Los buceadores de La Mañueta
Hace 4 años, los pamploneses de La Mañueta, Edurne Ruiz, de 33 años, y su pareja Daniel González, de 38, cargaron su casa en un furgoneta, embarcaron en un ferry, y zarparon hacia el sur de Tenerife. Aquí abrieron un centro de buceo.


Actualizado el 28/07/2017 a las 11:34
Una chapela roja de la peña Muthiko Alaiak cuelga en la pared de un centro de buceo al sur de Tenerife. Entre trajes de neopreno, botellas de aire comprimido y un cierto olor a mar, también se distingue en una mesa un pañuelico rojo y una bota de vino de moscatel. Son las nueve de la mañana y Edurne Ruiz Zúñiga y Daniel González Gómez, dos pamploneses de La Mañueta, organizan la primera inmersión del día. Hoy toca sumergirse en la zona del Bufadero, con un rico ecosistema subacuático en el que conviven tortugas, rayas, tiburones angelotes...
La saga familiar de los Ruiz Zúñiga ha mantenido a lo largo de su historia un estrecho idilio con el mar. Incluso sus padres, Alterio Ruiz y Conchi Zúñiga, y su hermano Javier son buceadores. Pero ¿a qué se debe este relación con el mar? Asterio contesta, medio en serio medio en broma: “Navarra tiene más centros de buceo que San Sebastián. No hay que olvidar que Urbasa fue un gran mar y... ¡además algún día conquistaremos Hondarribia!”, apostilla, entre risas.
Cuentan las crónicas que la calle Mañueta de Pamplona, lugar donde nació y creció la familia Ruiz Zúñiga y antepasados, era antiguamente un barranco que conducía las aguas de las calles Curia, Navarrería y Mercaderes al río Arga por la cuesta de Santo Domingo. En esta callejuela, conocida como la rúa de los Caños, Fredesvinda Sáenz y Asterio Merino abrieron en el año 1934 una pequeña tienda de arreglos de ropa y calzados a la que llamaron Cremalleras La Mañueta, y que heredaron su hija María y su marido Esteban Ruiz.
Aquí, en La Mañueta, nacieron los tres hijos de Esteban y María: Pedro Mari, Asterio Javier y Fermín. Estos dos últimos se encargaron del negocio familiar unos años más, hasta que Asterio -casado con Conchi Zúñiga- decidió finalmente dirigir sus propios comercios. Y aquí también crecieron sus dos hijos, Edurne y Javier.
Aunque la tienda era la costura de sus vidas, el mar fue su refugio. Hasta la costa de Zarautz y Santander acudían “cada vez que podían” Esteban y María, recuerda su nieta Edurne. Y esta pasión recaló especialmente en el mediano de los tres hijos, en Asterio, quien no tardó en sacar el título de patrón y de buceo.
En realidad, Edurne nunca pensó que acabaría siendo instructora de buceo y mucho menos en Tenerife. Esta licenciada de Económicas se encargaba de la gestión del personal de las tiendas que regentaba su padre. Una vez que éste se jubiló, la joven optó por tomar un nuevo rumbo. Sin saberlo, se echó en brazos de “la” mar. Y eso que de pequeña no quería saber nada de “ella”. “No se me ha perdido nada ahí abajo...”, recriminaba a sus padres a bordo de la lancha zodiac a la que se subían cada verano en la Costa Brava.
Esta relación fría y distante con el mar perduró hasta el 2004, cuando Edurne cumplió su sueño de ver de cerca delfines. Los cetáceos se encargaron de eliminar este miedo al mar. Lo disolvieron como un puñado de arena.
Aprovechando la oportunidad que le brindaba un centro de buceo de Navarra, que organizaba un viaje a Roatan (Honduras) para poder ver a estos cetáceos, Edurne se sumó al viaje sin saber muy bien qué le esperaba. Los integrantes habían urdido un plan para que sacara el título de buceo. Tenía 20 años. Meses antes de partir, le contaron que la única manera de poder ver los delfines, al menos de cerca, era buceando. Tal confabulación resultó, porque en realidad no hacía falta bucear. “Total que con el agua a la altura de los tobillos se podían ver. Pero, bueno, nadie me lo dijo para que hiciera el curso”, ríe.
En cualquier caso, el buceo le ayudó a cumplir su sueño y encima conoció a su pareja. En aquel viaje a Honduras coincidió con Dany, Daniel González Gómez, un salmantino que había trabajado como transportista y gruísta, y llevaba buceando desde el año 2003. A su regreso a España, Edurne se puso a trabajar en el mismo centro de buceo en el que trabajaba Danny, en San Sebastián, iniciando de esta manera un nuevo recorrido profesional.
Cambio de vida
Dany y Edurne obtuvieron los certificados de instructores en el 2008 y en el 2010, respectivamente. Pero los años pasaban, entre borrascas meteorológicas y económicas: al mazazo de la crisis se sumaba el frío, la lluvia y la dedicación plena que llevaban a cabo en un negocio que no era el suyo.
“Necesitábamos un cambio”, reconocen. “Buscábamos emprender y creamos un club de buceo en Pamplona”. Al mismo tiempo, en febrero o marzo de 2013, comenzaron a enviar su currículum “a diferentes centros de buceo, de Madrid para abajo”. “Y nos contestaron de uno”, añaden, “porque querían venderlo. Así que pensamos en esta opción”.
Sin embargo, había un detalle que no les encajaba. Había que ir a vivir a Hierro. “Y la isla nos echó para atrás. No nos convencía”. No se rindieron. “Seguimos buscando centros a la venta y encontramos Sa Caleta, al sur de Tenerife. Nos pusimos en contacto con la pareja que lo vendía, durante un mes nos enseñaron los fondos... y nos vinimos”, sonríen.
“Hablamos con el banco, metimos toda nuestra casa en la furgoneta y el 6 de julio, a las 12 del mediodía, entre lágrimas mientras escuchaba el chupinazo por la radio, zarpamos en ferry a Tenerife”.
Lo más complicado de este cambio de vida, aseguran, ha sido la burocracia. “Aquí es todo mucho más lento que en la península, pero se vive muy bien”. Desde entonces celebran cada año el chupinazo, en el agua y fuera. “No faltan los pañuelicos rojos, las magras con tomate y el champán”. Y así lo festejaron hace unos días (se puede ver en www.sacaletatenerife.com).
Las dos inmersiones de la jornada finalizan a las dos de la tarde. Hay que volver. Entonces, Asterio saca la bota de vino con moscatel. El primero en refrescar el gaznate es Antonio Sanchís, un médico... de 81 años.