

La rivalidad entre Roosevelt y Taft entrega la Casa Blanca a Woodrow Wilson (1912)
Las desavenencias entre los dos últimos expresidentes del Partido Republicano rompieron el partido y dejaron el triunfo en bandeja al candidato Demócrata
Actualizado el 06/10/2020 a las 06:00
Elección presidencial: trigésimo segunda
Fecha: 5 de noviembre de 1912
Votantes: 15.048.834
Estados: 48
Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)
Woodrow Wilson: votos populares, 6.296.284; votos electorales, 435
Theodore Roosevelt: votos populares, 4.122.721; votos electorales, 88
William Howard Taft: votos populares, 3.486.242; votos electorales, 8
El presidente Taft se mostró proactivo tanto en política interior como exterior. Demostró que tenía ideas e incluso un estilo de gobierno diferente al de su predecesor. No borró, ni mucho menos, todas las medidas "progresistas" que había implantado Roosevelt, las cuales tenían como objetivo mejorar el nivel de vida de las clases medias: siguió combatiendo contra los monopolios y las corporaciones desmesuradamente poderosas, fortaleció los mecanismos de regulación del mercado e incluso impulsó el "Postal Savings System", que permitía a los más pobres realizar pequeños depósitos sin tener que acudir a un banco. Además, durante su mandato se aprobaron dos nuevas enmiendas: la 16ª, que autorizaba al gobierno federal a imponer un impuesto a la renta, y la 17ª, que modificó la elección de los senadores, arrebató ese privilegio a las legislaturas estatales y lo puso en manos de los votantes.
En cuanto a los asuntos internacionales, Taft puso en práctica una estrategia novedosa: dejó a un lado la "diplomacia del garrote" de Roosevelt y apostó por la "diplomacia del dólar" (ver Glosario). Él mismo la resumía diciendo que la idea era "sustituir las balas por dólares". De hecho, se plasmaba en la concesión de préstamos ventajosos a países menos desarrollados, sobre todo de América Latina o el sureste de Asia, de tal manera que se establecía entre Estados Unidos y esos países una relación de dependencia y, en cierto modo, vasallaje.
En nada de esto chocaron las posturas Taft y Roosevelt. Harina de otro costal fue la aprobación de un nuevo arancel proteccionista, el “Payne Aldrich tariff”, aprobado en 1909. Los aranceles eran una vieja reclamación del ala conservadora del Partido Republicano. Beneficiaban el consumo de productos del país y, por tanto, prometían mayores ingresos para los empresarios -quizá también para los trabajadores- y para los productores agrícolas. Sin embargo, limitaban la competitividad, encarecían los productos y, por tanto, penalizaban a los consumidores, a todos, incluso a los más pobres, que en comparación eran quienes más acusaban el impacto del arancel. Esta medida tenía muy poco de “progresista” y chocaba con el ideario de Roosevelt. El expresidente y su antiguo delfín se convirtieron en enemigos y se emplazaron a dirimir sus disputas en la próxima carrera por la Casa Blanca.
La Convención Nacional Republicana fue especialmente intensa. Roosevelt aprovechó su popularidad para ganar las primarias en casi todos los estados en los que se celebraron, lo que le permitió contar con un buen número de delegados favorables. Pero tenía un problema con aquellos estados en los que no se habían implantado las primarias. Eran muchos todavía y, en esos lugares, el partido imponía a los delegados a la vieja usanza. Taft contaba con el apoyo del “establishment” Republicano, sobre todo de su ala más conservadora, y logró al menos tantos delegados como Roosevelt. Las fuerzas estaban tan igualadas que por un momento pareció que entre ambos se podría llegar a algún tipo de acuerdo para evitar un cisma. Evidentemente, el pacto solo tenía una vía de salida: elegir a otro candidato que no les disgustara demasiado a ambos. Taft estaba de acuerdo en renunciar si resultaba nominaba el gobernador de Missouri, Herbert S. Hadley, pero Roosevelt no aceptó. Y ya no hubo solución.
Taft y Roosevelt maniobraron durante días para intentar reunir más apoyos y, llegado el momento decisivo, el segundo sintió que no podía ganar. Entonces, abandonó la convención entre acusaciones de fraude a su rival y al aparato del partido y se hizo acompañar por todos sus seguidores. Taft, con el camino libre, ganó cómodamente la votación y resultó nominado. Roosevelt no aceptó su derrota. Reunió a sus fieles y con ellos formó una plataforma electoral, el Partido Progresista, lo que le permitió apuntarse a la pelea por la presidencia. Pero esto, a su vez, rompió al Partido Republicano, que se vio abocado a su peor crisis desde el cisma de las elecciones de 1884.
Los Demócratas se frotaban las manos. Ya en las elecciones al Congreso de mitad de legislatura, las de 1910, habían obtenido unos resultados prometedores y podían mirar con esperanza a la próxima cita con las urnas. El candidato deseado por los dirigentes norteños, el influyente Tammany Hall, era el presidente de la Cámara de Representantes, Champ Clark. Sin embargo, William Jennings Bryan -tres veces candidato, tres veces derrotado y todavía un pilar importante del ala radical del partido- tenía otros planes. Dio su apoyo a Woodrow Wilson, gobernador de Nueva Jersey, acusó a Clark de ser el candidato de los poderosos -con su populismo habitual- y consiguió llevarse el gato al agua. Después de varias votaciones en las que Clark venció sin obtener la mayoría necesaria -dos tercios del total-, Wilson acabó imponiéndose.
