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Concierto

Loquillo, animal de rock and roll en el Arena

Cientos de pamploneses siguieron el concierto que la pandemia suspendió hace casi un año

Concierto de Loquillo en el Navarra Arena
Concierto de Loquillo en el Navarra ArenaJesús Caso
Actualizado el 06/11/2021 a las 23:53
La cita se había concertado hace casi un año, en diciembre. No pudo ser, por la pandemia y las restricciones en los conciertos. Loquillo saldó este sábado 6 de noviembre la deuda con un concierto para proclamarse 'El último clásico', que es como se titula su último disco, y para reencontrarse con el público pamplonés. Fue además el primer concierto sin limitaciones más allá de la obligación de la mascarilla. Pudo haber sido con Rozalen, pero como tuvo lugar al poco de levantarse la reducción de aforos, se decidió mantener tal y como estaba. El concierto siguiente, el del rapero Rels B se suspendió.
En todo caso, no fue un lleno de los de los tiempos de la normalidad. Entre que quedaron entradas a la venta, y que quizá no se forzó la ocupación del pabellón, el caso es que faltando minutos para comenzar el concierto la pista estaba, como mucho, a medio llenar. Las mayores colas las sufría el guardarropa. En el Arena hacía calor, y el abrigo para los fríos de fuera molestaba.
Todo arrancó con redoble de tambor, siete minutos después de las 21.30 horas. Una introducción instrumental dio paso a Los buscadores, el tema que habla de vikingos leales a su clan y caballeros buscando el santo grial que también abre su último trabajo. Loquillo, altísimo y vestido de negro, no podía ser de otra forma, dominaba el centro del escenario, flanqueado por la batería de Laurent Castagnet, el bajo de Alfonso Alcalá y las guitarras de Josu García, Igor Paskual y Pablo Pérez.
Un público más maduro que joven en su mayoría siguió con aplausos El hijo de nadie, una de esos temas en los que José María Sanz, barcelonés del Clot, se declara animal de rock and roll; Una línea clara, donde se proclamarse seguidor del pensamiento ilustrado, y Sol, de ese disco Balmoral que fue en muchos sentidos un antes y después en su carrera.
Había, como es ley en todo concierto, más entusiasmo en las primeras filas y en la pista que en las gradas. Las canciones caían sin pausa ni introducción. Solo un "salud Pamplona", que precedió, claro, a esa canción saludo que es Salud y rock and roll. En un escenario sencillo, donde destacaban una barras verticales de luz, sonó Sonríe justo antes de que Loquillo dedicara con respeto a dos grandes de Francia, Jean Paul Belmondo y Johnny Holliday, Cruzando el paraíso, el tema que grabó para Balmoral con el cantante galo y que, ya sí, fue creado con más contundencia. "Para ti la vida que te lleva, para mí la vida que me quema", dice la canción que levantó los mayores aplausos a mitad de concierto. Continuó con canciones como Creo en mí, también de su último trabajo, que el público ovacionó. Pero nada comparado con lo que ocurrió poco después con El rompeolas, coreada y aplaudida con las ganas con las que se cantan esas canciones que todos esperaban.
Las canciones nuevas se aplaudían pero las viejas eran otra cosa. Carne para Linda, que cantó Loquillo desde el foso, se creó con ganas, y El rey del glam, que dio pie a un descanso del que regresó con una una dedicatoria a los profesionales del espectáculo y una de esas canciones cuya letra definen el pensamiento del catalán, Rock and roll actitud. Aún volvió a canciones recientes como La vampiresa del Raval, pero el ambiente estaba para otra cosa. Para El hombre de negro, para La mataré, para El ritmo del garaje, y entonces todo el Arena cantó que tiene una banda de rock and roll. Siguió con Feo fuerte y formal y el pabellón de sonrisas de complicidad y de un tipo un tanto animal en el fondo un sentimental. Falto Hawai, faltó el camión que hace feliz, pero no el Cadillac solitario que cerraría el concierto pasadas las 23.30.
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