

La derrota del presidente modélico... e impopular (1888)
Grover Cleveland falló en su intento de ser reelegido. Le condenó su empeño en gobernar con honestidad en lugar de ganarse el corazón de los estadounidenses
Actualizado el 30/09/2020 a las 06:00
Elección presidencial: vigésimo sexta
Fecha: 6 de noviembre de 1888
Votantes: 11.383.320
Estados: 38
Colegio electoral: 401 votos (201 necesarios)
Benjamin Harrison: votos populares, 5.443.892; votos electorales, 233
Grover Cleveland: votos populares, 5.534.488; votos electorales, 168
Grover Cleveland fue un hombre llamado a hacer historia por su empeño en no hacer historia. Como vimos en el reportaje correspondiente a las elecciones de 1884, él era un hombre honesto por encima de todo, “Grover el Bueno”, y de alguna manera esa virtud le llevó a ejercer el papel de presidente gris, antítesis del populismo, de las medidas rimbombantes y de los gestos ostentosos. Durante sus primeros cuatro años de gobierno se convirtió en una especie de “Scrooge”, en un aguafiestas que no estaba dispuesto a conceder al país ninguna alegría y, desde luego, no iba a gastar ni un dólar del contribuyente en nada que no considerara absolutamente esencial.
Visto con perspectiva, Cleveland nos puede resultar un presidente admirable e incluso podemos envidiar a los estadounidenses de su época. Sin embargo, en su momento no gozó de tal consideración. Se le acusaba de tacaño y, desde luego, él se ocupaba muy poco de hacerse querer. Ocasiones tuvo para ganarse al pueblo, pero las desechó. Por ejemplo, cuando hubo una sequía persistente en Texas y el Congreso aprobó una ayuda para los agricultores afectados, Cleveland la vetó. Según él, para que no sentara un precedente pernicioso.
Tanto ahorró la Administración Cleveland que pronto la caja estuvo repleta. Entonces, el presidente planteó bajar los aranceles, que eran unas tasas que gravaban los productos comerciales extranjeros. Durante décadas este fue uno de los temas más discutidos por los políticos en Estados Unidos: los Republicanos siempre querían aumentarlos, mientras que los Demócratas deseaban mantenerlos. Cleveland fue un paso más allá al postularse a favor de rebajarlos. Esto no contentaba a todos los ciudadanos y le hizo directamente impopular a ojos de muchos.
Tras cuatro años de gobierno nadie podía criticar seriamente a Cleveland, pero incluso dentro de su propio partido, el Demócrata, había voces críticas. El problema para estos era que para apartarle de la carrera electoral hacían falta razones de peso y no las había, así que en la Convención Nacional fue nominado por unanimidad.
El Partido Republicano, por su parte, sabía que una campaña intensa y bien dirigida podía devolverles la Casa Blanca. Necesitaba un candidato de peso y lo encontró en Benjamin Harrison, nieto del noveno presidente, William Henry Harrison.
Benjamin había participado en la Guerra de Secesión, ascendiendo hasta convertirse en general de brigada. El detalle era importante, porque Cleveland, en su política de puño cerrado, se había opuesto a un proyecto de ley que contemplaba asignar pensiones a los veteranos de la guerra. Benjamin Harrison no se las negaría a sus antiguos camaradas y, de hecho, durante la campaña fue una de sus principales promesas.
De todas maneras, el asunto crucial de la campaña fue el arancel. Que Cleveland quisiera rebajarlo significaba que no estaba dispuesto a cambiar su política de austeridad. Harrison propuso subirlo más aún de lo que ya estaba. Esto podía enfadar a terceros países, pero resultaba atractivo para muchos estadounidenses, que creían que los productos que ellos vendían estarían mejor protegidos (a esta política de aranceles altos se le denomina “proteccionismo”, precisamente). Asimismo, un tacaño como Cleveland también era partidario de una moneda fuerte y de mantener a raya la inflación, lo que permitió a Harrison situarse del lado de los más desfavorecidos y de los endeudados, que solicitaban una moneda débil que les ayudara a pagar sus obligaciones.
