

La dura posguerra enturbia el legado de Wilson y hunde al Partido Demócrata (1920)
El segundo mandato de Woodrow Wilson, marcado por decisiones controvertidas y problemas de salud, desgastó a su partido y puso en bandeja la Casa Blanca al candidato Republicano, Warren G. Harding
Actualizado el 08/10/2020 a las 06:00
Elección presidencial: trigésimo cuarta
Fecha: 2 de noviembre de 1920
Votantes: 26.788.225
Estados: 48
Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)
Warren G. Harding: votos populares, 16.166.126; votos electorales, 404
James M. Cox: votos populares, 9.140.256; votos electorales, 127
Wilson, muy debilitado, terminó por firmar la paz que habían pergeñado entre Francia y Gran Bretaña. Así, no pudo imponer su visión del mundo y del futuro, la cual había sustanciado en esos famosos 14 puntos de los que derivó posteriormente la creación de la Sociedad de Naciones. Esta entidad, precursora de las actuales Naciones Unidas, emprendió así su camino con un tropezón: con una paz que solo podía sentar las bases para una futura guerra. Y quizá el problema de todo esto fuera la inoportuna enfermedad de Wilson.
Curiosamente, el proyecto patrocinado por Wilson de crear una entidad supranacional que velara por la paz causó un hondo descontento entre buena parte de su partido, el Demócrata, y también en la población de Estados Unidos. Y lo hizo a pesar de que la mayoría del país había apoyado la entrada en la contienda en el año 17; más aún, fue la opinión pública la que empujó a Wilson a romper su promesa electoral de mantener la neutralidad. Sin embargo, una vez derrotadas las Potencias Centrales, el país abrazó su tradicional aislacionismo.
Pero quizá merezca la pena explicar cómo la opinión pública experimentó una mutación tan radical entre la campaña electoral de otoño de 1916 y la primavera de 1917. Para conseguir tal cambio de parecer hizo falta que Alemania cometiera errores de bulto: primero, declaró su intención de reanudar la guerra submarina indiscriminada y, segundo, envió un telegrama al gobierno mexicano promitiéndole ayuda si declaraba la guerra a su vecino del norte, pero éste fue interceptado por Gran Bretaña y salió a la luz. El pueblo estadounidense reaccionó con ira y exigió la intervención en la guerra... aunque no todo el pueblo, desde luego. Es más, las nutridas comunidades de migrantes alemanes e irlandeses se opusieron ruidosamente: unos por amor a su antigua patria; los otros, porque Londres era su enemigo jurado, como ya explicamos al analizar la estrategia electoral conocida como "retocer la cola del león". Ni unos ni otros le perdonaron a Wilson haberse alineado con la Entente.
A la creciente impopularidad de Wilson se unió la errática marcha de la economía. El fin de la guerra provocó el desplome de la demanda internacional y paralizó las exportaciones americanas. Esto derivó en una alta inflación y en unos niveles de desempleo desconocidos hasta entonces en el país. La situación provocó graves disturbios raciales durante el "Verano Rojo" (ver "La lupa"), también generó huelgas masivas en industrias fundamentales e incluso se vivió una oleada de atentados terroristas con el sello del anarquismo en contra de representantes políticos y judiciales.
Wilson estaba fuera del suelo norteamericano cuando estalló la espiral de violencia descrita. Había viajado a Europa en 1919 para firmar el Tratado de Versalles, momento en el que enfermó de la gripe española. Después, tuvo la oportunidad de recoger el Premio Nobel de la Paz. Por fin, cuando pudo regresar a su país, se encontró con una recepción mucho menos calurosa que lo que hubiera podido desear. Pero no se rindió. Decidido a recuperar su imagen, se lanzó a una extenuante gira para explicar las bases de la paz acordada en Europa. Por desgracia, quizá pagó el esfuerzo, ya que el 25 de septiembre de 1920 sufrió una apoplejía y quedó prácticamente inválido.
Que un presidente viviera pero no tuviera facultades para cumplir con las obligaciones de su cargo era algo que ya había ocurrido a lo largo de la historia de Estados Unidos. Por ejemplo, James Garfield permaneció más de dos meses postrado en una cama antes de fallecer tras sufrir un atentado en 1881. En aquella ocasión, el vicepresidente de turno, Chester A. Arthur, ejerció el poder desde la sombra, pero sin acceder formalmente al cargo de presidente hasta que fue estrictamente necesario. Cuando Wilson quedó incapacitado, su vicepresidente Thomas R. Marshall tuvo idéntica deferencia. Es más, en el caso de Marshall las habladurías del momento dijeron que su cortesía fue tal que el poder real quedó en manos de la esposa de Wilson, Edith, lo cual llevó a un senador Republicano a calificar esta etapa como de "gobierno de las enaguas". Fue precisamente en este momento, con Wilson fuera de la ecuación, cuando el Senado rechazó la ratificación del Tratado de Versalles e hirió de muerte a la Sociedad de Naciones.
Wilson, desde luego, había quedado descartado como candidato a la reelección, de modo que el Partido Demócrata tuvo que afanarse en la búsqueda de un sucesor. Marshall, el vicepresidente, estaba desacreditado por su discreto papel a la sombra de Edith Wilson y tampoco podía ser una carta ganadora. Se hizo necesario "tirar de listas" para encontrar a un hombre que pudiera seducir al electorado, y al final la responsabilidad recayó en James M. Cox, un periodista que había llegado a ser en dos ocasiones gobernador de Ohio. Como compañero de cartel se eligió a Franklin Delano Roosevelt, un primo lejanísimo del expresidente con el que compartía apellido y quien, por cierto, era uno de los referentes del partido rival.
