Galardón

Discurso íntegro de Julián Quirós, premio José Javier Uranga

El director de 'ABC' recibió el reconocimiento este miércoles 2 de abril en un acto celebrado en la catedral de Pamplona

Fotos de la entrega del premio José Javier Uranga a Julián Quirós.|
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Fotos de la entrega del premio José Javier Uranga a Julián Quirós.|
Fotos de la entrega del premio José Javier Uranga a Julián Quirós.|

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Diario de Navarra

Actualizado el 02/04/2025 a las 20:14

El director del periódico ‘ABC’, recibió este miércoles 2 de abril por la mañana el galardón que concede la Fundación Diario de Navarra en recuerdo a quien fue su director desde 1962 a 1990. Este es su discurso. 

Discurso de Julián Quirós tras recibir el premio José Javier Uranga
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Discurso de Julián Quirós tras recibir el premio José Javier UrangaDAVID GARCÍA
Discurso de Julián Quirós tras recibir el premio José Javier Uranga

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Discurso íntegro de Julián Quirós

Buenos días.

En primer lugar quiero darle las gracias a todos ustedes por su presencia; a las autoridades, colegas y personalidades de la vida pública de Navarra. Es un verdadero  estímulo estar aquí, rodeado y bien arropado desde ayer, es un placer volver a  Pamplona, una ciudad donde se dan la mano la modernidad y la tradición, la identidad genuina y propia y la vocación de apertura al resto de España y por supuesto también al mundo, y una ciudad por cierto tan atenta a la formación de periodistas desde hace  muchas décadas.

Y también, mi primer saludo ha de ser para María Josefa, la viuda de José Javier Uranga, y para sus hijos Carmen y Jesús. Os traslado mi afecto, mi gratitud por haber venido, y la admiración y respeto al hombre que más allá de grandísimo periodista fue vuestro esposo y padre. Sólo los periodistas sabemos que la dedicación a este noble oficio exige más sacrificios, generosidad y entrega a las familias que a nosotros mismos. La vida de las familias de periodistas, de sus parejas y descendientes, están llenas de tal cantidad de renuncias grandes y pequeñas que es posible que nunca podamos compensarlo. Ocurre esto en la práctica habitual de la profesión, sujeta a cambios constantes, pero  cuando al día a día del oficio se le añade una amenaza física y asfixiante como el letal terrorismo sencillamente eso es algo que sólo podéis calibrar los afectados. Quede aquí pues mi reconocimiento afectuoso pero también mi felicitación por haber sido partícipes de las extraordinarias vivencias y calidad humana de José Javier Uranga.

Y mi gratitud imposible de cuantificar a la Fundación Diario de Navarra por este inesperado reconocimiento, tanto que me tiene algo atribulado; así es, tengo que  reconocer que la comunicación del fallo dejó algo de conmoción en mí por toda la significación que lleva detrás, y que obliga a hacer lo que esté en nuestra mano por ser digno merecedor de esta concesión. Muchas gracias pues al jurado de la Fundación Diario de Navarra.

Ayer pudimos hablar de periodismo en la conversación que mantuve con el director de Diario de Navarra, Miguel Ángel Riezu, convocados por Cociudadana. Mañana  volveremos a hablar de periodismo, porque cada día debemos insistir en la importancia  crítica y el valor trascendente del periodismo en las sociedades democráticas, más  ahora, cuando la eclosión digital está afectando a los pilares del ejercicio profesional y sobre todo a la médula de la discusión pública y al nuevo rol de los distintos poderes  frente al derecho a la información de los ciudadanos. 

Pero hoy permítanme que, en un acto como este, tan cargado de significado, prefiera usar estas palabras para rendir un sentido homenaje a José Javier Uranga y a las  generaciones que precedieron a quienes ahora tenemos la responsabilidad de este  desempeño. Me siguen extrañando esos periodistas, o esas personas de la rama que  sean, que no tienen una palabra para los demás, convencidos de que han llegado a sus  logros ellos solos, sin ayuda, que todo les es debido, que nada adeudan ellos a contemporáneos o predecesores, persuadidos de su carácter único y providencial.

