El protegido de Roosevelt frustra el último asalto de Jennings Bryan (1908)
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El protegido de Roosevelt frustra el último asalto de Jennings Bryan (1908)

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Victoria de "foto finish" para el presidente "que nos mantuvo fuera de la guerra" (1916)

Woodrow Wilson logró ser reelegido, por estrecho margen, gracias a su promesa de mantener a Estados Unidos fuera de la Primera Guerra Mundial: apenas pudo cumplirla un mes

Javier Iborra

Actualizado el 07/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: trigésimo tercera

Fecha: 7 de noviembre de 1916

Votantes: 18.536.585

Estados: 48

Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)

Woodrow Wilson: votos populares, 9.126.868; votos electorales, 277

Charles Evans Hughes: votos populares, 8.548.728; votos electorales, 254                                                                                                                                                                 

En 1864, Estados Unidos celebró sus elecciones presidenciales en medio de una guerra. Una guerra civil, de hecho, lo que concedía más mérito a aquella cita con las urnas. Medio siglo después, en 1916, también había un conflicto que estaba afectando, con diferentes grados de intensidad, a casi todo el globo. Había comenzado en 1914 como una cuita regional en los Balcanes, pero las alianzas tejidas durante las décadas precedentes y la oportunidad de redibujar el equilibrio mundial bajo unas nuevas condiciones escalaron el conflicto hasta extremos pocas veces registrados en la historia. No en vano, la particularidad de esta Gran Guerra no fue el número de países involucrados sino la macabra efectividad de las armas empleadas y la falta de adecuación a ellas de las doctrinas militares en boga en la época. Estos dos ingredientes, combinados, provocaron un número de bajas con el que -en este punto sí, sin duda- no había parangón.

Estados Unidos se había mantenido fuera de ese pernicioso sistema de alianzas que amontonó contendientes en la guerra, y gracias a ello pudo esquivar las batallas más sangrientas. Así, aunque las simpatías del gobierno y de la mayoría de los ciudadanos -a excepción de los inmigrantes alemanes e irlandeses- se pusieron pronto del lado de la Entente, con la misma velocidad se extendió la conciencia de la dureza de los combates, lo cual convirtió a la neutralidad en un bien preciado del que nadie quería desprenderse a la ligera.

De todas maneras, el país norteamericano no estaba completamente exento de sufrir daños. El uso por parte de Alemania de una de las nuevas armas bélicas, el submarino, llevó el drama a los mares y a todo tipo de barcos, no solo a los buques de guerra. El 7 de mayo de 1915, uno de estos submarinos se encontró cerca de Irlanda con el transatlántico Lusitania, que había partido de Nueva York hacia el Reino Unido, le disparó un torpedo y lo mandó al fondo del océano. Murieron 1.195 personas.

La opinión pública estadounidense reaccionó con ira, pero con mucha mayor cautela que cuando el Maine se fue a pique en La Habana en 1898. Entonces el potencial enemigo era una España decadente, y se presionó hasta que hubo guerra; contra las Potencias Centrales se actuó con firmeza en el campo diplomático, pero cuando Alemania se comprometió a abandonar su política de agresión submarina indiscriminada, se aceptó con celeridad y se dio carpetazo al caso. La mayoría de la población norteamericana respiró aliviada.

El presidente Woodrow Wilson enarboló la bandera de la neutralidad. De hecho, traía ventajas comerciales, ya que permitía que la economía estadounidense funcionara a todo trapo mientras Europa se empobrecía y desangraba. Al mismo tiempo, Wilson desarrolló un ambicioso programa progresista: reinstauró el banco nacional (la Reserva Federal) y logró que el Congreso aprobara leyes que mejoraban las condiciones de los obreros. También introdujo un impuesto a la renta (Revenue Act of 1913) y aprovechó esos ingresos para rebajar los aranceles.

Todos estas medidas dieron brillo al primer mandato de Wilson, aunque también hubo sombras. Tanto él como su Gabinete se mostraron especialmente intransigentes con la extensión de los derechos civiles a la población negra y a las mujeres, pero aquellas eran reivindicaciones que pocos en el Partido Demócrata sostenían. Cuando llegó el momento de celebrar su Convención Nacional previa a las elecciones de 1916, Wilson fue nominado sin que nadie osara presentar una candidatura alternativa.

El segundo partido más votado en 1912 había sido el Progresista, liderado por el expresidente Theodore Roosevelt. Cuatro años después, el plan del partido debía ser, a priori, el mismo; es decir, apoyar a Roosevelt en su carrera a la Casa Blanca. Sin embargo, la situación política que se vivía en el país hizo recapacitar a Roosevelt y le llevó a intentar desandar el camino recorrido en 1912. Visto que la división de los Republicanos ponía en bandeja el triunfo a los Demócratas, lo más sensato, pensó, era volver al redil. Para certificar sus intenciones telegrafió a la convención del Partido Progresista y le anunció su renuncia a participar en las elecciones; más aún, anticipó sin demora su apoyo a uno de los aspirantes republicanos, Charles Evans Hughes, de manera que no solo pensaba restañar la ruptura, sino que también había decidido que él no sería el candidato a la Casa Blanca.