De hecho, los Republicanos hubieran estado encantados de poder contar con Theodore Roosevelt para las elecciones de 1920, pero este había fallecido en enero de 1919. Así, su Convención Nacional se convirtió en una competición a múltiples bandas, con muchos aspirantes y poca organización, como esas carreras de camellos de las barracas de Sanfermines. Finalmente, el senador Warren G. Harding -también ligado al negocio periodístico- resultó nominado gracias a una negociación entre bastidores llevada a cabo por su jefe de campaña Harry Doherty. Como acompañante de Harding se prefirió a un político que había destacado por su acierto a la hora de controlar una huelga de policías en la ciudad de Boston. Se trataba de Calvin Coolidge. Así, dos futuros presidentes de Estados Unidos ejercieron de candidatos a la vicepresidencia en esta cita con las urnas.
Aunque aunque solo sea por hacer justicia a la insistencia, también hay que mencionar al candidato socialista, Eugene V. Debs. Este debe ser ya un viejo conocido para los lectores de esta serie; no en vano, la de 1920 fue la quinta y última vez que se presentó a las elecciones. Eso sí, nunca como hasta entonces había tenido la ocasión de realizar una campaña tan curiosa: como había sido encarcelado por negarse a ser reclutado para la Primera Guerra Mundial, hizo campaña desde la prisión. En la época cobró fama una caricatura en la que se puede ver a Debs detrás de unos barrotes, asegurando irónicamente que, después de todo, había peores sitios para hacer campaña "que el porche delantero".
Dejando a un lado las caricaturas, en el caso de Harding, su mayor arma electoral fue un acertado eslogan en el que prometía a los estadounidenses una "vuelta a la normalidad", lo cual sin duda captaba y resumía los anhelos de la población. El desgaste del gobierno de Wilson y la falta de un sucesor realmente a la altura dejaron en bandeja el triunfo al Partido Republicano, que se benefició de su paso por la oposición para lograr una victoria apabullante. Harding casi dobló en votos populares a Cox, lo cual no se veía desde los tiempos en que James Monroe -allá por 1820, justo un siglo antes- ganó unos comicios en los que nadie osó siquiera presentar una candidatura alternativa.
De este manera, con su partido rival hundido y con un respaldo gigantesco, Harding desembarcó en la Casa Blanca para encaminar a Estados Unidos hacia "los felices y locos años 20".
La Administración Wilson aprobó una serie de leyes encaminadas a abortar cualquier contado de insurrección. Las más importantes eran la Espionage Act, la Sediction Act y la Inmigration Act. Aun así, una masiva huelga en Seattle, a principios de 1919, encedió la mecha del enfrentamiento social.
En ese contexto, seguidores de un anarquista italiano llamado Luigi Galleani enviaron una serie de cartas bomba a miembros destacados de las finanzas y la política estadounidenses entre abril y junio de 1919. Causaron dos muertos, pero su efecto psicológico fue grande. El Fiscal General, Mitchell Palmer, reaccionó con dureza. Él mismo había sido destinatario de una de las cartas bombas, y pareció decidido a vengarse. Lanzó las llamadas “incursiones de Palmer”, que culminaron con la deportación de centenares de sospechosos de simpatías anarquistas. Otros muchos fueron detenidos y encarcelados. Peor suerte corrieron los tristemente célebres Sacco y Vanzetti, dos anarquistas italianos que fueron acusados de atraco y asesinato y ejecutados tras un polémico juicio.
Entonces, en el verano de 1919, se entrecruzó un nuevo estallido violento, pero de índole racial en este caso. Fue el llamado “Verano Rojo”. La competición por los puestos de trabajo y el uso de afroamericanos como esquiroles en las huelgas fueron los factores principales que exarcebaron las tensiones. En más de treinta ciudades se produjeron ataques: en principio, a cargo de blancos, aunque en algunas ocasiones los negros respondieron a su vez con represalias violentas. Lo peor de los disturbios ocurrió en Chicago, una ciudad que se había convertido en la segunda más poblada del país. Entre el 27 de julio y el 3 de agosto se sucedieron los incendios provocados, saqueos y asesinatos.
No obstante, a pesar de que el fenómeno fue mayoritariamente urbano, el episodio más luctuoso ocurrió quizás en un área rural del estado de Arkansas. En la aldea de Elaine, junto al río Mississippi, un centenar de granjeros negros celebró una reunión en la iglesia. Al parecer, planeaban formar una asociación para defender sus derechos. Sin embargo, el evento derivó en un tiroteo en el que murieron dos hombres blancos. Rápidamente se extendió por los alrededores el rumor de que se preparaba una “insurrección negra” y decenas de blancos armados acudieron al lugar. Entre el 30 de septiembre y el 1 de octubre de 1919, estos mataron a decenas de hombres de raza negra, antes de que el ejército interviniera. Aunque las cifras oficiales de la época apenas reconocían un pequeño número de muertos, estudios posteriores han elevado las cifras por encima del centenar.
La actividad prosufragio se remontaba a medios del siglo XIX, pero se había intensificado en la última década, como vimos en el reportaje precedente. La Primera Guerra Mundial, además, incrementó la visibilidad del trabajo femenino en fábricas y otros sectores críticos, lo cual a su vez impulsó la creación de asociaciones de mujeres que reclamaban la igualdad de derechos.
El presidente Wilson, que durante todo su primer mandato (1912-1916) se había opuesto a aceptar la extensión del sufragio, finalmente lo apoyó en 1918 e impulsó la aprobación de la Decimonovena Enmienda. Después de dos años en los que tuvo que superar algunas sonadas zancadillas judiciales (Leser vs. Garnett y Fairchild vs. Hughes), fue incorporada a la Constitución.