Uno cree en el periodismo de Redacción, de las redacciones, conforme testimonié en la  reciente entrevista que me hizo Marcos Sánchez en Diario de Navarra. El periodismo  profesional consigue sus mayores aciertos por la aportación de muchos a un todo, por  la agregación de valor desde distintas funciones y tareas colaborativas. Disiento del  periodismo profesional concebido como un universo de estrellas o celebridades  divergentes. Las grandes marcas periodísticas deben tener de todo, incluso influencers, pero las coberturas, investigaciones y seguimientos informativos sólo pueden sustentarse con redacciones sólidas y profesionales donde se suman inteligencias y  habilidades de distinto perfil y donde resalta una cosmovisión determinada a la hora de  comprender y explicar el transcurso de la actualidad y del mundo.

Soy por tanto muy consciente de que al galardonado de esta edición lo hace grande y ennoblece aquel que da nombre a este premio. Y empezaré quizá por el final o lo menos  destacado de la biografía de José Javier Uranga pero que en realidad es una decisión  que también da sentido a su trayectoria entera y toda una declaración de intenciones.  Un asunto quizá rutinario o administrativo pero que ilumina el temperamento de  Uranga. Uranga se jubiló voluntariamente a una edad razonable, la que tocaba, como cualquier otro profesional. Esto no es una obviedad, porque entonces y más ahora  existe una resistencia a abandonar los puestos de relumbrón, las posiciones de poder. En definitiva, resistencia a dar un paso atrás o simplemente al lado para ceder el paso a  la siguiente generación. Compruebo que muchos periodistas vascos y navarros que he  conocido y admirado, víctimas de la presión etarra, han obrado de forma similar a  Uranga en lo que respecta a no perpetuarse en la dirección de periódicos. El último de  ellos ha sido hace unos días Josemi Santamaría, de El Correo, desde aquí mando un  fuerte abrazo a Josemi, pero también cabe mencionar a muchos otros colegas de los  que tanto hemos aprendido y que sin embargo supieron llegar y salir ligeros de  equipaje: Inés Artajo,

Juan Carlos Martínez, José Gabriel Múgica, Ángel Arnedo. Y podría mencionar directores  bien conocidos de otras latitudes, pero quedémonos con el ejemplo de  Martin Baron, que pasó la semana pasada por España. El mejor director del mundo  occidental desde el cambio de siglo, con 18 premios pulitzer, director de The  Washington Post y The Boston Globe, también supo levantar la mano a tiempo, ser  generoso y dar oportunidades a los siguientes del escalafón. Porque cuando lo has  entregado todo durante 30 o 40 años, cuando has formado a varias generaciones de  periodistas, cuando te has vaciado de hecho, cuando no has querido nada más que  coser periódicos día a día, tarde a tarde, se entrega el testigo con alegría satisfecha a la  siguiente generación; se procede al relevo sin más, sin amarrarse a la silla, al poder de la  silla de Director. Ahí parece encontrarse una señal profunda de honradez profesional.  Permítanme la licencia, tan literaria como quizá improcedente, pero también Napoleón presumía de que dejaba a sus generales exhaustos, para el arrastre, incluso presumía de  que no volvían a miccionar con soltura después de trabajar paraél, porque no había  según Bonaparte más honor para un hombre o un soldado que servirle. Nosotros no estamos al servicio de ningún emperador, pero sí al de un ideal noble como el buen  periodismo.

He leído con verdadero interés la estupenda biografía de Miguel Ángel Iriarte sobre José Javier Uranga para conocerle mejor. Y me han venido al recuerdo mis años como director de Las Provincias, una cabecera donde también se defiende la natural  singularidad territorial integrada en un sentido amplio de españolidad y espacios,  historia y vínculos compartidos. Agradezco lo que José Antonio Zarzalejos, predecesor  mío en este premio y en la dirección de ABC, escribió sobre uno el domingo pasado en Diario de Navarra cuando dijo que disponía también de una perspectiva periférica y por  lo tanto integradora de toda España. Creo en ello, sin duda. Y al fin es lo mismo que dijo  el Rey Don Felipe en su discurso de proclamación: “caben distintas formas de sentirse  español”. Represento a un periódico, ABC, que cree con firmeza en la defensa de las  libertades públicas, los derechos individuales, la separación de poderes, la  independencia judicial, el derecho a la información, la libertad de empresa y la monarquía parlamentaria constitucional. Y que cree igualmente en una idea nacional  que nos trasciende y conecta los diferentes pueblos de España, con sus singularidades,  en un espacio físico, histórico, sociopolítico y espiritual indiscutible.

