, la UCI, la cardiología (que es más tecnológica). Pero ahora están en todas las áreas. Los chicos que estudian Enfermería es porque quieren hacerlo.
Asegura que la Enfermería es una carrera que va ‘cogiendo prestigio’. ¿A qué se refiere?
Pues a que, hasta hace unos años, se pensaba que si tu hija era muy buena estudiante debía elegir Medicina. Pero que si era muy maja, muy cariñosa, aunque no sacara buenas notas, era preferible que optara por la Enfermería. Sin embargo, en ocasiones, algunas de esas chicas que se decantaron por la Medicina, porque su familia les había animado, se pasaron a la Enfermería, que era lo que realmente querían. Es cierto que hemos tenido un techo universitario pero ahora ya contamos con todo un campo de desarrollo académico y profesional.
La escuela pasó a facultad y las ATS (ayudante técnico sanitario) a diplomados y licenciados.
En los setenta, yo estudié ATS y la propia palabra ya traslucía un enfoque muy dependiente del médico porque eras ‘ayudante’. Después, en los ochenta, surgió la diplomatura de Enfermería (tres años) y tuvimos que examinarnos de nuevas asignaturas. Me acuerdo muy bien porque coincidió con el nacimiento de mi primer hijo (se ríe). Después, con el Plan Bolonia, se convirtió en licenciatura (cuatro años) pero lo más importante es que permitieron los estudios de posgrado. No podíamos hablar de un trabajo interdisciplinar y colaborativo con otras profesiones, si a la Enfermería no se la reconocía como una disciplina más. Ahora hay una investigación específica y generamos conocimiento.
CON SUS HIJOS Y SU PADRE
¿Usted siempre supo que quería ser enfermera?
Sí, sí, desde niña. En parte, alentada por mi padre, que era un obrero de Olazagutía. Repasando las firmas y dedicatorias de mis compañeras de Bachiller al terminar el colegio, ya me decían que iba a ser una buena enfermera y hablaban de mi sonrisa. A mí, al principio, lo de la sonrisa me daba rabia y me parecía un poco banal pero, al hablar con pacientes, me he dado cuenta de que para el enfermo es muy importante porque le da esperanza.
En tantos años de profesión, habrá atendido a muchos pacientes, pero ¿hay alguno que se le haya quedado grabado?
Me acuerdo de un señor al que había que hacerle curas muy complicadas y sufría mucho. Un día, después de la cura, entraron los médicos y dijeron que había que levantársela para la exploración pero yo les pedí que no, que lo hicieran al día siguiente. Aquel señor me dijo: ‘Maribel, quiero que estés siempre conmigo’. También recuerdo a una mujer joven que estaba muy grave. Y una noche, hubo que tomar una decisión importante. El marido estaba sufriendo mucho y tuvimos que despertarla a ella para ver qué quería hacer. Yo era muy joven y aquella noche lo pasé mal. En otra ocasión, vinieron dos personas muy famosas de la tele para hacerse un chequeo y yo atendí a una. Por la mañana siguiente, me llamó una compañera para decirme que aquel al que yo había atendido se había puesto muy grave y había muerto. Lo primero que le pregunté es si yo había hecho algo mal o me había descuidado. Pero, no. Mi actuación había sido correcta.
¿Cómo separa esas situaciones de su vida privada? ¿Se quitaba el uniforme y se iba con sus hijos?
Es un aprendizaje profesional muy importante y aún supone una asignatura pendiente. Tú atiendes a un paciente como enfermera y como persona. Y cuando estás con un enfermo lo tienes que conocer y llegar a su intimidad hasta donde se necesite, no más. El paciente te importa y te preocupa, te da trabajo y sufrimiento. Pero lo que no puedes hacer es irte a casa y no dormir en toda la noche. Hay que saber manejar esa relación pero con cierta distancia. Yo he visto morir a pacientes y se me han saltado las lágrimas. Es humano pero hay que saber manejarlo.
Personalmente, ¿le ha tocado cuidar de su familia?
Cuando mis hijos eran pequeños he sido siempre muy serena y nunca me he puesto en lo peor. Era algo innato en mí. Una de mis hijas se cayó por las escaleras y empezó a vomitar. Llamé a una amiga neuróloga, pensando que me iba a decir que no era nada, pero me insistió en que la llevara a hacer un escáner (se ríe). Finalmente no fue nada. A mi padre me tocó cuidarlo en casa, con la ayuda de mi hermana, dos meses antes de morir. Fue muy duro pero nunca le dejamos solo. Le preguntábamos: ‘Aitatxo, ¿cómo te sientes? Estamos contigo’ Y él nos aseguraba que sentía mucha paz.