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ESTACIÓN DE LIBROS

El balcón en invierno, Luis Landero

Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Publicado el 24/11/2019 a las 06:00
La búsqueda de lo veraz en literatura. De eso que empieza más allá de lo verosímil. De aquello que, no sólo es creíble, sino que tiene la virtud de llegarnos a través del libro como algo sincero. Como el resultado de un ejercicio de honestidad por parte del autor. He ahí, en definitiva, el objetivo último de la escritura.
Es difícil lograrlo con una novela. Por medio de la ficción. Sí, porque a menudo las historias imaginadas se convierten en un compendio forzado de sucesos, de avatares, de hechos que no incumben en absoluto a quien las narra. Que no le rozan en ningún momento. Que no surgen de su corazón ni tienen nada que ver con su alma. Son apenas un fajo de páginas con un puñado de personajes monstruosos por irreales, de criaturas obligadas por el autor a vivir situaciones que ni siquiera él se cree.
Entonces se abre la otra puerta. La del mundo no ficticio. La del universo autobiográfico. En las ocasiones donde lo inventado fracasa desde el punto de partida, antes incluso de adquirir forma, la literatura nos ofrece a los escritores ese camino alternativo. Alternativo porque la meta va a ser la misma de siempre. El propósito va a ser también aquí, también ahora, persuadir al lector con un conjunto de palabras, con una serie de frases, con un relato capaz de conmoverle.
Eso es lo que encontramos en este libro. Por ahí discurre El balcón en invierno. Después de pelear en vano con un argumento insostenible, Landero decide desechar ese conato de novela y dirigir la vista hacia otro sitio. Hacia sí mismo. Hacia su vida. Hacia la de su familia. Deja de fabular y empieza a escribir. Y la prueba de que ha acertado con ese quiebro, con ese cambio de rumbo, es que la narración fluye sola, se vuelve incontenible, se hace necesaria como una verdad que nadie más puede revelarnos.
No es tan sencillo. Me refiero a trabajar a partir de la memoria. A reelaborar lo vivido. No, porque no todas nuestras experiencias son literarias. No todos nuestros recuerdos son susceptibles de transformarse en un artefacto estético. No todo lo que nos impactó, traumatizó o emocionó en la realidad continúa provocando esos mismos efectos cuando tratamos de reproducirlo por escrito.
También ahí acierta Landero. En esa selección inevitable. El autor escoge unos cuantos hitos de su existencia y vuelve una y otra vez sobre ellos. Elige la muerte prematura de su padre en 1964, el descubrimiento de su vocación en 1969, su infancia en Extremadura hacia 1950 y el comienzo de este libro en 2013. Sabe que ésos son los escenarios del mismo, las fechas importantes para él. Advierte una especie de revelación en ellas. Pequeñas epifanías dignas de contarse. Intuye desde el principio que las demás etapas de su vida son irrelevantes para el lector.
De modo que ya hay una intención en la estructura. Una manera diferente de narrar. Y es que esa alternancia de instantes, esas idas y venidas en el tiempo, crean una circularidad y un ritmo que no logra una autobiografía convencional. Si a eso le añadimos la combinación de voces narradoras, los relevos entre el yo y el por parte del autor, ya tenemos un estilo para la obra. Lo curioso es que es ésta quien manda. Quien dispone. Sí, yo estoy seguro de que fue la propia escritura la que susurró a Landero esos cambios, esa colaboración de voces, ese reparto de roles en la transmisión de la historia. Se nota que el escritor escuchó a su libro.
Ah, y más allá de todo eso, queda el homenaje a los otros. A sus parientes vivos y muertos. A personas de las que nadie se ocupa en literatura. A individuos que no son héroes ni antihéroes. Que no protagonizan hazañas ni cometen crímenes capaces de convertirlos en personajes de thriller y que, sin embargo, merecen unas páginas impresas. Landero se las dedica no sólo porque sean sus familiares, sino porque sabe que también hay algo de proeza en los afanes, los empeños, las industrias, los sueños, los inventos y los esfuerzos de los hombres y mujeres corrientes. Que también hay un destello de gloria en cada uno de ellos. Que todos nosotros somos un pequeño esplendor mientras vivimos.
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