Hughes tenía un hoja de servicios brillante. Había sido gobernador del importantísimo estado de Nueva York -cantera de presidentes como Martin Van Buren, Grover Cleveland o el propio Teddy Roosevelt- y era uno de los jueces del Tribunal Supremo. En el mes de junio, se celebró la Convención Nacional Republicana y Hughes fue elegido como candidato de consenso, por delante -entre otros- del expresidente Howard Taft y el magnate de la automoción Henry Ford.

La campaña giró alrededor de la Gran Guerra. Los Demócratas remarcaron que Wilson habían mantenido al país fuera del conflicto y agitaron el miedo a que una victoria Republicana derivara en una intervención tanto en la Revolución Mexicana (ver "La lupa") como en Europa. Hughes, mientras, criticó que el presidente no estuviera preparando a la nación por si la entrada en la guerra se volvía inevitable -como efectivamente ocurrió poco después-. 

En los comicios ganó Wilson, aunque por un margen realmente estrecho. Solo 600.000 votos populares y 23 electorales separaron a ambos candidatos. California, por ejemplo, se decidió por una diferencia de solo 3.773 sufragios. Y tan apretados fueron los resultados que el propio Hughes, según se relató en su época, se marchó a dormir la noche del 7 de noviembre -fecha de las elecciones- creyendo que a la mañana siguiente él sería el presidente de Estados Unidos. De hecho, el recuento se alargó varios días en estados clave como California y Minnesota y no fue hasta el jueves 9, 48 horas después de concluidas las votaciones, cuando el Partido Republicano reconoció su derrota.

Woodrow Wilson se convirtió así en el primer presidente Demócrata en lograr la reelección desde que lo consiguiera Andrew Jackson en el entonces lejanísimo 1832. Curiosamente, su exitoso lema de campaña, que le presentaba como el hombre "que nos mantuvo fuera de la guerra", quedó convertido en agua de borrajas un mes de su investidura, ya que Estados Unidos abandonó su preciada neutralidad en abril de 1917 y entró en la Primera Guerra Mundial para decantar la balanza a favor de la Entente.

La lupa: la guerra de la frontera mexicana
La magnitud de la Primera Guerra Mundial oscurece otros conflictos y dinámicas históricas que le fueron contemporáneos. Uno de ellos, especialmente olvidado en Europa, fue la Revolución Mexicana, que se desarrolló durante una década entre 1910 y 1920. Para Estados Unidos, desde luego, sí tuvo trascendencia, ya que provocó turbulencias en su frontera sur e, incluso, una de las contadísimas invasiones extranjeras a su suelo continental.

Buena parte de los problemas se concentraron en Texas. Allí, los rebeldes mexicanos de las regiones fronterizas llevaron a cabo diversos ataques. Al principio se trató de expediciones de saqueo, llevadas a cabo por la facción “Carrancista”, pero a partir de 1915 se produjo un intento serio por parte de otra facción, los Sedicionistas, de atemorizar a la población de los estados limítrofes y recuperarlos para México. No obstante, nunca tuvieron la fuerza suficiente para llevar a cabo sus planes y se limitaron a realizar pequeñas incursiones, que se vieron sofocadas con relativa facilidad por  la División Texas Ranger (y eso que esta todavía no contaba con Chuck Norris, que se sepa).

El ataque mexicano de mayor envergadura se produjo en 1916, cuando el famoso Pancho Villa, el Centauro del Norte, atacó la ciudad de Columbus, en Nuevo México. Esto hizo que Washington enviara una expedición al otro lado de la frontera al mando del general John J. Pershing para capturar al revolucionario. Hubo un enfrentamiento, pero Villa consiguió escapar y Pershing regresó con las manos vacías.

Desde entonces, Estados Unidos lanzó una serie de pequeñas operaciones en suelo mexicano hasta que, en 1918, logró un triunfo decisivo. Lo hizo en la batalla del 27 de agosto, también llamada “de Ambos Nogales” y glosada en la canción El corrido de Nogales. Tras este combate comenzó a erigirse la valla de separación entre ambos países, que sigue en pie hoy en día.

Pancho Villa, por su parte, llegó a un acuerdo con las autoridades mexicanas en 1920 para deponer las armas (convenios de Sabinas) y pudo reintegrarse a la vida civil. No obstante, tres años después murió asesinado.

Glosario:
“WOMAN SUFFRAGE PROCESSION”: en 1913, en Washington, se llevó a cabo el primer acto multitudinario organizado por las sufragistas para reclamar la extensión del derecho al voto a las mujeres. La marcha reunió a cerca de 10.000 personas el 3 de marzo, justo un día antes de que Woodrow Wilson fuera investido como presidente en esa misma ciudad.

El acto tuvo un carácter pacífico y festivo. De hecho, fue un desfile en el que los participantes caminaban en grupos formados según su procedencia o profesión -la imagen podría recordar a la inauguración de los Juegos Olímpicos-; además, les acompañaban bandas de música y numeroso público les aplaudía en las calles. Sin embargo, también había opositores. Estos intentaron reventar el acto y obligaron a intervenir a la Policía.

El objetivo de la marcha, liderada por la célebre activista Alice Paul, era presionar a Woodrow Wilson para que impulsara una enmienda que permitiera a las mujeres participar en la política, tanto con sus votos como accediendo a cargos, pero mientras él fue presidente lo impidió. Hasta 1920 no consiguieron las mujeres el derecho al voto a lo largo de toda la nación, gracias a la aprobación de la Decimonovena Enmienda.

 

 

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