Lo lamentable es que cuando más fácil teníamos defender esos logros colectivos se  están poniendo en cuestión y debilitando. El último medio siglo ha sido de lo mejor de  toda la historia de España, en todos los órdenes y cuando más fácil teníamos consolidar  un modelo civilizado y próspero que ponía fin al guerracivilismo, otra vez algunos  prefieren volver a los demonios antes que al entendimiento. La deserción del consenso  constitucional supone una amenaza para nuestro futuro y no tenemos derecho a negarles a las jóvenes generaciones un país con las mismas oportunidades y concordia  como la que hemos disfrutado nosotros.

Diario de Navarra es una referencia sólida sobre todo esto. Un proyecto prodigioso nacido en aquel siglo XX que resultó ser el siglo de los periódicos, del periodismo  profesional, de la potencia de la prensa como uno de los rectores de las sociedades  modernas. Cuando algunos burgueses se decidían a aportar capital para poner en  marcha un periódico que representara y defendiera ideas y principios capitales. En el  caso del Diario de Navarra, por supuesto la defensa de la autonomía editorial y la independencia informativa, así como algunos valores esenciales que acabo de  mencionar, pero también la convicción de un profunda identidad navarra como signo  particular de españolidad, de esa manera de sentirse españoles de la que hablaría Don  Felipe un siglo después. Los fundadores del Diario de Navarra entendieron que podían  tener un programa, un ideario, sin subordinarse a un partido político o a un líder. Subrayaban palabras hermosas en su acta fundacional: “una sed grande de  imparcialidad, de verdad y de justicia… que el oprimido halle en nuestra voz un eco, y el  opresor, una censura”. 

Permítanme que les señale que en la otra punta de España, en el Mediterráneo, otro  burgués vino a decir algo parecido con palabras no muy distintas al fundar su periódico:  “Venimos a ser la voz de los que callan, las voz del pueblo que quiere ser justa,  económica y prudentemente gobernado”. Por eso mismo creo que, más allá de la  prensa de Madrid, existen una decena de periódicos regionales claves en un futuro  inmediato para defender esa idea nacional compartida que está amenazada y sin  embargo ha sido siempre plenamente compatible con la diversidad territorial. La gran  prensa regional todavía tiene muchos servicios que prestar más allá del día a día de sus  pueblos y ciudades. 

Resulta inevitable referirse al atentado de ETA contra José Javier Uranga en el verano de 1980, sé que todos ustedes lo conocen sobradamente y procuraré no pecar de  reiterativo. Al menos veinte balazos impactaron en su cuerpo después de que los  terroristas Bittori y Taxto empezaran disparándole a las piernas. Primero a las piernas,  para hacerle caer, como a Montanelli tres años antes. Decía el viejo Indro: “quien haya  estado en la guerra sabe que las heridas en las piernas, independientemente de su gravedad, provocan una flojera inmediata”. De Milán a Pamplona, de las Brigadas Rojas  a ETA, resulta curioso cómo el execrable terrorismo hermanó a dos grandísimos  periodistas en un atentado replicado camino de sus periódicos. Según declaración  propia, tras recibir cuatro disparos, Montanelli gritó “cobardes” a sus asesinos. No deseo frivolizar, pero en la reacción de ambos se adivina la distancia temperamental  entre los distintos caracteres nacionales. De hecho, Montanelli tiene escrito que el temperamento  español se caracteriza por su tempo serio, recio y grave. El italiano gritó  “cobardes” y el navarro Uranga hizo de español y de periodista en sus primeras palabras  tras ser derribado: “Ha sido una mujer, la perdono, que venga un cura”. 

Permítanme también que más allá de la heroica supervivencia a un atentado pavoroso, me conmueva su vuelta a la escritura, al artículo del periódico local, evitando cualquier  rastro de épica personal. Lo hizo en su sección, el 6 de septiembre de 1981, sin apelación  directa al atentado, con contención, me impresiona ese principio,  aparentemente anodino, de retrato íntimo y cotidiano. Escribía: “He vuelto al campo, al  paisaje, con los ojos de siempre…, he vuelto a recorrer Navarra de arriba abajo”. Un hombre que acaba de estar casi un año en el hospital, que ha recibido nuevas amenazas  feroces del terrorismo, elude todo protagonismo personal y vuelve para  hacer cuentas con su paisaje y territorio, cuentas consigo mismo. 