Con este panorama, las elecciones de 1888 se presentaban sin un favorito claro. En cuanto al voto popular, Cleveland ganó apoyado en la fidelidad Demócrata del “Sólido Sur”. Pero sabemos que eso no era relevante: lo que vale son los votos electorales y, en concreto, dos estados tenían la llave de la victoria, Indiana y Nueva York. En ambos se impuso Harrison. En el primero resultó decisivo que se tratara del estado natal del candidato Republicano y donde él había desarrollado su carrera política, lo cual vino a refrendar lo acertado de su nominación. En el segundo, que en la época era uno de los enclaves más impredecibles electoralmente hablando, Cleveland partía con la ventaja de haber ejercido allí de gobernador. Además, sus 36 votos electorales le habían servido para ganar los comicios anteriores. Pero en esta ocasión no tuvo tanta suerte. Harrison sumó 233 votos electorales; Cleveland, solo 168. Después de todo, habría relevo en la Casa Blanca y Cleveland pasaría a los libros de historia: por primera vez en 48 años el presidente en ejercicio había fallado en su intento de reelección.
En esta produción de Walt Disney, el argumento sitúa a la familia protagonista, los Bower, en la Convención Nacional Demócrata del año 1888, donde se ofrecen a cantar una de las famosas tonadas de campaña en apoyo del candidato Grover Cleveland. Después, la familia se traslada al Territorio de Dakota, en el Lejano Oeste. En aquellas tierras pervivía la Gran Reserva Sioux, pero Estados Unidos ya estaba preparado para echar de allí a los indios Lakotas (sioux), reclamar el lugar y admitirlo en la Unión. De hecho, alrededor de 1890, se preparaba la mayor admisión conjunta de estados; solo discusiones políticas entre Republicanos y Demócratas retrasaban el trámite.
Uno de los puntos de fricción en el debate sobre la admisión de los nuevos territorios se centraba en Dakota. Los Republicanos, que eran mayoría en el lugar, querían dividirlo en dos. ¿Por alguna razón geográfica o identitaria? Desde luego que no. La respuesta era más mundana y matemática. Cada estado otorgaba dos plazas de senador, de manera que una Dakota daría dos senadores y dos Dakotas, cuatro. Si el Partido Republicano estaba lo suficientemente seguro de que iba a ganar las elecciones al Congreso con recurrencia en ese lugar, le resultaban más apetecibles dos Dakotas que una. Así, en la película de Walt Disney se ve a la familia Bower -en especial, al abuelo, recalcitrante seguidor del Partido Demócrata-, tener problemas para integrarse en una comunidad tan Republicana, justo cuando allí se estaba organizando un movimiento de apoyo a la división del territorio en dos estados.
En la vida real, el presidente Grover Cleveland propuso en 1888 la admisión de Montana, Nuevo México, Washington -no confundir el estado bañado por el Pacífico con la capital- y una Dakota unificada. Era un brindis al sol. El Congreso, dominado por los Republicanos, no lo aceptó. En sus planes estaba descartar a los estados de población mayoritariamente Demócrata, como Nuevo México o Washington, y dar carta blanca solo a Montana y Dakota. Para evitar esta posibilidad, los Demócratas aceptaron la partición de Dakota, y así hubo acuerdo finalmente: la admisión masiva de estados, la mayor de la historia de Estados Unidos, se produjo a lo largo de 1889.
No obstante, en todos estos tejemanejes se tuvo muy poco en cuenta a parte de los pobladores de Dakota: los indios. Los que estaban en el sur, confinados en empobrecidas reservas, se resistieron a ser deportados una vez más. Y la respuesta del Gobierno fue enviar a la zona al general George Crook, experto en la lucha contra los indios, lo cual no presiagaba un final pacífico al conflicto. De hecho, el final fue violento y dramático. En 1890, el poder de las armas zanjó la cuestión en la batalla de Wounded Knee, una gran catástrofe para los siouxs, de la que hablaremos con detenimiento en el próximo reportaje.
Nueva York concedía un importante número de votos electorales y no profesaba una fidelidad sólida hacia ningún partido. Esto hizo que ambos partidos asumieran en muchas ocasiones posturas opuestas a los intereses de Gran Bretaña con el único objetivo de despertar las simpatías de los votantes irlandeses. A este recurso se le denominaba “retorcer la cola del león (que representaba al Imperio Británico)” mediante la expresión “twisting the lion's tail”.