Así, en las elecciones de 1912 se dio una curiosa pugna a tres bandas entre un gobernador, un expresidente y el aspirante a revalidar el cargo. La campaña fue dura, con Roosevelt empleándose a fondo para dar a conocer su recién formado Partido Progresista y clamando a los cuatro vientos que le habían hurtado el triunfo en la Convención Nacional Republicana. En cuanto a las ideas, desempolvó su programa reformista y lo presentó como el “Nuevo Nacionalismo”.
Taft y Wilson desarrollaron una actividad menos frenética. El Republicano defendió los éxitos de su mandato y prometió estabilidad: históricamente, estos argumentos acostumbraban a ser una carta ganadora, salvo cuando algo relevante sacudía a los electores... y quizá la ruptura de su partido era suficientemente relevante como para que esta vez la simple continuidad resultara menos atractiva. Wilson entendió que su gran rival era Roosevelt -de hecho, la de 1912 fue la última vez en la que Demócratas y Republicanos no coparon los dos primeros puestos en número de sufragios-. Así, presentó una alternativa al "Nuevo Nacionalismo" a la que llamó "Nueva Libertad". Esta contemplaba la reducción de los aranceles, mayores regulaciones del mercado para limitar el poder de los grandes empresarios y la creación de un banco central. A primera vista no había grandes diferencias entre ambas propuestas, pero mientras Roosevelt creía en que el estado debía ser fuerte para “proteger a la sociedad de sus demonios”, Wilson abogaba por un país con más libertades individuales y un estado menos poderoso.
En las elecciones, la dispersión del voto entre Republicanos y Progresistas fue decisiva. Wilson logró el 42% del voto popular, ganó en 40 estados -por vez primera participaron los 48 estados continentales- y superó la barrera de los 400 votos electorales. Roosevelt llevó a su partido al segundo escalafón, pero no le sirvió de nada: sumó más de cuatro millones de votos, pero solo ganó en ocho estados. Taft no se quedó demasiado lejos de Roosevelt en cuanto a los sufragios populares; sin embargo, solo venció en dos estados. En una cita electoral tan particular hubo espacio hasta para que un cuarto candidato asomara la cabeza. El eterno aspirante del Partido Socialista, Eugene V. Debs, logró el 6% del apoyo popular, lo que todavía hoy supone el récord para un candidato de esa ideología.
Así, el Partido Demócrata volvió a la Casa Blanca 16 años después de la salida de Grover Cleveland y lo hizo a las puertas de uno de los hitos trascendentales del siglo XX: la Gran Guerra.
El agresor era John Flammang Schrank, un tabernero de origen alemán que había recibido en sueños la misión de vengar el asesinato de William McKinley matando a Roosevelt. Antes de que pudiera huir, fue reducido y desarmado, mientras el herido gritaba a los policías que no hicieran daño a aquel hombre. La bala había atravesado la funda de las gafas de Roosevelt y también había agujereado el discurso que guardaba, plegado, en el bolsillo de la chaqueta; después se había alojado en su cuerpo, pero sin causarle daños graves.
En aquel momento no se podía conocer la gravedad de la herida, pero Roosevelt supuso que no le había alcanzado el pulmón, ya que no escupía sangre, se negó a ser atendido y pidió que el evento siguiera adelante. A continuación, pronunció su discurso de hora y media de duración, con un preámbulo que ha pasado a la historia: “Señoras y caballeros, no sé si tienen conocimiento de que acabo de ser disparado, pero hace falta más para matar a un alce”, dijo. Esta alusión al alce caló entre los ciudadanos estadounidenses de tal manera que su nuevo partido, el Progresista, adoptó a ese animal como símbolo e incluso se convirtió en su denominación coloquial.
Las pruebas realizadas a Roosevelt revelaron que la bala se había quedado alojada en un músculo de su pecho, sin alcanzar ningún órgano vital. Como podía resultar más peligroso intentar retirarla, los médicos decidieron dejarla en el lugar, de modo que Roosevelt la llevó en su cuerpo durante el resto de su vida.
Esta estrategia se basaba en el uso del poderío económico estadounidense por encima de la potencia militar y se plasmaba en la concesión de préstamos a países en vías de desarrollo. Estos acuerdos abrían a los inversores norteamericanos nuevas oportunidades en el extranjero y, además, creaban cierta dependencia que podía ser utilizada en beneficio de Estados Unidos.
No obstante, la aplicación de la “diplomacia del dólar” generó descontento, sobre todo en América Latina, donde se vio a estas prácticas como una nueva forma de colonización, y también en potencias con intereses en el extremo de Asia como Japón y Rusia, ya que vieron amenazadas sus respectivas zonas de influencia.
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