“Como víctima, me sentí totalmente desprotegido, no me hizo caso nadie y vivimos a la  intemperie”. Lo declarará Uranga tiempo después, acerca de los años de plomo. Uno  recuerda bien la primera vez que pisó la redacción de El Correo en Bilbao, a finales de  los noventa. Me mandaron desde el diario SUR de Málaga para aprender alguna cosa y  no he olvidado la tenue inquietud que sentía pese a que no ocurría nada anormal en un  día anodino. Sólo que Ángel Arnedo y Paco Beltrán tuvieron la deferencia de invitar a  comer a un joven redactor jefe que estaba de visita y recuerdo la tensión de sentarme en  el mismo coche que ellos. Con guardaespaldas y otro automóvil de refuerzo.  Tuvimos que esperar varios minutos con el motor encendido a que nos permitieran salir  del edificio a toda prisa y al bajar alguien me previno con antelación: ahora sal rápido y  cruza la puerta del restaurante. Durante la comida callábamos cuando entraba un  camarero en el reservado y al volver al periódico dimos alguna vuelta alrededor de la sede antes de que la seguridad autorizara la entrada. Quizá no ocurriera exactamente  sí, pero así lo percibí desde mi extrañamiento andaluz. Nada pasaba en realidad, pero  las propias medidas de seguridad ya te hacían sentir intranquilo, como una amenaza  latente o desafiante. Ángel Arnedo me contestó hace pocos días, “te acabas  acostumbrando a todo”, y me aclaró los dos consejos básicos que le dio un ministro de  Interior para protegerse: “no salgas en ninguna foto y duerme en distintos domicilios”. Aquellos episodios conformaron la experiencia generacional a las que aludo; el miedo  físico, el temor real. Por eso conviene que los demás no nos adornemos demasiado  respecto a las distintas presiones que recibimos en la actualidad, comparadas con las  que sufrieron Uranga y todos los profesionales de su época.

Acabo mi tributo con unas pocas palabras que escribí en otras pendencias, pero que modestamente intentan valer como retrato íntimo o desahogo lírico de 35 años de  actividad periodística: Soldado entusiasta fui de un oficio sanguinario, mi hermandad  labré con otros descreídos que probaron fortuna en el molde de los periódicos. 

Sirvan como cuadro vivencial. Y tributo a las generaciones que nos legaron experiencias,  ejemplo, un ramillete de usos profesionales así como algunos principios  doctrinales para que lleváramos adelante nuestro desempeño. Por eso, me gustaría  enlazar el reconocimiento a las generaciones precedentes con el estímulo y refuerzo a  los jóvenes periodistas, a las nuevas generaciones. A quienes han llegado a las  Redacciones en los últimos años y a quienes llegarán pronto. No sólo de ellos es el  futuro, sino que nuestro presente depende también de ellos. Esa es la obligación de  quienes ahora estamos en los puestos de responsabilidad.

Por tanto, me gustaría dedicar este premio a los jóvenes periodistas de Diario de  Navarra y de ABC, a todos los jóvenes periodistas si me apuran. A todos los nuevos  profesionales a los que tanto le pedimos a cambio de devolverles menos de lo que nos  gustaría en estos tiempos de tránsito y dificultades. 

Desgraciadamente, para nuestros periodistas más jóvenes vuelve a ser cierto aquello  que escribió el mítico Yale en sus memorias. Decía: “yo he recomendado a varias  generaciones de periodistas que pidan anticipos, aunque no los necesiten, siempre hay  que hacerle creer a la empresa que no ganamos lo suficiente”. Esta precariedad vuelve a  ser una tórrida realidad, dentro y fuera del periodismo, y debería ser una  responsabilidad de todos, empezando por los poderes públicos, satisfacer las  necesidades y aspiraciones de nuestros jóvenes antes que recrearse en batallas de otras  épocas que ya fueron superadas. Por tanto, termino con mi reconocimiento a los  periodistas, de la edad que sea, que no han perdido la fe en el oficio ni la vocación,  estén donde estén. En fin, la fe, la ética y la estética que nos enseñaron referentes como  José Javier Uranga.

Muchas gracias a todos

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